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Jueves, 3 de septiembre de 2009

DANZA › ANA MARíA STEKELMAN Y TANGOKINESIS VUELVEN CON EL ESPECTáCULO HAPPY HOUR

“Hay que repensar los festivales locales”

La coreógrafa ofrece una mirada crítica sobre la situación de las compañías independientes. En ese marco celebra, sin embargo, la programación del nuevo ciclo de danza contemporánea del Cervantes, donde presentará una renovada versión de su obra.

 Por Alina Mazzaferro

La obra que Ana María Stekelman presenta desde hoy hasta el sábado a las 21 y el domingo a las 20.30 en el teatro Cervantes (Córdoba y Libertad) lleva por nombre Happy Hour. La hora feliz, la hora del dos por uno –aquí, más bien, la del dos por cuatro–, momento de festejos porque su niña bonita –su compañía, Tangokinesis– el año pasado cumplió sus quince años y los celebró bailando un combo contemporáneo bien variado, con música clásica, tango y mambo. El mismo que ahora repone, aunque con algunos nuevos tanguitos de yapa. Una fiesta arriba del escenario y, sin embargo, un trago amargo debajo de él. Porque Stekelman, tras dieciséis años de trabajo en su tarea de coreógrafa, productora y directora de esta compañía independiente, confiesa que estuvo a punto de disolver el equipo este año. Una hora poco feliz para Tangokinesis que, a pesar de la crisis que golpea también a la danza independiente local, sigue de pie y bailando.

Esta vez, la oportunidad de presentarse en Buenos Aires la ofreció el Cervantes en el marco de su nuevo Ciclo de Danza Contemporánea (del que participaron también Silvia Vladimivsky con una propuesta de danza teatro y, llamativamente, Iñaki Urlezaga con su Ballet Concierto, una compañía de estirpe clásica y no contemporánea). “La dirección nueva del Cervantes está tratando de hacer ciclos de danza y otras disciplinas que no tienen apoyo estatal”, resume la coreógrafa, agradecida con la gestión de Rubens Correa. Porque desde diciembre pasado y hasta mayo Tangokinesis estuvo sin trabajo y su directora a punto de tirar la toalla. Por eso, Stekelman está más que contenta con estas cuatro funciones en la ciudad porteña. El programa incluye cuatro obras: una versión del cuarteto de cuerdas número dos de Beethoven, Silencio –un número sin música–, cinco piezas de tango y un cierre alegre y popular con 5 mambos. Todo eso con ese lenguaje de fusión de géneros que caracteriza a esta coreógrafa, que este año recibirá el Premio Konex, al igual que su compañía.

Con motivo del galardón, del aniversario y de los vaivenes producto de la crisis, la Stekelman realiza un balance del trayecto recorrido. Y encuentra muchos cambios a lo largo del camino. En primer lugar, en términos coreográficos: “En un momento no quería utilizar la música de Piazzolla porque le tenía miedo, como a Bach. Ahora, por primera vez, me animé a un Beethoven y también a los números en silencio”, confiesa. En segundo lugar, este año encontró a Tangokinesis con un equipo casi completamente renovado, con excepción de los históricos Nora Robles y Pedro Calveyra y dos buenos bailarines de la última camada, Verónica Tandura y Alexis Ledesma. La directora esboza una explicación para semejante recambio: “Los equipos se desgastan, no tuvimos trabajo por meses y cuesta mucho mantener un grupo, cuando uno paga aunque sea los viáticos”, dice ella, y anuncia las nuevas incorporaciones: “Bailarines del taller de Danza del San Martín; Julieta Gros, que estuvo en el ballet de Julio Bocca y dos años en Estados Unidos, en la compañía de Twyla Tharp; Oscar Escudero, también del Ballet Argentino”. Ese es el nuevo equipo que se dará a conocer en estas funciones, el que “estuve a punto de disolver el año pasado y no pude”, confiesa. “Ahora estoy pensando hacer con él una película.”

–¿Puede anticipar de qué se trata?

–Estoy en un proyecto con un joven cineasta, será un film de ficción donde se tematiza la danza y aparece la compañía. No tengo ilusiones comerciales con una película así, pero sí ilusiones artísticas. Me gustan mucho el cine, el argumento, los conflictos, el movimiento y, por supuesto, la danza. Quisiera poder fusionar todo eso que me gusta en un producto.

–¿En la misma línea de lo que hizo Leonardo Favio en Aniceto?

–No. Yo hice Tango con Carlos Saura, coreografié para dos películas de Luis Puenzo, trabajé con Francis Ford Coppola en Tetro, mi deseo de hacer danza en el cine es muy anterior. Vengo rondando alrededor del cine hace mucho y ahora quiero hacer algo más contundente, donde la danza sea protagonista. Pero nada que ver con el proyecto de Favio.

–¿Por qué estuvo sin trabajo la compañía y usted a punto de disolverla a principios de este año?

