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Sábado, 17 de enero de 2015

TEATRO › INES ESTEVEZ REGRESO A LAS TABLAS CON OTRO ESTILO DE VIDA

“Con la ética uno nace, pero la moral es dogmática, de manual”

La actriz protagoniza la obra de Noel Coward, que cuestiona las conveniencias sociales a través del amor que sienten entre sí dos artistas varones y una mujer que es musa de ambos, en la bohemia de París y Londres de los años ’30.

 Por Emanuel Respighi

“La vacilación es el más vehemente indicio de la debilidad de carácter.”
Voltaire

Cada sociedad tiene el peso de una moral, correspondiente a una época. Hay quienes suelen entregarse mansamente a esa suerte de manual tácito de las buenas costumbres colectivas, y hay quienes prefieren perseguir los sentimientos que surgen en su propia naturaleza, sus propios deseos. Dos posturas, una lucha eterna.

Inés Estévez conoce bien ese dilema. No sólo porque en 2006 decidió patear el tablero que ese otro invisible había reglado alrededor de su profesión, aplastando su necesidad expresiva bajo la categoría de un supuesto “éxito” que la asfixiaba: en aquel momento se alejó de la actuación. Pero también lo conoce porque esta semana, tras una década, regresó a las tablas con Otro estilo de vida, la comedia de Noel Coward que indaga sobre la legitimidad de la moral y del éxito cuando de emociones y arte se trata. ¿Quién define lo que se debe hacer? ¿Quién determina qué es el éxito? ¿Acaso los seres humanos están condenados a ser rehenes de la cultura sociabilizadora de cada época?

Escrita por Coward en 1932 bajo el nombre de Design for living, la que se acaba de estrenar en el Teatro Tabarís (de miércoles a domingos) es una adaptación de la obra original que tanto revuelo causó en su tiempo. El cuestionamiento a las convenciones sociales, materializado en el amor que sienten entre sí los tres protagonistas, se mantiene tan vivo como antaño. La faceta amoral del trío conformado por Gilda (Estévez), Leo (Alberto Ajaka) y Claude (Marco Antonio Caponi), en la bohemia artística de París y Londres de los años ’30, se resignifica en la actualidad bajo la idea de que cada persona tiene derecho a vivir a su manera. “Otro estilo... es una obra que tiene muchas capas de lectura, que producirá incomodidad, risas y disparará la reflexión en dosis tan variadas como espectadores la vean”, explica Estévez a Página/12.

Era el regreso que le faltaba. Luego de la decisión en 2006 de alejarse de la actuación, agobiada por un sistema en el que no se sentía contenida, la actriz retornó a su vocación en 2013. El primer paso lo dio en la pantalla grande, con El misterio de la felicidad, el film de Daniel Burman que encabezó junto a Guillermo Francella. La propuesta de participar en Guapas con un personaje como Silvita, tan derruido emocionalmente como pequeño en su duración, la devolvió a la pantalla chica. Y esta semana la actriz terminó de cerrar su retorno definitivo al retornar al espacio actoral que le faltaba volver a transitar: el teatro.

–¿Era el de las tablas el regreso más esperado?

–No, el regreso más importante fue el del cine, que es más masivo y riesgoso. El cine es el medio donde más cómoda me siento. Además, El misterio... tenía el plus de que iba a generar expectativas porque estaba protagonizada por Guillermo Francella, que rompe con todo. Fue un regreso que no dejó de tener el sello de las cosas que atravieso en la vida. No me lo propongo, pero sucede así: a todo o nada. Fue un retorno muy reparador. Conocía a Daniel (Burman) y habíamos estado a punto de trabajar hacía años, en un proyecto que no pudo concretarse y que en su lugar hice otro recorrido en el que decidí dejar la profesión. Siempre me pregunté: si hubiera hecho la película con Daniel en lugar de lo que hice, ¿hubiera dejado la profesión?

–¿Para tanto?

–Siempre me quedé preguntándome eso, porque considero que Daniel combina sensibilidad e inteligencia en dosis impecables, haciendo la vida y el trabajo muy fáciles.

–¿Y usted cree que para aquel momento de su carrera necesitaba toparse con alguien así?

