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Sábado, 15 de agosto de 2015

TEATRO › MARIANA MAZOVER ESTRENO ETIOPIA EN LA CARPINTERIA

La utopía y los juegos de la infancia

La dramaturga y directora encontró un mecanismo singular para hablar de la dictadura y de la militancia revolucionaria. Cuenta la historia de una familia secuestrada desde la realidad de dos muñecas que esperan la vuelta al hogar de su pequeña dueña.

¿Tenía derecho a hacer una obra como ésta, sobre una historia que no era la mía?, se preguntaba la dramaturga y directora Mariana Mazover (El cerco de agua, Piedras dentro de la piedra) cuando estaba terminando de escribir Etiopía, obra sobre la lucha armada y la desaparición forzosa de personas, espectáculo que acaba de subir a escena en La Carpintería, de Jean Jaurès al 800. En realidad, la pregunta la acompañó a lo largo de todo el proceso de escritura, monitoreado por el dramaturgo Ricardo Monti. Contar la historia de una familia secuestrada desde la realidad de dos muñecas que esperan la vuelta al hogar de su pequeña dueña es, sin dudas, una decisión singular. Las muñecas hablan repitiendo lo que escuchan decir a la niña que juega con ellas quien, a su vez, habla con las palabras de sus padres. Palabras como utopía, exilio o revolución que, según señala Mazover en la entrevista con Página/12, “tienen 30.000 muertos adentro”. En la obra, la traslación se vuelve natural, tal vez porque, como subraya la autora, “la guerra y los juegos de la infancia tienen palabras en común, como perder y ganar”.

Interpretada por Gabriela Julis y Carolina Setton –a cargo de las muñecas Brumaria y Germinal–, la obra habla sobre el metalenguaje y los protocolos de la militancia y, desde la lógica de dos juguetes, pone en tela de juicio la verticalidad de la organización Montoneros y sus mecanismos de seguridad, además de otras cuestiones. La obra también habla de la delación, la complicidad civil y los vuelos de la muerte, entre otros tópicos de los años de la dictadura. Formada en Ciencias de la Comunicación en la UBA, Mazover cuenta que los textos de Rodolfo Walsh y de Juan Gelman fueron la vía de acceso a un tiempo que no le tocó vivir. A partir de esas lecturas, la autora resignificó algunas conversaciones de adultos escuchadas durante la infancia y cierto clima de época que en los ’80 le llegaba desde la música de Mercedes Sosa y Silvio Rodríguez, aludiendo a un tiempo pasado. Y si bien no es hija de ex militantes, había en su casa mucha literatura sobre Montoneros, que terminó contribuyendo al imaginario de su obra.

–¿Cuál era su pensamiento cuando leía sobre la lucha armada?

–A través de mis lecturas revisionistas, trataba de comprender las contradicciones de Montoneros. Había en mí una dualidad entre el distanciamiento crítico y la admiración romántica. Pero siempre me pregunté si esa lucha había tenido o no sentido.

–¿Qué pensaba acerca de los hijos de los militantes?

–Para Montoneros, los hijos eran parte de su proyecto: tenerlos significaba pensar en el futuro y esto me contenía, aunque yo no hubiese nacido todavía. Esto hacía que ésa también fuese mi historia.

–¿Qué otros estímulos encontró útiles para escribir su obra?

–Ver Infancia clandestina, la película de Benjamín Avila, fue un descubrimiento. Luego vinieron las novelas: Pequeños combatientes, de Raquel Robles; La casa de los conejos, de Laura Alcoba.

–¿Cómo surgió la idea de contar un relato desde dos juguetes?

–Siempre me gustaron los juguetes: tienen inscripta una pedagogía ideológica que lleva a los chicos a entrar al orden establecido del mundo. Las muñecas y el color rosa para las niñas, las pelotas y el color celeste para los varones. Y fue Monti quien me hizo ver que a través de las muñecas yo podría articular mi propia voz.

–El nombre de las muñecas habla sobre la Revolución Francesa...

–Es que la Revolución Francesa es la madre de otras revoluciones. El calendario republicano, obra de los girondinos, siempre me pareció muy poético. Brumaria hace referencia al 18 Brumario, fecha del fin de la revolución, y Germinal, al comienzo de la primavera, habla de un momento esperanzado. Estos nombres caracterizan a los mismos personajes: Brumaria tiene rasgos despóticos y trabas emocionales; Germinal no se rinde y lucha por mantener vivo el recuerdo.

–¿A qué espectadores le gustaría saber que se dirige?

–Me gusta pensar que con la obra puedo despertar la sensibilidad del espectador sobre estos temas. Para que se hagan preguntas tanto el público que vivió esa época como los que saben muy poco. Se avanzó mucho, pero todavía quedan muchas identidades por restituir. Hay que seguir hablando sobre esto porque es una historia que nos pertenece a todos.

* Etiopía, en La Carpintería Teatro, Jean Jaurès 858, domingos a las 17.45.

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La obra de Mazover aborda el metalenguaje y los protocolos de la militancia.
 
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