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Martes, 7 de septiembre de 2010

DANZA › EL SEGUNDO PROGRAMA DEL BALLET ESTABLE

Volver a las tablas del Colón

Tras el período de restauración y algunos contratiempos en la reinauguración, el Ballet que dirige Lidia Segni pudo darse el gusto de seducir al público porteño, junto a la Filarmónica y con coreografías de George Balanchine y Vittorio Biagi.

 Por Alina Mazzaferro

Finalmente, el Ballet Estable del Teatro Colón volvió a las tablas del recinto de Libertad y Viamonte sin contratiempos. Su primer acercamiento al mismo, luego de los trabajos de restauración que lo alejaron por un largo tiempo, había sido el esperado estreno de la apertura del teatro. Desafortunadamente, en esa oportunidad el ballet lució descolorido al lado de la brillante puesta operística del segundo acto de La Bohème. Frente a un público más que heterogéneo y, en general, no especializado, resultó un error haber elegido ese tercer acto de El lago de los cisnes en lugar del mágico segundo acto, en donde las bailarinas aladas parecen volar en puntas de pie en un cuadro impresionista en movimiento, de esos que erizan la piel a quienes lo ven por primera o por enésima vez. En cambio, la decisión de la directora Lidia Segni fue que la compañía presentara simpáticos números de carácter y una sucesión de variaciones –un desafío técnico que sólo interesa a los más entendidos– con solistas que no le sacaron chispas al escenario ni grandes aplausos a la audiencia.

La segunda oportunidad que tuvo el ballet fue el esperado estreno de Manon. Los conflictos gremiales del teatro hicieron que de las seis funciones programadas, sólo dos se llevaran adelante, suspendiéndose las extraordinarias con bailarines invitados. Un bochorno internacional, teniendo en cuenta que los representantes de la famosa pieza de Kenneth Macmillan, luego de rechazar dos veces a esta compañía, finalmente habían encontrado al ballet en condiciones de interpretar la obra tras las intensas gestiones de Segni.

Por suerte, el estreno del segundo programa, que incluyó famosas coreografías de George Balanchine y la Séptima Sinfonía de Vittorio Biagi, se llevó adelante sin infortunios. “Toda gran compañía del mundo tiene a Balanchine; el Colón no había cumplido en muchas cosas con ese coreógrafo y tuve que convencer a la gente que maneja su obra de que ahora estábamos trabajando diferente”, había confesado Segni a Página/12 a principios de año, cuando presentó la temporada. El domingo pasado, en una función extraordinaria, pudo verse a dos figuras del New York City Ballet, el madrileño Joaquín De Luz y la californiana Tiler Peck, encabezando al cuerpo de baile en las balanchineanas Variaciones Donizetti y Tema y Variaciones. Habrá otra función con estos protagonistas hoy a las 20.30 y más funciones desde mañana hasta el sábado a las 20.30 y el domingo a las 17, con las figuras del cuerpo estable.

La poética coreográfica de Balanchine es fácilmente reconocible: de perfil modernista, este pionero del neoclásico de principios de siglo XX se caracterizó por montar obras de danza que no ilustraran ninguna historia. En sus variaciones como en sus números grupales, la danza es la única protagonista: excelencia técnica, perfecta geometría, líneas largas y suaves, mucho lirismo y armonía. Un universo lúdico en el que hileras de bailarines se cruzan, se enredan y desenredan tomados de las manos en inocentes juegos juveniles. Un despliegue técnico en el que predominan los perfectos piqués arabesques, los temps levés, algunos entrechats, muchos desplazamientos en pas de bourrée couru y un cuerpo de bailarinas que prácticamente no se baja de sus puntas. El Colón supo reproducir esos cuadros color pastel tan propiamente balanchineanos, aunque con algunos momentos de incertidumbre que atentaron contra la perfecta simetría. Los protagonistas, De Luz y Peck, salieron airosos de las difíciles pruebas coreográficas, aunque sin dejar perpleja a una platea que estuvo siempre esperando un poco más, tanto de los locales como de los invitados.

Finalmente, la velada cerró con otra pieza del italiano Vittorio Biagi (el año pasado había venido al Colón a montar su famosa Pulsaciones). Séptima sinfonía es otro ejemplar con todos los elementos de su poética: la geometría y las líneas rectas de Pulsaciones, una estética modernista muy siglo XX con aires béjartianos (de hecho, Biagi es uno de los discípulos de Maurice Béjart); un regimiento de bailarines que se dispone a marcar estrictas figuras al ritmo de una de las sinfonías más conocidas e intensas de Beethoven. La técnica es estricta; el resultado, poético como el atardecer. Debajo de un sol rojo, se lucen los solos ardientes de Nadia Muzyca, Federico Fernández, Juan Pablo Ledo y Carla Vincelli. Cuando se cierra el telón, el público finalmente tiene el placer de estallar en aplausos. El sol también ha caído fuera del Teatro Colón y los seguidores del Ballet Estable, tras la grandilocuente puesta de Biagi, parecen irse a casa (¡por fin!) muy conformes.

8-SEGUNDO PROGRAMA DEL BALLET ESTABLE DEL TEATRO COLON

Dirección: Lidia Segni.

Coreografías: George Balanchine y Vittorio Biagi.

Reposición coreográfica de las obras de Balanchine: Victoria Simon.

Dirección de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires: Francisco Rettig.

Teatro Colón, desde hoy hasta el sábado a las 20.30; el domingo a las 17.

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La poética de Balanchine, presentada con invitados extranjeros, fue fácilmente reconocible.
 
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