–Tal cual. Después de ocho años de propuestas interesantes, que si me las ofrecían años atrás hubiera aceptado con felicidad, apareció Daniel y me hizo dudar porque me había quedado pensando qué rumbo hubiera tomado mi carrera si hubiese aceptado su película, que era Todas las azafatas van al cielo. El proceso de trabajo de El misterio... fue muy reparador, delicioso, tranquilo, me sentí muy contenida. De hecho, firmé un contrato en el que ellos me protegieron con todo lo que tenía que ver con exponerme innecesariamente. Fui a trabajar y nada más, que es lo único que me gusta. Todo lo que tiene que ver con la exposición me resulta un soberano plomo. Fue un proceso tan amigable que cuando no rodaba, extrañaba el set. Por eso volvería a trabajar con él una y mil veces.

–¿Y cómo apareció volver al teatro con Otro estilo de vida?

–Fue a fines de 2013. Se enteraron de que había hecho la película y me llamaron. Y Otro estilo... tenía características muy descansadas para volver al teatro. Es decir: no tiene un compromiso dramático importante, porque es una comedia. Es una comedia brillante, con diálogos filosos. La obra transcurre en la bohemia parisina a fines de los ’20. Es una obra que no se pudo estrenar hasta diez años después de su escritura, y se hizo en Estados Unidos, porque era intolerable para el momento hablar de un trío.

–¿Y ahora ya no lo es?

–Sigue siendo intolerable hablar de un trío amoroso. Sobre todo, de una mujer con dos hombres. Creo que estaría mucho más habilitado hablar de un hombre con dos mujeres. Fundamentalmente, porque no habla de un trío en su condición de nexo sexual, sino que la obra aborda el trío desde lo amoroso. Son tres personas que se aman. Puede estar mal para las reglas de los demás, pero no le hacen mal a nadie. Es una lógica aplastante. Lo que pasa es que es difícil, bajo los parámetros socioeducativos, que tres personas se permitan amarse entre sí con la misma intensidad, sin que la balanza se incline para un lado o para otro.

–El tema es si socialmente hay preparación para entender que tres personas se pueden amar al mismo tiempo.

–El trío es la excusa. La relación de un dramaturgo, un pintor y su musa en la bohemia de fines de la década del ’20 y principios de la del ’30 es una excusa escandalizante para hablar de algo más interesante todavía, que es la dictomía entre éxito y arte. La que plantea esa disyuntiva es mi personaje, Gilda, que es la musa que los guía, la que se posterga en función de acompañarlos a ellos, hasta que finalmente se rebela. El trío está puesto para desafiar la moral de la época.

–¿La obra cuestiona la moral de entonces pero también la actual?

–Me gusta diferenciar entre la moral y la ética. Creo que con la ética uno nace, mientras que la moral es de manual, es dogmática, son lineamientos socieducativos, socioculturales. La moral es una conducta aprehendida que va en detrimento, muchas veces, de la misma ética. Hay textos muy revolucionarios en la obra, que van a pasar inadvertidos para cierto público, tal vez. La ética es involuntaria, es algo inherente a la bondad humana, al espíritu constructivo. La ética no pasa por la mente. Frente al libre albedrío, la ética aparece con una naturalidad sin filtro. En cambio, la moral presupone una elaboración previa. La caza de brujas enfrentó a la moral y la ética. En aras de la moral se ponen en práctica actitudes antiéticas a diario. A mí la moral no me interesa.

–¿La obra pone en juego también otra dicotomía para pensar, como la de la fidelidad y la lealtad?

–Ese es otro tema que surge de la obra. La fidelidad es autorrepresiva. La lealtad tiene que ver con quién establecés la complicidad, con quién elegiste para pasar toda tu vida, por ejemplo. En esta obra se expone esa diferencia, porque son tres personas muy leales entre sí, que incluso hablan de celos y de emociones humanas, pero que tienen una lealtad entre los tres. No hay “amantes” en el sentido más distante de la definición. En Otro estilo..., cada uno ama a los otros dos y es amado por los otros dos. Es un amor entre los tres. Eso es algo muy difícil de digerir.

