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Domingo, 23 de septiembre de 2007

TEATRO › EL BACKSTAGE DE LA COMPAÑIA MEXICANA TEATRO DE CIERTOS HABITANTES

De monstruos, prodigios y melodías

Crónica de las bambalinas de una de las compañías más celebradas del Festival Internacional de Buenos Aires, que ahora sigue de gira por el interior y en octubre vuelve al Teatro Cervantes.

 Por Carolina Prieto

Faltan pocas horas para el debut de la compañía Teatro de Ciertos Habitantes con la obra De monstruos y prodigios. La oscuridad es casi total en la sala Casacuberta y, en el comienzo del ensayo, un foco ilumina el torso desnudo de un hombre en ferviente alocución sobre el fenómeno de los castrati, aquellos hombres cuyos testículos eran mutilados para que pudieran cantar tanto o más agudo que las mujeres. Una práctica habitual en Italia durante siglos, especialmente durante el Barroco, hasta que mermó con la condena de la Francia revolucionaria, amparada en la razón y los derechos del hombre. No se ven las piernas de ese primer personaje en escena, las tapa un tablón de madera y la parte superior de su cuerpo se mueve extrañamente. Algo hace suponer que ese personaje no es del todo humano. “¡Vamos pues! ¡Repite la última frase por favor!”, dice una voz suave pero firme desde la platea. El director Claudio Valdés Kuri se levanta, camina entre las butacas, recorre el semicírculo de la platea donde poco después se sentará el público. Desde allí marca la posición exacta del actor; determina con precisión de relojero las salidas o entradas de los demás personajes. Los cuerpos no deben quedar en sombra; las voces deben alcanzar todo el espectro del espacio: son algunos de los ajustes que exige sin levantar la voz ni perder calidez. Y no se desconcentra ni por un momento. Es que ésta es la instancia en que las pequeñas faltas se evidencian. No aparece el palo que sostiene la tapa del clave (un instrumento de cuerdas parecido a un piano) ubicado en el escenario; hay en el suelo algún pinche que puede lastimar los pies desnudos de un personaje extraño, mezcla de árabe e indígena.

Con la aparición de los demás personajes, el escenario cobra color. Ingresa un par de siameses ataviados en un traje cortesano con pelucas blancas, profuso maquillaje y un despliegue vocal asombroso. Cantan muy afinados (uno en falsete, el otro más grave), y en varios pasajes hablan en italiano, francés e inglés. Durante la función, precisamente por esto, una espectadora los agredirá iniciando un momento tenso, violento y hasta con proyectiles volando por la sala. Pero claro, más tarde se sabrá que era parte del juego. También asoman otros: una caricatura de Napoleón Bonaparte petiso y regordete, un virtuoso castrati cubierto de brillos, sedas y plumas, y el maestro que toca el clave.

La obra está de lo más aceitada: la pasada de texto no exige mayores problemas; en cambio las luces, ciertos desplazamientos y unos escalones exigen definir una dinámica particular. Hacia el final del ensayo, la tensión afloja: los intérpretes piden ayuda a Eugenia (el ángel del grupo, la asistente local que los sigue noche y día y los cuida como hijos) para entonar una serie de canciones que no dominan del todo. Los siameses se acercan al proscenio y uno de ellos pregunta. “¿Cómo era el primer tema? Estoy saliendo con un chabón/ Va como un año...” Ella se para de la butaca y arremete con voz prodigiosa, capaz de embellecer cualquier melodía: “Estoy saliendo con un chabón/ Ya más de un año van casi dos”. Y se produce entonces un quiebre hilarante entre la atmósfera barroca que domina la puesta y este momento pop y bien actual, con voces en falsete que luego entonan fragmentos de La guitarra de Lolo, Piel morena y ¿Qué tendrá el petiso?