–La Argentina es muy mala para la danza, no hay ningún lugar donde se puedan presentar obras independientes excepto alquilando un teatro y eso es un problema. Nosotros tuvimos la suerte de presentarnos sucesivamente en el Maipo por trabajar junto a Julio Bocca. Aun así, llega un momento en que producir, dirigir, crear, pensar en el vestuario, en los viáticos, todo eso agota. Mi cansancio no tiene que ver con la situación del ballet sino con la del país.

–Pero ustedes trabajan mucho en el exterior y allí siempre les fue bien...

–Sí. Mi compañía estuvo en todos los festivales de Europa y Estados Unidos. Estuvimos dos veces en el American Dance Festival con Tangokinesis y eso no es fácil, también en la Bienal de Lyon. Todo eso ayudó a mantener la compañía económicamente. Pero ahora tenemos muchos problemas por la crisis internacional: antes conseguíamos los pasajes desde afuera, pero ahora es más difícil porque a Europa también le cuesta. Y de acá no pudimos nunca esperar absolutamente nada, con excepción de cuando fuimos a Avignon, que el teatro San Martín dirigido por Kive Staiff nos produjo el espectáculo y la Cancillería, cuando allí estaba Sergio Renán, cedió los pasajes. Pero eso fue hace diez años. Eso demuestra que nunca tuvimos un apoyo contundente. La primera vez que recibimos el subsidio de Prodanza sólo nos dieron seis mil pesos. ¡Eso sólo sirve para comprar los zapatos! La gente no entiende lo que es producir una compañía de danza. La segunda vez, cuando el jurado estaba compuesto por gente más vinculada con la danza independiente, obtuve un subsidio más importante. Eso me ayudó para cubrir sólo la mitad de los gastos.

–¿Sigue habiendo una concepción de la compañía autogestiva vinculada con la reunión de esfuerzos personales, un conjunto de personas que se juntan y cada uno trae su vestuario o aporta con lo que puede?

–Para mí no puede ser así. Es mucho más difícil ser independiente a mi edad. Yo fui bailarina y me cuesta mucho no darles un viático a los bailarines cuando vienen a los ensayos. Me gusta el vestuario lindo y es caro. Acá ningún bailarín de una compañía independiente puede vivir de la danza, todos deben tener un segundo trabajo.

–En este contexto de incertidumbre económica, ¿hay proyectos a futuro o se vive el día a día?

–De ahora en más vivimos el día a día pero con muchos proyectos. Estoy preparando un programa nuevo con música de Beethoven. No sabemos para cuándo será, porque eso es parte de las incógnitas de esta república. Dependerá de que consiga una sala, producción. Al revés de lo que se hace en el teatro comercial, nosotros primero preparamos la obra y luego buscamos el financiamiento para presentarla.

–¿Este es el mismo panorama para toda la danza independiente local?

–Sí. Hay una degradación de la cultura; el año pasado toda la calle Corrientes era para el teatro de revista. No tengo nada contra la revista, pero veo que hay un género que copa las principales salas y muchos pequeños teatros con otras cosas, pero no hay un plan, una política, un pensamiento sobre la cultura. Hoy se inaugura la estatua de Mafalda en homenaje a Quino, mañana cierran el Tangódromo, son todos hechos aislados y contradictorios. No hay planificación. Si acá no hay nadie que piense el tránsito, ¿cómo va a haber alguien que piense la cultura?

–¿Una gran diferencia con lo que vio en las principales capitales europeas?

–No hablemos ni siquiera de Europa. Colombia tiene mejores festivales de danza, Brasil tiene muchas compañías y mucho capital privado puesto en la danza, promovido por el Estado. Porque el capital privado no va a apoyar al arte porque sí, lo hace cuando hay una legislación que lo obliga. Acá hace muchísimo que están dando vueltas con la ley de mecenazgo pero no se concreta. Hay una política cultural inexistente, los gestos que hay son erráticos.

–¿Y los festivales locales?

–Participar en ellos cuesta mucho dinero, porque gastás más de lo que ganás. No estoy en contra de los festivales pero hay que repensarlos. Armar un ballet con doce personas, más los técnicos y la ropa sale una cantidad de dinero; si cobrás mil pesos por dos funciones no sólo actuamos gratis sino que perdemos plata. Eso no está contemplado.

–¿Y cómo ve a las nuevas generaciones de la danza en este contexto tan adverso?

–La gente hace lo que puede, se organiza, está en pequeños teatros, estudia, prepara funciones para audiencias reducidas. Mucha gente se va afuera. Cuando digo que Brasil y Colombia tienen más danza que nosotros no significa más talento sino más planificación. ¿De qué sirve tener dos escuelas si los bailarines salen de allí y no tienen adónde bailar? Parece que acá nadie pensó en eso.

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“De ahora en más vivimos el día a día, pero con muchos proyectos”, sostiene Stekelman.
Imagen: Gustavo Mujica
 
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