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Miércoles, 29 de junio de 2016

CHICOS › ELLEN DUTHIE PRESENTA MUNDO CRUEL, SU LIBRO DE “FILOSOFIA VISUAL PARA NIñOS”

“La crueldad es algo muy interesante”

Publicado originalmente en España y editado aquí por iamiqué, Mundo cruel está hecho de preguntas, para las cuales nunca cabe una respuesta única. Un libro creado para chicos, pero que deja pensando, y haciendo más preguntas, a lectores de todas las edades.

 Por Karina Micheletto

¿Matar hormigas te parece cruel? ¿Sienten dolor las hormigas? ¿Sienten miedo? ¿Importa? ¿Te gusta ir al zoológico? ¿Y te gustaría vivir en uno? ¿Hay alguna diferencia entre comer pollo y comer gato? ¿Es cruel hacer vivir a un perro grande en un departamento chico? ¿Qué es “portarse bien” cuando hablamos de perros? ¿Y cuando hablamos de niños? De estas y otras preguntas por el estilo está hecho Mundo cruel, el libro que escribió la filósofa Ellen Duthie e ilustró Daniela Martagón, publicado originalmente en España y editado ahora aquí por iamiqué. Se trata de un libro hecho exclusivamente de preguntas. Ninguna plantea una respuesta, a ninguna le cabe una respuesta única. Allí radica gran parte del encanto y valor de este libro creado para chicos, pero que deja pensando –y haciendo más preguntas– a lectores de todas las edades.

Mundo cruel es uno de los títulos de la serie de “filosofía visual para niños” bien bautizada Wonder Ponder: la traducción abarca el preguntarse y el asombrarse. Pensado para lectores a partir de unos siete u ocho años, parte de escenas un poco divertidas y un poco paradójicas, planteadas con un trazo simple, casi infantil, para luego dejar una cantidad de preguntas que, por su disposición, vuelven circular al libro, obligando a muchos puntos de vista. Un adulto que queda engrillado en un sótano, castigado por tres niños; roedores gigantes de guardapolvo blanco que experimentan con niños cautivos; adultos que se ríen de otros adultos y niños que se ríen de otros más chicos, representan escenas que tienen algo en común: ponen en cuestión la idea de crueldad, de maldad y bondad de los seres humanos, y de los animales. Algunas de estas escenas son de lo más comunes: un perro gigante en un pequeño ambiente, un nene obligado a bañarse entre gritos y pataleos. Entonces, ¿es cruel obligar a alguien a hacer algo que no quiere hacer? ¿Bañarse, por ejemplo?

Duthie es de origen español, nacionalizada británica. Vivió en Reino Unido, Edimburgo y Madrid, donde trabajó como traductora y docente, en proyectos de filosofía con niños en instituciones públicas y privadas. Aquella experiencia práctica dio lugar, con el tiempo, a este proyecto. Mundo cruel nació en España, con versiones en español e inglés, se publicó también en Corea del Sur y ahora en la Argentina por iamiqué, un sello dedicado exclusivamente a producir libros informativos para chicos. Aunque en su formato original se plantea en una caja con láminas y un poster desplegable, en la Argentina se editó como un libro tradicional. “Nos encanta el formato original, pero seguimos muy de cerca el proceso de diseño del libro con las editoras de iamiqué y estamos muy contentas con el resultado. Creemos que han conseguido mantener el aspecto juguetón del original”, advierte la autora.

–¿Hubo alguna experiencia puntual que diera origen a Mundo cruel?

–Más bien fue una observación constatada en muchos momentos durante mi trabajo con chicos. Desde que son recién nacidos, los padres y madres se refieren a sus bebés en términos de bondad: “es muy bueno”, dicen cuando no llora. Un poco más tarde, dicen “es muy bueno” cuando sigue sin llorar, comparte sus juguetes y se come todo lo que hay en el plato sin rechistar. La distinción entre acciones buenas y malas, también entre personajes buenos y malos en los cuentos, es algo a lo que se expone a los niños desde bien chicos. Es natural, por tanto, que empiecen a interesarse por aprender a juzgar los actos propios y de los demás como malos o buenos, aceptables o inaceptables, crueles o amables. Prueban las reacciones de los demás ante su propio comportamiento, para testar los límites de lo aceptable. Observan esas acciones y las condenan o las aplauden, en imitación a las condenas y aplausos de los adultos. Muy pronto empiezan a detectar algunas de las contradicciones, arbitrariedades e injusticias que cometemos los adultos en nuestras condenas y nuestros aplausos, y las intentan comprender y desentrañar.

