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Martes, 12 de abril de 2016

TEATRO › BERNARDO CAPPA HABLA DE SU PUESTA DE TV 60, EN EL TEATRO SARMIENTO

“La tevé te vuelve un poco psicótico”

El director y dramaturgo pone en escena a un elenco televisivo que debe ensayar un programa mientras afuera se desarrolla el golpe de Onganía. “Creo que la televisión le da el gusto al hombre común, aunque por supuesto también influye en él”, dice.

 Por Paula Sabatés

El Che Guevara muere y cae sobre la mesa de un almuerzo de Mirtha Legrand. “La muerte de las ideologías”, sentencia Bernardo Cappa, director y dramaturgo de la pieza teatral en la que esa potente imagen tiene lugar. En TV 60, que se ve en el Teatro Sarmiento del Complejo Teatral de Buenos Aires, el contexto es la madrugada del 28 de junio de 1966, día en que estalló el golpe cívico-militar que encabezó Juan Carlos Onganía. Pero la acción no transcurre en la calle ni en un cuartel militar, sino en un estudio de televisión donde un grupo de actores ensaya la mejor forma de “hacer posible la aceptación de una realidad”. Afuera está oscuro y la incertidumbre general llega a los pasillos del canal, mientras el teléfono suena para pedirle al director que, como sea, cuando se lo indiquen tenga un programa listo para dar.

Con un numeroso elenco integrado por Carla Appella, Martín Bertani, Brenda Chi, Fernando De Rosa, Sofía García, Diego Gens, Natalia Giardinieri, Aníbal Gulluni, Maia Lancioni, Guido Losantos, Laura Nevole, Dina Pugach, Silvia Villazur y Carla Viola, la obra surgió de una serie de improvisaciones en el marco de una cátedra de la UNA, por un interés particular de Cappa y sus alumnos sobre qué de la actuación está en juego en la televisión. Rápidamente apareció en esos ejercicios una alusión al programa de Mirtha Legrand y la pregunta sobre “cómo el mito hizo posible la realidad”. Teniendo en cuenta que el envío se emite desde 1968 (cuando todavía estaba en el poder la llamada Revolución Argentina), y que “ha sabido adaptarse y configurar una red emocional”, la compañía mezcló entonces los almuerzos con la caída del gobierno de Illia y montó así esta obra a la que define como “un ensayo de lo real”.

“La obra no es una denuncia ni parodiamos al programa real, sino que tomamos de él la idea para recuperar el valor emocional de lo simbólico, que encima la realidad actual ayuda a potenciar. Nos interesaba pensar cómo la imagen hace creíble la realidad. Eso que llamamos relato, el relato de lo real. Derrida decía que había que hablar de la madre, el padre y la televisión como fundadores del inconsciente. Eso queríamos explorar”, cuenta el director, que también da su crítica visión sobre el Complejo Teatral.

–¿En qué sentido dice que la realidad actual potencia lo simbólico de la pieza?

–Por ejemplo, con el Che Guevara, nosotros lo pusimos sobre la mesa de Mirtha porque era un cruce de dos cosas que no coincidían y nos parecía que se armaba una imagen pregnante, llena de contradicciones y de significantes confusos y complejos. Buscábamos eso, y esa idea fue la que terminó de constituir la obra. Pero después de estrenar, Macri baja los cuadros del Che y entonces reafirma esa idea de que realmente representa algo. Le da status. Porque si Macri lo repudia, a muchos nos reafirma que eso realmente era bueno. Es una disputa por lo simbólico, el público se emociona y sale conmovido con esa y otras metáforas muy brutales. Por eso también perdona ciertas desprolijidades que puede tener la obra en la hechura más específica de lo teatral.

–¿Desprolijidades como cuáles?

