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Miércoles, 25 de febrero de 2015

TEATRO › EL AUTOR Y DIRECTOR JUAN FREUND PRESENTA SU ESPECTáCULO INFANCIA Y EXILIO

Las huellas profundas de la memoria

Sobreviviente de los campos de exterminio nazi, Freund trabajó sobre sus recuerdos, pero no se ató a ellos. “También me dejé llevar por la fantasía. En la obra todo es cierto, pero podría no serlo. Enfoco esos recuerdos desde la duda”, afirma.

 Por Hilda Cabrera

A la caza de recuerdos y ausencias, el autor y director Juan Freund lleva a escena una autobiografía donde funde realidad y fantasía, acaso para aproximarse a lo que no pudo ser, porque fueron otros los que decidieron. Freund viene trabajando desde hace años sobre hechos y acciones no perimidos. Esta vez convirtió en dramaturgia un puñado de experiencias unidas al imperativo de crecer y sobrevivir y estrena Infancia y exilio, en el Auditorio Ben Ami, de Jean Jaurès 746. Nacido en Dortmund (Alemania) en 1930, supo del desarraigo, “de la huida de país en país, sin idioma, sin amigos, sin familia, refugiado en instituciones...”, como se transcribe en el programa de mano. “Seis años disimulando lo que es. Fingiendo lo que no es. Otra identidad: otro nombre, otra religión...” Fueron esos años los que el autor recuerda en esta entrevista: los traslados en vagones de carga, las ciudades que debió abandonar y los campos de refugiados de los que huyó junto a su madre ante el avance de las tropas nazis. Un periplo que acabó en la Argentina, donde se radicó y fue atraído por el teatro. Inició su actividad en los años ’50 y tuvo una primera presentación en la Alianza Francesa. Se formó en actuación, dramaturgia y dirección y mantuvo sus conocimientos de francés, inglés y alemán. Llevó a la escena más de treinta obras, algunas propias, como Al fondo a la izquierda y La bahía, las dos en colaboración con Carlos Montini; Irrespetuosamente... Boris Vian; Eche veinte centavos en la ranura; Recuerdos en sepia; Memoria y balance; Residuos (Premio especial de Greenpeace), dirigida por Elba Degrossi; y Vamo y vamo, una anécdota delirante pero no imposible en la Argentina, con dirección de Daniel Marcove, próxima a estrenarse en Uruguay e Israel con elencos de esos países. Entre sus puestas figuran Krinsky, de Jorge Goldenberg; Florecer en otoño, de Miguel Rottemberg; Las nieves del tiempo, de Manuel Lotersztein; Pido gancho, de Máximo Soto; Alguien velará por mí, del irlandés Frank Mc Guinnes (sobre rehenes de un grupo fundamentalista en Beirut); Tribunal de mujeres, de Naomí Ragen; y Resplandor en los Alpes, del austríaco Peter Turrini.

–¿Infancia y exilio guarda relación con Recuerdos en sepia?

–Es diferente. Esta no es la historia del hombre que regresa a su país, Alemania, y es recibido como hijo pródigo por las autoridades y las fuerzas sociales. Ha perdido a su mujer y su hijo es un desaparecido en la Argentina de 1977. Ese hombre “arrastra” cadáveres. Su hijo y sus padres, muertos en Alemania, son personajes que piden sepultura. Pasado un tiempo, se descubre el porqué del generoso recibimiento, aquello que está debajo de la máscara social y es remanente de historias crueles.

–¿Cuándo regresó a Alemania?

–Regresé, pero me costó. Fue después de treinta años. Venía viajando en coche desde Italia y Francia, y cuando llegué a la frontera sentí que no podía cruzarla. El cuerpo no me respondía, me temblaban las piernas. Tuve que buscar un lugar en Estrasburgo hasta decidirme. Algunas de las escenas de mis obras relacionadas con esa época no son puramente autobiográficas. Infancia y exilio es una pieza distinta, más realista, aunque también allí me dejé llevar por la fantasía. En la obra todo es cierto, pero podría no serlo. Enfoco esos recuerdos desde la duda.

–En De víctimas y salvadores, de Aaron Korz, su puesta mostraba escenas que tenían esa particularidad. Me refiero a la duda. ¿Cómo influye en una obra autobiográfica?