–¿Y qué suele decir ese discurso adulto sobre la crueldad?

–La crueldad y la maldad son temas que resultan incómodos de tratar con chicos, por lo que no se les suele dar oportunidad para explorar estos conceptos. El discurso de los adultos con los niños en materia de crueldad suele reducirse a una versión de “eso no se hace”. Pero la crueldad es muy interesante. Ellos quieren desentrañarla, comprenderla, saber dónde situarse frente a ella y preguntar sobre ella. Llevaba tiempo observando que los niños con los que trabajaba con frecuencia hacían preguntas o contaban historias que tocaban la crueldad de un modo u otro y no encontraba ningún material que me convenciera para abordarlo como quería.

–¿Cómo fue eligiendo las diferentes situaciones o dilemas abordados?

–Lo primero que hice, como suelo hacer antes de abordar cualquier tema con niños, es hacerme un mapa del concepto para mí misma. Primero pensé en los elementos básicos (víctima, agresor, relación de poder, etc.) a tener en cuenta cuando se piensa en la crueldad. Para cada uno de esos elementos, pienso en una serie de preguntas básicas. Luego, poniéndome en la piel de un niño, voy apuntando posibles situaciones que puedan resultarles familiares o reconocibles. Aquí tiro de mi propia experiencia como niña, de la de mi hijo y otros niños que conozco, o los niños con los que trabajo. Algunas de las escenas en las que pienso son muy concretas y detalladas: un zoo de un planeta alienígena donde hay un tigre y varios animales más y también un niño, todos ellos enjaulados. Otras, más generales: “una niña matando un bicho”, no especifico cómo, ni dónde ni con qué arma, ni con qué expresión facial… Con Daniela, la ilustradora, hablamos de las escenas y las vamos concretando; ella aporta su experiencia propia, igual que la editora del proyecto, Raquel Martínez Uña. Luego las enseñamos a niños y a adultos y observamos su reacción.

–¿Y modifican los libros en base a esta observación?

–Algunas veces sí, las escenas cambian o se descartan y se sustituyen por otras después de mostrárselas a los niños. Si les enseñamos una imagen y el diálogo se dispara en una dirección completamente imprevista, sabemos que no hemos conseguido lo que buscábamos. Pero lo cierto es que a veces, esa dirección sorprendente que no habíamos previsto resulta tremendamente interesante, a veces incluso más que la que habíamos planteado en un inicio. Hay casos concretos dentro de las escenas que finalmente se incluyeron en el libro que surgieron de esta forma.

–¿Encuentra diferencias en la recepción de acuerdo a las diferentes culturas en que se lee el libro?

–El caso más alejado culturalmente ha sido Corea del Sur y el trabajo con ellos ha sido interesante. Pensamos, por ejemplo, que la escena de la sopa de gato tendría una recepción distinta, ya que ahí es un debate más pegado a la realidad que en España. Pero precisamente quizás por eso les interesó especialmente. Otra cuestión que sugirieron fue la necesidad de calmar a los padres y profesores coreanos frente a la ausencia total de respuestas en el libro. Pero finalmente les convencimos de que ese nerviosismo no era en absoluto cultural, sino de lo más universal, y que la decisión de no dar respuestas era una parte esencial del proyecto.

–¿Hubo alguna devolución de lectores que les haya sorprendido especialmente?

–Una muy bonita surgió con la escena en la que una familia está a punto de sentarse a compartir una deliciosa sopa de gato. Al mostrarla, todos los niños y la mayoría de los adultos presentes reaccionaron con onomatopeyas diversas de asco. Pero una abuela que acompañaba a uno de los niños confesó que ella sí había comido gato, de pequeña, en la posguerra española, cuando otras carnes escaseaban. De repente, una escena que parecía del todo remota y culturalmente reprobable se convirtió en una experiencia real relatable y susceptible de ser compartida. Aquí la sorpresa no fue tanto para nosotras, sino para los propios niños y muchos de los adultos asistentes. Que nos cambien los esquemas que creíamos sólidos nos provoca asombro. Y el asombro es el gran motor de la pregunta y de la filosofía.

“Poniéndome en la piel de un niño, apunto situaciones que puedan serle familiares”, dice Duthie.

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Según Duthie, “los chicos quieren comprender la crueldad, saber dónde situarse frente a ella”.
 
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