–El relato es medio confuso en algunas partes, y esto lo tengo que decir. Si uno atiende al verosímil directo, algunas cosas que pasan en la obra son raras. Por ejemplo, ¿cómo puede ser que en medio de un apuro como el que tiene ese canal, el director se ponga a ensayar con los actores lo que van a mostrar? Pero bueno, si no tuviera los errores que tiene la obra en ese sentido, estoy seguro de que no tendría la misma potencia en lo emocional.

–En la obra las autoridades del canal convocan a un par de espectadores para que evalúen en vivo lo que se está mostrando. ¿Cree que es así, que la tevé muestra lo que los espectadores piden ver?

–Creo que le da el gusto al hombre común, sí, aunque por supuesto también influye en él. A veces me encuentro mirando Intratables y luego pienso qué estoy haciendo. Termino caminando por mi casa y hablando sólo, discutiendo con tipos que no me están escuchando. Uno se vuelve un poco psicótico. Por eso en la obra cuando suena el teléfono y al director le ordenan hacer el programa que luego se ve, no se sabe quién es. Todo está encerrado en esa psicosis en la que no se dice que el poder es tal o cual. No decimos que los malos son los de la dictadura, aunque está claro que son malos. Pero el poder es otra cosa, es algo que puede cambiar de forma, y que la tevé ayuda a construir.

–De todos modos, aunque no se sepa quién es el que hace las llamadas, por algún motivo se intuye que es un hombre y no una mujer. ¿No cree?

–Sí, yo también me lo figuro como un hombre, pero porque el poder estuvo constituido históricamente de esa manera. Las mujeres quizás son más de ir y poner el cuerpo, no de levantar el teléfono. Pero de todos modos lo que pasa en el teléfono es en realidad la proyección de ese productor. Porque uno desea y eso se cumple, por eso hay que tener cuidado. La revolución de la alegría es en realidad la revolución de la fantasía, porque la alegría llega cuando uno aprende, cuando uno deja de ser boludo. Lo otro, la fantasía, es cuando uno desea algo rico que es mentira, y que cuando llega decís: “Ah, ¿esto era?”.

–¿Cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia?

–No, no es coincidencia. Eso tiene el mal en general: la capacidad de volverse atractivo. Macri dice pobreza cero, pero de eso se toma el significado y no el tono. Es como cuando le preguntas al médico si el bultito que tenés puede volverse tumor y te dice “cero, nada, ni ahí”, cuando todos sabemos que no es así. Bueno, ese es el cero del enunciado pobreza cero. “Pobreza cero, boludo, olvídate.” Es muy hábil la nueva forma de construcción del mal.

–Estrenó y hace esta obra en un teatro del Complejo Teatral de Buenos Aires. ¿Cómo ve su estado general desde adentro?

–Mire, por un lado me pasa que necesito agradecer que me hayan llamado y poder trabajar. Por otro, todo el laburo fue muy bien pero gracias exclusivamente a la gente que trabaja ahí. Es muy contradictorio, porque la gente es fantástica, pero la institución no. Como sucede en toda la Argentina, el Estado no se hace cargo pero los trabajadores sí. Los hospitales no funcionan por una política estatal de salud, sino porque adentro hay médicos y enfermeras que dan la vida para que eso funcione. Acá es igual, el Estado no se hace cargo de que la función del teatro público no es ganar dinero sino ser abastecedor de un campo simbólico. Yo hablé dos minutos con Alberto Ligaluppi (ex director del Complejo) y después no hablé con nadie nunca más. El San Martín está abandonado y los funcionarios están más interesados en ver qué pasa en el circuito comercial. Y ese circuito es narcisista, porque la burguesía va para ver las escenografías caras o para estar cerca de Darín, porque lo puede pagar. No es teatro, porque no se corre. El teatro es ser otro.

* TV 60 se puede ver de jueves a sábados a las 21 y los domingos a las 20 en el Teatro Sarmiento, Av. Sarmiento 2715.

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“Nos interesaba pensar cómo la imagen hace creíble la realidad. Eso que llamamos relato, el relato de lo real.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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