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Miércoles, 21 de enero de 2009

DANZA › ENTREVISTA AL BAILARIN MAXIMILIANO GUERRA

“La verdadera fraternidad se da a partir de la cultura”

Junto al Ballet del Mercosur se presentará todos los miércoles de enero y febrero en el Teatro Radio City de Mar del Plata. Apuesta a la renovación del público y reivindica en ese sentido la inclusión de música rock en sus espectáculos. “Hoy la sociedad es fusión”, dice.

 Por Facundo García

Desde Mar del Plata

Mide las palabras como los pasos de baile, y tal vez por eso no mete la pata en ninguno de los dos ámbitos. Maximiliano Guerra puede ser punzante –lo saben quienes lo vieron de jurado en Talento Argentino–, y al rato acompañar con una muestra de buen humor. Ese mecanismo se repite a la hora de charlar: si bien la entrevista es a propósito de las presentaciones que hará junto al Ballet del Mercosur todos los miércoles de enero y febrero a las 22 en el Teatro Radio City de Mar del Plata (San Luis 1752), pronto el eje varía, y él termina contando que fue baterista y hasta llegó a tocar con la banda punk Los Violadores. Sobre el final y sin contradicciones retoma el tema de la danza. Y lo hace tranquilo, naturalmente. Como si el arte fuera un terreno para recorrer sólo en libertad.

–En el 2009 el Ballet del Mercosur que usted fundó cumple diez años, ¿todavía piensa que la danza puede contribuir a la hermandad entre los pueblos?

–La verdadera fraternidad se da a partir de las culturas, más que en la política o en la economía. De hecho, en la antigüedad lo que iniciaba el contacto entre las naciones era precisamente su cultura. Aun cuando no entendieran los distintos lenguajes, las sociedades se relacionaban con señas y gestos. En ese sentido los latinoamericanos corremos con ventaja porque compartimos idioma, o por lo menos orígenes comunes. Entonces lo que a mí me hacía enojar a fines de los noventa era que se hablara del Mercosur exclusivamente desde el punto de vista de las inversiones y las industrias. Por eso imaginé que el Ballet podía sumar a la integración.

–Lo que pasa es que el tema comercial ya está enfatizado en el nombre: Mercado Común del Sur. Quizá sea hora de pensar un título más abarcador, que responda a otra etapa...

–Sí, pero mirá lo que generó el Mercado Común Europeo. Mercado también puede entenderse en el sentido antiguo, más cercano al intercambio que a la ganancia por la ganancia misma.

–De hecho, hay investigadores que creen que las viejas plazas donde se hacía el comercio en la antigua Grecia fueron el antecedente de los espacios de discusión que desembocaron en las primeras formas de democracia. No obstante, el tema económico no deja de tener su importancia. En el caso del arte, suele convertirse en una pesadilla...

–Yo hice un cálculo previo al armar mi primera compañía, que surgió en el año ‘’92 y se llamaba Joven Ballet. Averigüé cada cuántos años había audiciones para entrar a los cuerpos estables vinculados al estado argentino, como los del Colón, La Plata, Bahía Blanca, etcétera. Esto me daba un promedio de siete u ocho años, aproximadamente. Lo ridículo es que cada cinco estábamos generando más de cien bailarines. O sea que se formaban bailarines muy talentosos, aunque desocupados. Darles un espacio laboral más me pareció positivo.

–¿Vio Bailando por un sueño?

–Un poco, sí.

–¿Y?

–(Pausa.) Tengo una contradicción muy grande. A la gente evidentemente le pasa algo con eso. Hay un morbo natural, y al mismo tiempo es una pena que se difunda una imagen tan denigrante de la mujer y de los hombres que se prestan. Hay una trampa, porque lo que se muestra no son mujeres. No son formas de mujer, no sé si me explico. Son formas que te podrán calentar, jamás seducir. Asimismo, comprendo que lo masivo-burdo es fácil de armar, y debido a que hoy el paradigma pasa por la onda fast food, eso es lo que triunfa. Si vos quisieras hacer un Bailando... en serio y con ballet, tendrías que hacer una apuesta más jugada. Ya no estarías en un estudio sino en escenarios reales, con otro entrenamiento. Paralelamente, no quiero dejar de resaltar que durante 2008 Talento Argentino demostró que la TV puede ser respetuosa y humana a la hora de hacer rating.

Guerra sopesa sus respuestas con leves dosis de silencio. Si sobre las tablas vuela, la impresión que deja cuando está sentado ahí enfrente, fumando su cigarrillo y tomando café, es la de un tipo que tiene los pies en la tierra. Será su origen barrial –de mamá mendocina y papá de Mataderos–, su kilometraje por los diferentes países o el hecho de haber vuelto tras muchos años a la ciudad donde creció. Como sea, lo que destila es una firmeza envolvente. Esa base sólida le ha permitido salirse de los moldes e intentar con ritmos novedosos, sin que se atemperara su nivel de autoexigencia ni se le aflojaran los ajustados pantalones que se utilizan en su profesión.

–Ultimamente ha metido bastante rock en las presentaciones. En “Argentino”, por ejemplo, se animó con La Bersuit...

