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Domingo, 5 de abril de 2015

TEATRO › PEPE SORIANO PROTAGONIZA LA NONA EN EL MULTITEATRO

“Estoy orgulloso: mi tiempo de vida está bien empleado”

Había prometido volver a la obra de Tito Cossa cuando cumpliera 85 años, y cumplió. “Ya estoy tan cerca de la edad del personaje que ni tengo que maquillarme”, se ríe Soriano, que además preside la Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes.

 Por Candela Gomes Diez

Pepe Soriano irrumpe en la sala. La cronista ya lo espera para comenzar la nota y la fotógrafa aguarda sobre el escenario, entre la escenografía, para la sesión fotográfica. “Me dejaron bien el escenario, ¿no?”, pregunta el actor, divertido, antes de excusarse por su demora. Nunca deja de hablar y, mientras posa para la cámara, cuenta que tiene toda su trayectoria de actor prolijamente documentada en una carpeta y digitalizada. Allí, confirma, está el testimonio de todo lo que hizo a lo largo de su extensa carrera en cine, teatro y televisión.

Locuaz e irreverente, Soriano está en su salsa. Acaba de estrenar en la calle Corrientes La Nona, la obra que él mismo protagonizara en cine en 1979, bajo la dirección de Héctor Olivera. Hace muchos años, el actor prometió que cuando cumpliera 85 años interpretaría en las tablas al icónico personaje creado por Roberto “Tito” Cossa, y cumplió. La historia de la viejita italiana, una centenaria insaciable que todo lo devora, tuvo su debut en 1977, con el protagónico de Ulises Dumont, y fue traducida a veinte idiomas, con múltiples puestas locales e internacionales, en países como Francia, Eslovenia, Inglaterra y Armenia, entre otros. La acción transcurre en una casa humilde, en la que vive una familia encabezada por Carmelo, quien trabaja en un puesto de verdura y tiene un hermano músico, Chicho, quien no trabaja con la excusa de componer un tango que finalmente los saque de la pobreza. Mientras, su abuela, La Nona, quien vive con ellos, come todo lo que encuentra a su paso hasta llevarlos a la ruina. Con la dirección general de Jorge Graciosi, y con un elenco integrado por Hugo Arana, Gino Renni, Mónica Villa, Sabrina Carballo, Miguel Jordán y Patricia Durán, la puesta costumbrista revela, con un humor que deviene drama, la relación de una familia disfuncional que revela sus miserias en su afán de deshacerse de la abuelita voraz.

Como un torbellino, Soriano habla y se desplaza por el escenario, hasta el momento en que, finalizada la sesión de fotos, baja para instalarse entre las butacas y comenzar la entrevista. Reflexivo, y más enérgico que un veinteañero, admite que ve poca televisión, porque ésta refleja “un país dominado por la culocracia y por la información mortuoria”, a la vez que reivindica al teatro como un “encuentro entre dos personas”. “En el teatro, lo importante es la presencia humana, el calor de persona a persona. No es lo mismo manejar Twitter o Facebook que estar frente a otro, donde hablan los ojos, las evasivas, las lágrimas, las risas”, sostiene, al mismo tiempo que deja bien en claro, a través de todas sus reflexiones, que es un militante comprometido con el ser nacional y la “patria grande”. “Algunos dirán: ‘Este tipo es un chauvinista’, y no lo soy, pero me convierto en un defensor a ultranza de nuestro material, porque en lo que me corresponde, que es el mundo actoral, tenemos actores inmensos, y hoy más que nunca. Todo el mundo estudia teatro y quiere tener contacto con el arte. Tenemos que estar agradecidos, sobre todo a los jóvenes, porque el país se hace a partir de ellos. Los que estamos en el tercer acto podemos dejar nuestra conducta arriba del escenario, si la hemos tenido.” Observador agudo de la realidad, el actor asegura que siempre fue crítico del poder, y que seguirá siéndolo porque, según dice, a su edad es “inimputable”.

–¿Cómo surgió La Nona?

–Yo estaba en muy buenas condiciones actorales en Canal 9, con Alejandro Romay, entonces le pregunté si me daba libertad para hacer un programa, y convoqué a los autores que tanto quería y quiero, y que además llevaban tiempo sin escribir, como Roberto Cossa, Ricardo Talesnik, Germán Rozenmacher, Ricardo Halac y Carlos Somigliana. Un día los invité a casa a tomar café y eso se convirtió en una rutina, y empezamos a pensar en un programa de televisión, de media hora, semanal. Había que inventar personajes, entonces en una de las conversaciones le dije a Tito (Cossa): “¿Por qué no escribís una viejita para mí?”. El se fue y no creó a una viejita, sino a La Nona, que es mucho más, y se convirtió en un clásico del teatro argentino, que tiene una resignificación permanente y da lugar a revisar el país. El autor, de forma inteligente, no le da a la gente el plato digerido, y el espectador elabora su propia Nona. La obra deja un final abierto, y eso es maravilloso.

–¿Y qué significa este personaje para usted?

–La muerte, porque esta es la única verdad definitiva y absoluta. A partir de la muerte, la gente acomoda su manera de vivir a necesidades que van más allá de lo personal.

