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Viernes, 26 de junio de 2009

CULTURA › OPINION

El Tano

 Por Juan Sasturain

Si en el campo de la literatura, para los de nuestra generación al menos, El Tano es Dal Masetto, en el del humor gráfico, El (único) Tano es Andrés Cascioli. Así se le dijo, se le dice y se le dirá por siempre: El Tano Cascioli. Un verdadero personaje. Y estoy seguro de que no le desagradaría esta calificación definitoria: personaje. Tenía rasgos físicos, psicológicos y de conducta muy acentuados, excesivos, propios de protagonista de una tira con su nombre. No de Ferro ni de Lino Palacio, seguramente. Más salvaje: para no salir de ese universo gráfico con el que se crió y creció, el Tano podría haber sido un personaje de Divito o –mejor aún– de Ba-ttaglia, por lo extremo, por lo desaforado; por lo sacado, sacable y sacador.

Eso en el espíritu, en el carácter, si cabe. Pero el dibujo –puntualmente, su cara– era obra innegable de otro de los grandes de aquella época: Ianiro. Porque el Tano, como suele suceder, se parecía a sus dibujos, era una caricatura de (hecha por) Ianiro, su innegable modelo a la hora de plantar caras. Cuando reía, cuando se calentaba, cuando gesticulaba, cuando armaba esa sonrisa luminosa e instantánea (muy “dibujada”) era Ianiro el que trazaba los rasgos.

El Tano era muy bueno en lo suyo, como caricaturista: impresionante. Desde principios de los setenta con las tapas de Satiricón y sus secuelas, y largamente durante la década siguiente con Humor sigue y desarrolla –junto a Izquierdo Brown y otros– una escuela más “popular” y menos “intelectual” que la que encarna –vía Levine y otros– el coetáneo y sutilísimo Menchi Sábat. Son las dos líneas madres que marcan el espectro de posibilidades expresivas de la caricatura en nuestro país hasta la irrupción –apadrinada por el Tano– de Carlos Nine, síntesis y nueva fórmula en el género. Como siempre, daba lo mejor de sí cuando –artísticamente– se enojaba. La dictadura y el menemismo recogen lo mejor de su trabaja satírico, los puntos más altos de su dibujo.

Pero el Tano fue, además o sobre todo, un notable editor. Es increíble la lista de los medios que solo o bien y/o mal acompañado generó y condujo durante los veinte años largos que duró su “período de influencia” en la prensa gráfica, el humor escrito y dibujado y la historieta en la Argentina, desde principios de los setenta a mediados de los noventa: Satiricón, Chaupinela, Humor; SúperHumor, Hurra, Sex Humor, Fierro, Humi, El Péndulo, El Periodista de Buenos Aires, Raff, Cazador, etc. Y en cada uno de los rubros en que se involucró dejó marca, cambió la cara de lo que había hasta entonces, modificó la manera de hacer humor, de hacer revistas para pibes, de publicar historietas, de hacer periodismo político y cultural. Y eso no es poco. Casi es demasiado. Sobre todo teniendo en cuenta las circunstancias en que le tocó actuar.

Claro que no lo hizo solo. Supo juntar, convocar, asociar gente a los proyectos, darles alas: la lista de compañeros-creadores-colaboradores que pasaron y participaron en los medios en que tuvo mucha o alguna responsabilidad editorial durante esas dos décadas largas es infinita y reveladora. Los distintos staff de cada uno de esos medios son un muestrario exhaustivo –sobre todo en su diversidad– de lo mejor de la inteligencia y la creatividad argentinas, trabajando, en general, a favor de la gente y de la inteligencia, en contra de la opresión, la estrechez, la corrupción y la tontería. Y no fue, de ninguna manera, el camino más fácil de recorrer.

No voy a hacer la lista infinita de todos los que (escritores, dibujantes, guionistas, periodistas) pasamos por ahí y tuvimos oportunidad de expresarnos, de aprender y colaborar, pelear y disentir, de acercarnos y alejarnos, en diversos momentos; pero hay quienes trabajaron mucho durante años cerca de él; pienso en Tomás Sanz, en Aquiles Fabregat, en Ceo, en Grondona White, en Fortín, en Sanzol, en Tabaré o el Negro Ibáñez, para nombrar a algunos que están y otros que ya no, y sin salir del campo del humor y su revista emblemática. Su obra y su trayectoria pueden testimoniar mejor que nadie lo que significaron el Tano y sus medios.

Por otra parte –o por la misma, pero desde diferente perspectiva–, el Tano Cascioli dibujante y editor fue también, simultáneamente, un empresario argentino. Un empresario argentino chico que se pensó y se soñó (económicamente) independiente, al margen de los grandes editores tradicionales y de los monopolios crecientes que se perfilaron y consolidaron durante estas últimas décadas. Y “como a todos los hombres –diría Borges–, le tocó vivir tiempos difíciles”. Así, la historia y los avatares –apogeo, crisis y decadencia– de sus medios, de sus revistas, son parte inseparable de la historia política y económica de nuestro tiempo. Y el barro de la historia, los vaivenes de la política y la miseria de los conflictos lo salpicaron como a cualquiera.

El Tano era un tipo obviamente difícil, apasionado, arbitrario, paranoico y alevosamente mafioso –en el sentido de obrar en función de odios y afectos irreductibles–, que fue osado cuando otros callaban, pero que también cometió graves errores, cosechó rencores justos y padeció ingratitudes en igual medida; pero al que impulsaba por sobre todas las cosas –estoy convencido de esto– un amor y una pasión inquebrantable por el oficio y por los creadores del mundo al que entregó todo su tiempo y su energía.

Por eso, no debe ser casual que todos sus notables emprendimientos editoriales en estos últimos años hayan estado dedicados a recoger y rescatar –en libros ejemplares– la obra de los grandes autores del humor gráfico nacional. Es decir: una vez más, y más allá de cualquier otra consideración, el Tano siempre hizo las revistas y publicó las cosas que quería ver, lo que le gustaba, lo que amaba, en suma. Nunca subestimó al lector y al eventual destinatario de sus medios porque el primer lector era él. Y en eso, iba bastante más allá de lo habitual en el vapuleado ramo.

El Tano Cascioli deja el humor gráfico y el periodismo argentinos diferentes de lo que eran cuando empezó a participar en ellos. Trabajó largamente en esa zona fluctuante, conflictiva, en que se insinúa la irrupción de lo nuevo, lo hasta el momento inaceptable. Pero sobre todo, caliente, apasionado, lleno de dientes para morder y mostrar, se rió mucho e hizo que otros (nos) hicieran reír. Gracias por eso.

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