–Sí. Yo siempre digo que las danzas son como distintos idiomas que te sirven para contar. Más estilos hacés, más vocabulario tenés. Y el rock me acompaña desde pibe. Cuando no tenía plata me colaba en los recitales de Charly, y hasta llegué a tocar con Los Violadores un par de veces que Sergio (Gramatika, el baterista) no estaba en condiciones...

–Epa. Se sabía que usted fue futbolista y que había jugado en las inferiores de River. Ahora, ¿un bailarín punk? Esa no la tenía nadie.

–Pasó que una prima de Mardel estaba saliendo con Hari B (nota del R: guitarrista, reconocido por muchos como “el primer punk” del país). De rebote, me hice muy amigo de Roberto Zelazek, que tocaba en Trixy y los Maniáticos y después pasó a Los Violadores. Yo tenía quince años y él diecisiete. Dado que a mí me gustaba la batería, zapaba cada tanto, y me prendí una vuelta que tocaban en un sucucho de Caballito. Sergio no llegaba, así que me acerqué y les tiré: “si quieren, pruebo yo”. Tocaba como el culo pero bueno, eran días un poco alocados. Más allá de eso, me gusta todo el rock. Más en la danza: le da otro respiro y simultáneamente despierta la curiosidad de los más jóvenes. Eso es importante, porque los artistas tenemos que ir renovando el público. Y fusionar. Hoy la sociedad es fusión.

–Hay fusión, sí. Al mismo tiempo las personas están aisladas. Los que les va mal porque les va mal, y los que les va bien porque se desentienden del resto. Usted asegura que optó por el camino inverso.

–Soy una persona muy agradecida con la Argentina. No sólo porque fui a colegio público y a las clases del Colón gratuitas, sino porque conté con espectadores que me bancaron desde los primeros pasos en teatritos de mala muerte. En consecuencia, opino que si te fue más o menos bien, tenés que devolver una parte. No comprendo por qué hay tanta gente que no se da cuenta. Personalmente, esa devolución no la hago únicamente bailando, sino transmitiéndole lo que aprendí a los chicos que están iniciándose.

–Teniendo en cuenta su experiencia en el extranjero y su contacto con colegas locales, ¿qué percepción tiene de la situación gremial de los artistas?

–Es complejo, porque nuestro sindicalismo no sabe negociar. Yo viví en Londres, donde el poder gremial es fortísimo. Defienden los derechos del trabajador, e intentan conseguir acuerdos sin sacrificar el funcionamiento del teatro. En eso los argentinos somos más italianos. Tanto en Italia como aquí las cosas van directamente al choque, con el resultado de que los conflictos terminan solucionándose por decantación y no razonando. Lo que sucede es que terminan bajando temporadas enteras, como pasó el año pasado en La Plata. O en el Colón, otro lío. Ahí tenés gente que se tendría que haber jubilado hace diez años. Puestos que deberían estar ocupados por gente más joven, y no por profesionales que debido a su edad no están en condiciones de interpretar piezas exigentes.

–La visión común que se tiene del bailarín es anquilosada, como si ustedes nunca putearan ni sintieran necesidades básicas. Igual seguro que se mandan macanas cada tanto. ¿Me cuenta alguna?

–Casi todas las funciones te dejan una anécdota, porque cada una es irrepetible. En este momento me acuerdo de una coreografía de Rodolfo Olguín que estrenamos en Santa Fe. Iba bien hasta que en un instante me tildé. Se me quedó la mente en blanco, completamente. Imaginate que mis compañeros seguían moviéndose y me miraban. Yo no tenía la menor idea de qué seguía, hasta que una frase musical me guió y pude concentrarme. Ojo que esas situaciones pueden generar grandes aciertos. A veces vengo mal en una diagonal, tengo que terminar una variación y me la juego. Me ha pasado de pensar en una milésima “y bueno, es hora de tirar toda la carne al asador”, sacar cosas maravillosas de no sé dónde y que el teatro se caiga en aplausos.

–Con tantos saltos, vueltas y bailarinas sostenidas en sus brazos, ¿nunca le dieron ganas de ir al baño mientras actuaba?

–Te dan ganas de ir al baño, hambre, de todo. Pero eso dura hasta el borde del escenario. La adrenalina te hace pasar lo que sea. Es un espacio en el que no sentís necesidades fisiológicas. Antes de salir sí. No casualmente preparo todos mis trajes para que sean fáciles de abrir y cerrar, cosa de que si te dicen “faltan tres minutos” y vos te estás meando, puedas resolverlo.

–¿Le molesta que lo estén comparando permanentemente con Julio Bocca, lo nombren sucesor de fulano o lo declaren maestro de mengano?

–Que te digan cosas lindas te llena, está piola. Eso no quita que uno tenga que ser consciente de que los rótulos los ponen los demás. Yo ni los pretendo ni los quiero. Nunca los quise. Cuando a los quince venía uno y me preguntaba como quién quería bailar, yo respondía que admiraba a varios y no quería ser como ninguno. Me propuse ser, fundamentalmente, un trabajador de la comunicación. Expresar a mi modo lo que me está pasando. “A mi manera”, como dice la canción.

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“En Bailando por un sueño es una pena que se difunda una imagen tan denigrante de la mujer y de los hombres.”
 
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