–En que uno se siente mucho más libre. Puede modificar, es su derecho, porque es la propia historia. En Infancia... elijo qué parte de mi historia es más angustiante y cuál otra es más placentera.

–¿Es necesario volver sobre el propio pasado, forjarse, incluso, una historia ilusoria, como en Resplandor en los Alpes?

–Se ha escrito mucho sobre reestructurar el pasado y hacer una revisión. También yo me pregunté por qué hacer teatro con mi experiencia de niño y por qué en el formado de teatro leído, donde los actores se encuentran ante un atril y sostienen un micrófono. En la obra, los personajes recuerdan y generan situaciones dramáticas. En un primer momento pensé en tres personajes, porque –me dije– hace falta un relator. En la obra, el hijo tiene, en este presente, 80 años, y recuerda a su madre cuando ella tenía 30. En esa evocación, la madre es, al comienzo, una mujer muy coqueta, ocupada en vanidades, pero cuando los hechos se vuelven dramáticos, demuestra tener gran coraje. Ella asume totalmente la responsabilidad de cuidar a su hijo de cinco años y su figura crece.

–¿Esa entereza es también la de su historia?

–Mi búsqueda sobre el pasado y el camino del exilio junto a mi madre están en la obra. Ese exilio empezó en Alemania, en Dortmund, donde nos deportaron a Polonia, a la ciudad de Zbaszyn. Todos los judíos de origen polaco fueron deportados en 1938, el año de la Kristallnacht, de La noche de los cristales rotos, de los progroms y los incendios de las sinagogas en la noche del 9 al 10 de noviembre. A raíz de eso estuve en un campo con mi madre, hasta que ella, mediante un ardid, logró que nos escapáramos. Llegamos a Bélgica, nos encontramos con mi padre y todos juntos nos refugiamos en Francia. Estuvimos en un lugar muy curioso, deportados por los franceses, no de tan mala manera. Nos enviaron a Gürs, un campamento en Francia, cercano a la frontera española, armado para los refugiados españoles que huían del régimen franquista. Ahí estuvieron la actriz María Casares y otra gente admirable. Los alemanes seguían avanzando y pudimos llegar a Niza, ocupada ya por los italianos, gente apacible. Cuando los alemanes tomaron la ciudad, no tuvimos más remedio que depender de una red de ayuda humanitaria que se ocupó de mí. Era la red clandestina Marcel, que salvó a 527 chicos judíos. Me internaron en el Colegio de Don Bosco y tuve que convertirme al catolicismo. Pero cuando cumplí 13 años, mi madre insistió en que debíamos organizar la ceremonia de Bar Mitzvá. Y se hizo en un lugar secreto. Estábamos en plena ocupación nazi y tardó sólo diez minutos. Después, los alemanes descubrieron el lugar. El internado de Don Bosco no era tan seguro y, con ayuda, me refugiaron en un asilo correccional. A los alemanes no se les iba a ocurrir, ni por asomo, encontrar allí chicos judíos. Mi madre seguía escondida en otro lado y yo en el correccional, con chicos violentos que habían matado.

–¿Cómo vive hoy este rescate escénico?

–Mientras escribía la obra, y después, cuando la terminé, no sentía nada especial, pero cuando la vi representada en una sinagoga de barrio, no pude contener las lágrimas. Ver cómo aquello que había escrito era dramatizado por otros, me emocionó profundamente. Y más, porque está hecha por actores en quienes confío, buenos intérpretes, como Julio Marticorena, que trabajó en Bienvenido Sr. Mayer, y Patricia Becker, en Tribunal de mujeres, de Ragen, una obra que cumplió seis temporadas y ahora se repone en Liberarte.

* Infancia y exilio, dramaturgia y dirección general de Juan Freund. Con Patricia Becker y Julio Marticorena. En el Auditorio Ben Ami, Jean Jaurès 746. Reservas: 4961-0527. Funciones: el sábado 28 a las 21 y el domingo 1º de marzo a las 19. Las siguientes: los jueves de marzo, a las 20.30. Entrada general: 90 pesos. Jubilados y estudiantes: 70 pesos.

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“También yo me pregunté por qué hacer teatro con mi experiencia de niño”, reconoce Juan Freund.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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