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Sábado, 19 de septiembre de 2009

DANZA › EL SALTO DE NIJINSKY ABORDA COREOGRáFICAMENTE LAS FACETAS DE SU PERSONALIDAD

Por amor al gran bailarín

La coreógrafa catalana María Rovira se inspiró en una foto que Serge Lifar le tomó a su célebre colega cuando éste tenía 65 años y estaba bajo tratamiento psiquiátrico. La obra se verá hoy, gratis, en el anfiteatro de Parque Centenario.

 Por Alina Mazzaferro

“En junio de 1939, Serge Lifar, uno de los últimos grandes bailarines de los Ballets Rusos, estrella y maestro de ballet en la Opera de París, organizó una exposición en homenaje a Diaghilev y una gala en beneficio de Nijinsky, que estaba en esos momentos bajo tratamiento psiquiátrico. Lifar visitó a este último y, con la intención de reavivar su memoria, ejecutó ejercicios en la barra y le mostró algunos pasos de sus coreografías. Animándose de repente y sin preparación alguna, de espaldas a la barra, Nijinsky saltó y fue cazado en el vuelo por el objetivo del fotógrafo. Es la última de una serie de nueve fotografías de Jean Manzon. Un salto magnífico, con su traje gris –bueno, esto nos lo imaginamos, ya que la fotografía es en blanco y negro– y la cara con expresión ausente, nos llevó directamente a preguntarnos qué espacio, qué lugar en su memoria se despertó e hizo que saltara así en ese momento.” La que habla es María Rovira, la coreógrafa catalana que dirige la compañía Transit desde 1986, y así describe el peculiar punto de partida de El salto de Nijinsky, la obra que hoy se presentará en el Anfiteatro Eva Perón de Parque Centenario, a las 20.30, con entrada libre y gratuita (en caso de lluvia se realizará el domingo).

Rovira es una prolífica y celebrada coreógrafa, de una amplia formación que incluye un diploma de honor en danza clásica en el Conservatorio Superior de Madrid y estudios en la Escuela de Merce Cunningham de Nueva York y la Maison de la Danse en Lyon. Desde hace años participa del American Dance Festival, ha trabajado con importantes compañías –el Ballet Nacional de Cuba, el Ballet Nuevo Mundo de Caracas o el Ballet del Mercosur que dirige Maximiliano Guerra, entre otras–, y sólo el año pasado estrenó ocho obras. Sin embargo, para su gira por la Argentina (que incluyó presentaciones en Rosario, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Jujuy y ahora culminará en Buenos Aires), ella ha elegido traer El salto..., una obra de 2007, concebida para el Festival Grec de Barcelona, con la que ya había salido en tour por España, Croacia, Africa y Uruguay.

Claro que en mayo pasado se cumplieron cien años de la fundación de los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev y la fecha redonda era un motivo para volver a homenajear a la máxima estrella de aquella mítica compañía: Vaslav Nijinsky. Es por eso que Rovira vuelve a la carga con El salto..., pero también porque hay algo de esa obra que la hace especial entre tantas otras. Aquella vieja fotografía que inspiró a Rovira mostraba a un Nijinsky rendido por la esquizofrenia, encerrado en un asilo y alejado de la danza durante más de veinte años. Sin embargo, la foto lo muestra elevándose en el aire, con los pies en primera posición y sus brazos extendidos a los costados, quizá recordando vagamente que era él la gran leyenda de la danza, el que había desafiado la gravedad, el de los perfectos battus en el aire. Rovira revela que ha estado obsesionada con Nijinsky desde los doce años y que para este trabajo debió zambullirse no sólo en su mundo coreográfico, sino también en su locura.

–Entonces, ¿lo que van a presentar retoma elementos propios de Nijinsky y los Ballets Rusos? ¿Qué tipo de investigación hicieron al respecto?

–Trabajamos con fotografías de aquella época, porque no existe otro tipo de registro. Me fascina el trabajo de manos y brazos de Nijinsky, y eso podrá verse en la coreografía. También leí la biografía de Romula Nijinsky, su mujer, donde está toda su vida romántica, y el diario personal del bailarín que se publicó hace tres años. Al leerlo quedé horrorizada: el Nijinsky que uno imagina, el gran bailarín, se cae por los suelos; allí revela toda su miseria humana, sus obsesiones por el sexo, la religión, las mujeres. ¡Hasta estaba obsesionado con el ojo humano! Pero esa foto, en la que él tenía 65 años y pegó un salto, fue lo que más me conmovió. Fue el único movimiento que hizo durante toda la sesión con Lifar, porque en el resto de las fotos aparece sentado, con cara de loco. Esa foto me quedó grabada, me preguntaba qué había pasado en su cerebro, qué se había activado en su memoria, para que una persona que hacía más de veinte años que no bailaba pegara ese salto tan bien colocado. Así fue como se me ocurrió hacer este espectáculo en homenaje a Nijinsky, el cual abordé con mucho respeto.

–¿Cuál es el resultado que obtuvo tras trabajar con esa imagen como punto de partida?

–Es un espectáculo que presenté en muchas ocasiones a lo largo de dos años y en el que la gente aplaude a mitad de la función, lo que no es común en la danza contemporánea. En la coreografía todos los bailarines son Nijinsky. Tuvimos suerte de que un catedrático de la Universidad de Barcelona que hizo su tesis sobre esquizofrenia y genio, trabajando sobre la figura de Nijinsky, viniera a hablar con nosotros. Nos contó muchas cosas y yo le pedí a cada bailarín que eligiera un aspecto de Nijinsky para enfrentarse a la tarea desde ese punto de vista. Así, uno trabajó con el fanático religioso, otro con el loco que ve cosas. Eso no tiene por qué reconocerlo el público, pero fue la pauta que me permitió desarrollar el trabajo. Además estudié minuciosamente la posición de manos y brazos de Nijinsky en fotos de Scheherazade, La siesta de un fauno, La consagración de la primavera y El espectro de la rosa. A partir de eso, les dimos vida a las fotografías: del torso para arriba encontrarán las posiciones típicas de Nijinsky y del torso para abajo los movimientos son propios de mi lenguaje coreográfico. Mis espectáculos tienen fama de ser como un maratón para los bailarines, y esa exigencia puede verse en esta obra. Hay una combinación de posiciones clásicas, trabajo de piso contemporáneo y acrobacia. Es para bailarines muy entrenados, con mucha técnica.

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Para hacer la obra, Rovira no sólo investigó el mundo coreográfico de Nijinsky, sino también su locura.
 
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