Ya finalizado el ensayo y dentro de los camarines, el dúo de hermanos sigue cantando. Les cuesta enhebrar el listado de reproches de los Pimpinela en Olvídame y pega la vuelta. También luchan para sacarse el traje de encima. Cuesta encontrar y tirar de los velcro de esos ropajes de época que los fusionan. Javier Medina (el castrati) sale del camarín contiguo y luce de lo más urbano: jean, remera y zapatillas. Enseguida abandona la zona. Se acerca el director Claudio Valdés Kuri y comenta ante el asombro de los pocos que presenciaron el ensayo: “Son esas canciones tremendas que todo el mundo conoce y que incorporamos en un momento de la obra. En cada ciudad donde nos presentamos, incluimos canciones populares del lugar”. Son más de las 4 de la tarde y hay hambre. Junto a los actores Raúl Román y Gastón Yanes (los talentosos hermanos siameses), el joven director enfila para Pipo, sobre Montevideo.

El menú es casi dietético. Los tres eligen una entrada liviana y, como plato principal, pescado o pollo con verduras al vapor. Nada de alcohol, toman agua mineral, gaseosas y, de postre, una ensalada de frutas. Román es quien pulveriza tanta frugalidad y pide un panqueque de dulce de leche. “Me encanta, el color del dulce es distinto del que tenemos en el DF”. Yanes se levanta primero: “Me voy a descansar un rato, nos vemos tempranito en camarines”.

Nada de perderse por la callecitas porteñas. “Toda la energía está puesta en la obra”, coinciden. Llegaron poco antes del estreno: un día completo de montaje, ensayo, puesta de luces y a enfrentar a los espectadores locales.” Yanes, de padre argentino exiliado en México, apenas tuvo tiempo para cruzarse con su primo-hermano porteño por primera vez. Sólo el director vino con más tiempo. Llegó la semana pasada para adentrarse en el teatro vernáculo. “Me fascinó El niño argentino, también Reproches constantes”, dice y explica que encara cada espectáculo como una experimentación. Para éste, el elenco perfeccionó el francés y aprendió bailes de época. “Trabajo con personas antes que con actores. Javier, por ejemplo, nunca había actuado. Lo conocí en el cuarteto de música antigua Ars Nova que ambos integramos. Su voz de soprano es el resultado de los rayos que recibió a raíz de una grave enfermedad. Nos pusimos entonces a investigar el tema de los castrati. Así surgió el proyecto... Y nos dimos cuenta de que Farinelli tiene muy poco que ver con los verdaderos castrados –agrega–. Esa figura estilizada no corresponde con la realidad: eran hombres más bien gordos, como inflados y con la cabeza prominente. Por eso la obra habla de monstruos y prodigios, por la deformidad de sus cuerpos y la belleza de la voz”.

Faltan sólo dos horas para la función y quieren descansar un poco. Valdés Kuri no niega estar algo nervioso. Más tarde, ya cerca de la medianoche y tras la ovación recibida en la Casacuberta (sostenidos aplausos y hasta gente de pie), se los ve distendidos en el cóctel brindado por la embajada mexicana en el Punto de Encuentro del Festival, ubicado en el Centro de Exposiciones de Pueyrredón y Figueroa Alcorta. Entre copas de tinto y nachos, el elenco azteca conversa con las autoridades de su país e invitados. Con el pelo aún húmedo de la ducha, Román comenta: “No fue una función más. Se nota que ustedes ven mucho teatro. No se ríen enseguida y cuesta hacerlos entrar. Esto es muy bueno para nosotros”. Y se lo ve de lo más satisfecho.

Tras las funciones en el FIBA, que culminaron ayer, actuarán en Rosario, Rafaela, Mendoza y Córdoba. Y a comienzos de octubre estarán nuevamente en Buenos Aires con la puesta de El automóvil gris, inspirada en la película homónima, la más importante el cine mudo mexicano. Será en el Cervantes, con un pianista en vivo, una actriz francesa y otra japonesa. Y si bien el Teatro de Ciertos Habitantes está en permanente cambio (sus próximos proyectos están vinculados con la danza Butoh y la ópera), reconocen la vitalidad de la escena local, al punto de que el director asegura: “En materia de teatro occidental, Buenos Aires lleva la cabecera”.

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“Toda la energía está puesta en la obra”, coinciden los integrantes de la troupe.
 
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