–Los personajes se sienten sojuzgados por la moral que los rodea.

–La moral de la época los condiciona hasta el punto de que no logran estar juntos los tres, por lo que arman parejas. Ella está primero con uno, después con otro, hasta que se rinden a la evidencia de que el amor es de a tres. Pero ese no es el tema de la obra, que por suerte permite muchas lecturas. La obra habla básicamente de la búsqueda de la realización artística, de cómo el éxito tergiversa eso. Mi personaje, en un momento, sentencia: “El éxito es mucho más peligroso que el fracaso. Hay que estar doblemente alerta. El éxito no es todo”.

–¿Coincide con esa afirmación?

–Absolutamente. ¿Qué es el éxito? Tengo esta pulsera (muestra un brazalete en la muñeca derecha), que es una cita de Moebius que dice: “El éxito es uno solo: poder vivir la vida a nuestra manera”. Coincido bastante, aunque sea un tanto limitada esa definición. El mayor éxito, para mí, sería la paz del alma, el sosiego, vivir la vida de una manera plena y con capacidad de disfrutarla. Y eso no viene de la mano de ningún cartel, de ninguna tapa de revista... Eso lo corroboré en mi paso por esta profesión. Lo sabía, siempre lo supe, sólo que traté de adherir al sistema para no sentirme tan aislada. Y terminé siendo una suerte de infiltrada...

–¿Y ahora en qué lugar se ubica?

–Mi idea no es retomar la profesión. Mi idea es salpicar en proyectos que eventualmente me cierren a nivel humano, primero, y a nivel artístico, segundo. En esta obra se está cumpliendo eso porque el elenco es genial y la pasamos muy bien. Ha sido un proceso complejo pero enriquecedor.

–Parece una obra casi escrita para usted, porque en algún momento de su carrera las “necesidades” del sistema y el “éxito” no coincidían con las suyas.

–No era que el éxito fuera algo negativo. Al contrario: estaba buenísimo que pudiera laburar bien y vivir de la actuación. Lo que me pasaba era que lo que algunos llaman reglas del juego para mí no lo son. Creo que el sistema es una anarquía, y esto no es un juego, sino trabajo. No me cerraba por ningún lado. Eso empezó a socavar mi capacidad de disfrutar de la profesión y agotarme. De hecho, estoy haciendo un trabajo zen para abordar lo que tiene que ver con la prensa, que con cierto cuidado y lineamientos estoy transando en hacerlo, cediendo, pero evitando sentir la precaución que me acarrea todo el recuerdo de aquello que pasó. No me interesa hacer una “carrera”, depender de esto, correr detrás de nada ni de nadie, estar arriba o abajo... ¡Qué me importa! ¿Me gusta lo que me ofrecen y hay buen elemento humano? Vamos, entonces.

–Su única necesidad pareciera ser expresarse humana y artísticamente. Parece una utopía en el mundo mediático actual para una figura como la suya.

–Era tan difícil que tuve que dejar, si no era remar contra la corriente. Ahora, como estuve afuera del sistema ocho años, es como si tuviera las cosas más claras. Vuelvo desde otro lugar. No sin cierta tensión, ahora logro frenar la embestida de la exigencia de los demás. Quiero disfrutar de lo que hago y no ser rehén de las “necesidades” comerciales.

Todo lo que sea conversación respetuosa y charla del trabajo en sí, no tengo problemas. Pero estar cuatro horas posando para una revista, con cinco cambios de ropa, haciéndome la linda para después contar quién cocina en casa... Y, estoy grande... Me agota. Puede interpretarse como una actitud de divismo, pero no lo es. No entiendo una persona hablando de sí misma y parándose horas delante de una cámara. No soy modelo. Sólo sé interpretar personajes.

* Otro estilo de vida, bajo la dirección de Lía Jelín, se presenta en el Teatro Tabarís (Corrientes 831), con funciones de miércoles a domingos.

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“El mayor éxito, para mí, sería la paz del alma, el sosiego, vivir la vida de una manera plena y con capacidad de disfrutarla”, afirma Inés Estévez.
Imagen: Pablo Piovano
 
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