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Viernes, 9 de septiembre de 2016

TEATRO › DUROS, UNA DESAFIANTE PUESTA DEL DIRECTOR LISANDRO RODRÍGUEZ

Todo lo que puede suceder en un pozo

El espectáculo que se presenta en Elefante Club de Teatro desafía todas las normas del teatro y, sin embargo, constituye una intensa experiencia teatral, que transcurre en penumbras.

 Por María Daniela Yaccar

Toda obra de teatro es una experiencia; es una obviedad decirlo. Pero hay que hablar de Duros, suceso de la cartelera desde el año pasado, que parece ser más una experiencia que una obra. No hay historia, no hay personajes –hablando en sentido tradicional, por supuesto–; siquiera hay, la mayor parte del tiempo, un lenguaje que se parezca al que utilizan los seres humanos. Hay poco, en Duros, que la acerque a aquello que habitualmente se llama teatro. Y sin embargo, nada le falta para que sea una experiencia teatral de lo más intensa, seguramente tan amada como odiada por quienes la atraviesen. Precisamente en la ruptura, Duros (viernes a las 21.30 en Elefante Club de Teatro, Guardia Vieja 4257) encuentra su particularidad y, desde allí, construye teatralidad.

El espectáculo ocurre en un pozo. El director, Lisandro Rodríguez, uno de los más celebrados del circuito alternativo en los últimos tiempos (La mujer puerca, Un trabajo, Hamlet está muerto. Sin fuerza de gravedad), también dueño del Elefante, hizo construir un pozo en el medio de la sala. Impecable y acertadísimo el diseño de Norberto Laino. No hay iluminación convencional, tampoco: antes de ingresar, los poquitos espectadores reciben unas linternas, porque serán ellos los encargados de arrojar luz a una escena que transcurre íntegramente en ese subsuelo, entre tierra, olor a humedad, agua, barro y algunos objetos de lo más misteriosos. Será el público el que decidirá qué ver, adónde apuntar (la idea es de Matías Sendón).

Si en otras obras la iluminación guía lo que hay que ver, aquí, en Duros, nada guía. A lo que parece apuntar la obra es a afianzar la propia mirada, pero no desde la razón. O sí, pero después: enroscada como pocas, Duros invoca sentidos, sensaciones, emociones. Es posible que el espectador, presa de su conservadurismo y prejuicios, a medida que el espectáculo avanza y no devuelve nada aparentemente entendible, se pregunte qué le están queriendo decir. Acostumbrado a que le digan cosas, le bajen línea, le den contenidos e historias cerradas o conceptos claros. Parece que nada. Nadie, ninguno de esos actores magníficos ni tampoco el director, están queriendo decir nada. Y a la vez, están diciendo mucho. Esa es la paradoja. El sentido de Duros se arma de a poco, y se completa con textos que el público –tan desconcertado como para, tal vez, no aplaudir al final– recibe en la mano.

“Una obra sobre nosotros. Un espejo. Un experimento. Una cosa ahí abajo. Tierra y luz”, con estas pocas palabras ha definido Rodríguez a este espectáculo. En concreto, los espectadores –algunos con barbijo– rodean una baranda de madera para espiar desde arriba a cuatro tipos metidos en un pozo, que repiten palabras o sonidos, la mayoría sin sentido aparente. Lo mismo ocurre con las acciones; tan mecánicas, tan sin sentido. El trabajo físico de Enrique Biondini, Edgardo Castro, Mariano González y Martín Tchira es fascinante y complejísimo: estos ¿personajes?, estos ¿seres? son como bestias, se mueven en el límite de la humanidad.

Y aquél pozo parece ser una metáfora de la marginalidad. De los que tocan fondo. De los que están rotos. Y a los que ven desde afuera, resguardados en la comodidad, desde detrás de una baranda. Es apenas una lectura posible, porque habría múltiples. Hay que reconocer que un momento de la obra, de hecho, contradice esta lectura: una llamada telefónica en lenguaje convencional (acerca de un auto y una espera) da a entender que esos seres no pertenecen únicamente a ese abajo. Quizá por eso las palabras de Rodríguez: “una obra sobre nosotros. Un espejo”. Nadie está exento de caer.

Será difícil encontrarle a la obra un tema. Porque Duros no habla del dolor. Porque, en todo caso, Duros duele. Y ya. Alcanza y sobra. Qué más pedir. Qué más, que sentir. Por eso, podría decirse que Duros se experimenta. Que no solamente se ve.

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Todo sucede en un pozo en el medio de la sala, que los espectadores alumbran con linternas.
 
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