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Jueves, 5 de octubre de 2006

TEATRO › “UN MISMO ARBOL VERDE”, DE CLAUDIA PIÑEIRO, EN EL TEATRO PAYRO

Las memorias y el insomnio

Con una afinada dirección de Manuel Iedvabni, Marta Bianchi y Noemí Frenkel se lucen en una puesta que cruza el genocidio armenio con el argentino, pero propone un final de esperanza.

 Por Hilda Cabrera

La experiencia histórica dice que es necesario insistir en el derecho a la verdad aunque el ánimo y el cuerpo tambaleen. Y eso es lo que se propone Silvia, la otra hija de la Dora que se enclaustra en su habitación, atravesada por el dolor de haber perdido a Anush. Es la madre que intenta salvarse del espanto rechazando cualquier alusión al pasado. Integrantes de una familia de ascendencia armenia, estas mujeres saben de genocidios, de aquel que padecieron sus antepasados a manos de los turcos y, ya en Argentina, adonde emigraron algunos sobrevivientes, de la dictadura militar que les arrancó a Anush. La autora Claudia Piñeiro enlaza una y otra masacre a partir del relato que le hiciera su amiga Luisa Hairabedian, ya fallecida, quien se impuso la tarea de hacer valer el derecho a la verdad en relación con el genocidio armenio. En la obra se destaca especialmente a la Metzma (la abuela que sobrevivió), a través de las evocaciones de Dora y de la joven abogada Silvia (aquí, retrato de Luisa Hairabedian). Estas historias les pertenecen, pero no las ha unido. Madre e hija actúan distinto, aunque compartan noches de insomnio, como esta que retrata Un mismo árbol verde. Una vigilia que la hija utiliza para redactar su presentación ante la Justicia, mientras Dora, arrebujada en su sillón, intenta conciliar el sueño, quejosa y desorientada.

El insomnio es protagonista en este montaje de Manuel Iedvabni, quien transforma ese estado en diálogo y confrontación entre esas mujeres forzadas a convivir con recuerdos que lastiman. Silvia se sobrepone a la fatiga evaluando cada una de las palabras que habrá de utilizar en la demanda que le permitirá hacer suyo el “derecho a la verdad”, y conocer acaso el destino de sus familiares y el lugar donde se arrojaron los restos. Tenaz e imaginativa, aun en esa tarea, logrará recrear situaciones de poética irrealidad. Una forma de contrarrestar el impacto que produce la descripción de las deportaciones de armenios ordenadas por el Estado turco entre 1915 y 1923, tan presentes en la narración de Dora como la violencia y humillación que significó la desaparición de Anush.

Con el pensamiento puesto en los personajes ausentes –la abuela deportada y Anush–, Silvia buscará arrimarse a su madre, no sin expresarle abiertamente su enojo por rehusarse a cuidar lo que aún posee. Pero ¿cómo imponer raciocinio y gusto por la vida a quien se siente definitivamente destruida, a quien cree que no tiene nada que perder? Los conflictos entre madre e hija no derivan aquí en reflexiones psicológicas, pues se los considera consecuencia de la herida que dejó el secuestro y la muerte de Anush.

Un mismo árbol... apunta a restañar esos cortes mediante el testimonio de lo ocurrido y la valoración de los afectos. La obra se constituye en alerta respecto de la intolerancia y el odio, y abre el camino a la reconciliación con lo propio. El título refleja, en todo caso, la dificultad del acercamiento. Lo ilustra Silvia al equiparar verdad con justicia y preguntarse si su madre lo entenderá también así: “De chica, cuando veía algo, un árbol verde por ejemplo, lo veía y te decía, uia, mamá, mirá, un árbol verde, y vos me contestabas: sí, un árbol verde, pero yo no me quedaba tranquila... porque no sabía si veías lo mismo que yo...” Convocado nuevamente para llevar a escena un texto alusivo al genocidio armenio (el anterior fue Una bestia en la luna, del estadounidense Richard Kalinosky), Iedvabni recorta el espacio escénico –en colaboración con el escenógrafo Alberto Bellati– y ubica a las protagonistas en cuartos separados por una pared invisible que ellas dudan en atravesar. El tono trágico se manifiesta en todo momento, pero con diferente intensidad: se empasta en algunos testimonios y se diluye cuando se rescatan paisajes y tradiciones. Instaladas en esta propuesta esperanzadora (por aquello de la voluntad puesta en lograr justicia), las actrices se pliegan, creativas en sus respectivos roles, a la afinada dirección de Iedvabni. Desarrollada simultáneamente en dos planos, el “real” y el que surge del relato de los personajes, Un mismo árbol... sensibiliza sobre el genocidio armenio (ésa es finalmente la intención de los productores), emociona e incita a no abandonar el deseo de una vida mejor, a pesar de los odios y los dogmas aparentemente ingobernables.

8-UN MISMO ARBOL VERDE

de Claudia Piñeiro

Intérpretes: Marta Bianchi y Noemí Frenkel.

Escenografía y vestuario: Alberto Bellati.

Diseño de iluminación: Roberto Traferri.

Música: Saro Danelian y melodías populares armenias.

Coreografía: Teresita Sargsian.

Dirección: Manuel Iedvabni.

Producción: Sebastián Blutrach y Eduardo Kozanlian.

Lugar: Teatro Payró, San Martín 776. Funciones: sábado a las 21 y domingo a las 20.30. Presenta la Fundación Luisa Hairabedian.

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Un mismo árbol verde va los sábados a las 21 y domingos a las 20, en la sala de San Martín 776.
 
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