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Jueves, 4 de marzo de 2010

DANZA › LUIS GARAY ESTRENA SU OBRA OUROBORO, EN EL CC DE LA COOPERACION

Permanente juego de opuestos

El coreógrafo se plantea espectáculos en los que las materias significantes son el objeto de reflexión. El que presentará a partir de hoy se mete con la dualidad humana a través de un “elige tu propia aventura” de la danza.

 Por Alina Mazzaferro

A Luis Garay lo obsesiona el signo desde hace rato. Dice no haber estudiado nunca semiología, pero en sus obras más importantes insistió en reflexionar acerca de distintas materias significantes, desde el cuerpo hasta el lenguaje. En Parto (2007) se zambulló en un juego semiótico en el que la palabra escrita perdía su sentido cotidiano; en Maneries (2009) recopiló un amplio repertorio de símbolos corporales, poniendo en evidencia los modos en que el cuerpo humano está investido socialmente de sentido. A partir de hoy y hasta el 1º de abril, todos los jueves (a las 21, en el Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543) presentará Ouroboro, una pieza pensada como la continuación de Maneries, en la que este coreógrafo se propone continuar explorando las formas corporales y sus posibles contenidos simbólicos, pero de forma más compleja y arriesgada.

Más compleja, porque si Maneries ponía en escena a la excelente Florencia Vecino –que se convirtió en la revelación de 2009 en el mundo de la danza–, esta vez la acompañarán otros cuatro bailarines: Leticia Mazur, Ivan Haidar, Juan González y Nicolás Poggi. Garay ensayó de forma individual con cada uno de ellos, diseñando formas y trayectos, para luego juntar todos los trabajos en una sola gran escena. Por otra parte, Ouroboro se presenta como más arriesgada que su antecesora porque cada función se desarrollará de modo no previsto: “Todos tienen un recorrido, un mapa preestablecido, pero pueden decidir en cualquier momento abandonarlo y luego, también por decisión propia, volver a retomarlo en el momento que quieran”, anticipa el director. Una suerte de “elige tu propia aventura” de la danza, que supone que cada intérprete deba estar muy atento no sólo a sus propias decisiones, sino también a las de sus compañeros.

“Entre todos forman una máquina, una célula viva con sus moléculas. A la hora de ensayar, no imaginé una obra, sino que me propuse armar un sistema, un mecanismo, un engranaje”, detalla el coreógrafo. En la libreta de anotaciones de Garay, un ejército de formas geométricas se despliega prolijamente sobre las hojas cuadriculadas. “Son patrones de movimiento, es decir, ciclos, repeticiones”, explica el director. Esos recorridos formales diseñados con lápiz y regla, rígidos, sumamente estructurados y plausibles de ser repetidos con exactitud, serán los que deberán seguir los intérpretes hasta que decidan violar las reglas del juego. Sin embargo, para Garay nunca es posible dentro del sistema reemplazar el patrón preestablecido por un movimiento absolutamente libre: “Nos dimos cuenta de que cuando ellos salen de un patrón entran enseguida en otro, entonces liberarse de algo es exactamente igual a entrar en otra opresión”.

Por supuesto que todo esto tiene fuertes implicaciones filosóficas y Garay no es ingenuo respecto de ello. Si en Maneries se había interesado por los modos en que las reglas y las convenciones sociales atravesaban el cuerpo, en Ouroboro se propone reencontrarse con un cuerpo más natural, “animaloide”. Es aquel que resultaría –si esto fuera posible– de extrapolar la corporalidad de su universo sociocultural, obteniendo así una esencia humana, que compartiría tanto el individuo de hoy como el primer hombre. Es que Garay está siguiendo los lineamientos propuestos por Carl Jung, una figura clave en los inicios del psicoanálisis. Por eso ahora le interesa indagar la naturaleza del hombre, sus aspectos transhistóricos y uno de ellos en particular: el inconsciente. “Estábamos trabajando con símbolos y leyendo a Jung me di cuenta de que la acción simbólica remite siempre a algo desconocido, a algo que no es claro, no del todo reconocible, que tiene que ver con todo aquello que está en el inconsciente. Pensé que estaba tratando de poner en escena la forma de operar de la mente, pero luego de leer a Jung me di cuenta de que lo que quería mostrar era esa forma no lógica en que opera el inconsciente”, apunta el director.

Para entender la forma de proceder de Garay en el montaje de su obra hay que repasar un poco la teoría jungiana: en primer lugar, el inconsciente se manifiesta a través de ciertos patrones de comportamiento, arquetipos, que no sólo son individuales, sino también colectivos (de aquí viene el famoso inconsciente colectivo). Es decir, habría una matriz de respuestas observables, un repertorio de conductas humanas posibles. Por otra parte, esta dinámica del inconsciente se revelaría a través de ciertos símbolos: el arte, los sueños, la religión o la mitología serían los modos en los que el hombre intentaría explicar, a través de la conciencia, la potencia del inconsciente, de lo desconocido. Con este trasfondo teórico, Garay se propuso recrear no sólo patrones de movimiento, sino también una simbología que diera cuenta de “todos los miedos, los sueños, las ilusiones, la sorpresa ante la naturaleza, todo lo que te invade dentro de la sociedad actual pero que es primitivo, pues lo compartimos con el primer hombre”.

Así, la nueva obra de Garay es un permanente juego de opuestos que revela la dualidad humana: el hombre máquina y el natural, la conciencia y el inconsciente, la norma y la excepción. Por eso el título, Ouroboro, elegido una vez que el trabajo había concluido: “Ouroboro es también un símbolo, ancestral, que muestra a una serpiente o a un dragón comiéndose su propia cola. Representa los ciclos de la vida, el mito del eterno retorno y la unión de los opuestos. Tiene alguna relación con el yin y el yang”. Un nombre simbólico para una obra plagada de símbolos, que intenta reflexionar no sólo sobre la condición humana, sino también sobre esa gran maquinaria social en la que se insertan, cual piezas de relojería, los seres humanos. Cuando se le pregunta por qué la danza de hoy se ocupa de temas de tanta densidad teórica, el coreógrafo responde: “Es que soy un artista responsable, no puedo operar sin conceptos, y esto no es una pose. Hoy en día, arte, filosofía y ciencia no pueden ir separados”.

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“A la hora de ensayar, no imaginé una obra, sino que me propuse armar un sistema, un mecanismo, un engranaje.”
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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