–Hay quienes han interpretado a la obra y al personaje específicamente como una metáfora del poder que avanza y deja miseria a su paso. ¿Acuerda con esa teoría?

–Sí, pero hay que evaluar cuál es la referencia que tiene el poder en relación con el espectador, porque en época de Videla esta obra tuvo un significado y hoy tiene otro. El poder, en términos generales, no tiene cara, pero tiene representantes. El poder es algo que no conocemos y lo que moldea a las sociedades de acuerdo a sus necesidades.

–¿Cuál es su relación con el poder?

–Generalmente siempre me llevé mal con el poder. Siempre fui crítico. Hay gente que viene y me dice: “Usted es kirchnerista”, y no lo soy, pero no porque estoy en contra del kirchnerismo, sino simplemente porque no lo soy. Tampoco soy peronista, y ¿por qué?, porque nací como una especie de anarquista que se fue anotando en todo aquello que creía justo. Entonces, ¿tengo obligación de ser “anti” o de estar a favor de algo? Todo aquello que está bien hecho, lo apoyo. No me importa quién lo hace. Pero siempre estuve en contra del poder, porque el poder en general siempre estuvo en contra de la poesía. En la Argentina, la poesía siempre fue ilegal.

–Usted realizó una promesa de realizar esta pieza en teatro cuando cumpliera 85 años... ¿Por qué?

–Fue un juego que hicimos con Carlos Rottemberg. Yo había hecho una promesa hace un montón de años y Carlos se acordó porque tiene una memoria elefantiásica, entonces luego de muchos años de trabajar juntos, me dijo: “Ya cumpliste 85 años, ¿por qué no hacemos La Nona?”. Y me pareció maravilloso. Era una deuda que tenía conmigo y con Tito, porque él escribió esta maravilla a partir de una ingenua idea mía y nos regaló una joya para la cultura teatral del país.

–Cumplida la promesa, ¿qué evaluación hace de esta nueva interpretación?

–Me divierto mucho. Ya estoy tan cerca de la edad del personaje que ni tengo que maquillarme (risas). Además, tengo la posibilidad de tener los mejores compañeros de elenco que haya imaginado, personas con sentimientos, calidez, afecto, hermandad y solidaridad. Eso no se paga con nada. Vengo al teatro con alegría.

–Aunque es su primera intervención teatral en esta obra, ya la había protagonizado en cine, en 1979...

–Sí, en ese momento yo estaba prohibido como actor. No podía aparecer ni en una foto y, un día, Atilio Mentasti (productor de Argentina Sono Films) me dijo: “Te liberaron por seis meses. Vamos a hacer la película con Héctor Olivera”. Al mismo tiempo, me llamó Carlos Montero, director de Canal 7, y me propuso hacer en esos meses El animador, de Osborne, una obra que él sabía que yo quería hacer, pero le dije que no, y que si no hacía El loro calabrés no hacía nada, porque yo me había ganado la vida todo ese tiempo y había recorrido el país con ese unipersonal. Me dijo que era un disparate, que no tenía sentido, pero finalmente lo grabé e hicimos una versión acotada al tiempo que la televisión requiere. Esa grabación está y es de la misma época de La Nona.

–¿Cómo fue trabajar en esos años de dictadura?

–Trabajar en ese momento fue durísimo, tengo un anecdotario muy largo, pero no vale la pena hablar de eso. Lo que sí me da gusto es pensar que, después de una vida de lucha, tuvimos la posibilidad de tener Sagai (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes) y eso se lo debemos al doctor Kirchner y a la doctora Fernández de Kirchner. Hoy sé que tengo una oreja en el Gobierno donde ir a contar lo que le hace falta a mis compañeros y cuáles son las necesidades de la comunidad actoral.

–Usted es, desde la creación de Sagai en 2006, el presidente de la entidad. ¿Cómo conjuga su actividad actoral con la de dirigente social?

–Como puedo. Lleva mucho tiempo y es mucho el desagrado que le produce a algunos que uno esté en este lugar, porque se defienden intereses de gente de trabajo. La tarea de Sagai es muy grande, y complicada, pero nos ha dado tantas alegrías que lo único que pido es que la gente sepa que muchos de nosotros, en lugar de estar en un café puteando contra todo y contra todos, trabajamos. No pierdo tiempo en putear, trabajo. No sólo en el escenario, en lo que me gusta, sino también en Sagai, que no es un ingreso que me permite vivir pero es un trabajo para mi comunidad. Me siento muy orgulloso de saber que mi tiempo de vida está bien empleado. Trabajo, y en este trabajo tengo respuestas que son conmovedoras hasta las lágrimas. Tenemos 3700 compañeros asociados y hemos pagado a más de 13.000 actores el año pasado. Por esto le encuentro bastante sentido a mi vida y no tengo quejas. Vivo como viví siempre, con la marca en el orillo, y no cambié de tela; sigue siendo tela nacional.

* La Nona se presenta en el Multiteatro (Corrientes 1283), con funciones los miércoles, jueves y viernes, a las 20.30, sábados, a las 19.30 y 21.30 y domingos, a las 19.30.

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“El autor, de forma inteligente, no le da a la gente el plato digerido, y el espectador elabora su propia Nona”, afirma Soriano.
Imagen: Carolina Camps
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