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Viernes, 26 de junio de 2009

CULTURA › OPINION

Cuánto duele decirte adiós

 Por José Pablo Feinmann

Era un tipo cabeza dura, tano a más no poder, corajudo y genial. Pocos dibujantes como él. Sus tapas –cada una de ellas– eran obras de arte, obras maestras. Sólo las de Nine lo igualaban. Exquisitos los dos, detallistas, indagadores de la belleza sin límites. Lo comparaban con Ianiro. Era una buena comparación, pero Andrés iba más lejos que el de Rico Tipo. Andrés tenía un trazo veloz y elegante. Encontraba de una cara exactamente eso en que su esencia residía. Por eso si el Tano dibujaba a alguien nadie se equivocaba: era el tipo que el Tano había querido dibujar, embellecido (a veces inmerecidamente) por la genialidad de su caricaturista. En sus manos, la acuarela llegaba a niveles raramente vistos. Pero él era más que eso. Era un hombre de empresa. Un creador de grandes revistas. Sobre todo –se sabe– de una que hizo historia: Humor. Salió en plena dictadura. Salió para la pelea, para el riesgo, para reírse de un poder macabro, que carecía por completo del sentido del humor, que es lo más bello de la vida y lo único que –al final de todas las cosas–- nos salvará del ridículo, y tal vez del ridículo final: el de morirnos.

¿Estás loco, Andrés? ¿Qué es esto? ¿Una joda? ¿Cómo se te ocurre algo así, morirte? ¿Qué se te dio? Ya sabemos que vos no te morís nunca, que hiciste historia, que estuviste y solo en una coyuntura horrible y no arrugaste nunca, fuiste al frente, vos y un puñado más de locos. De locos sinceros, de locos que buscan colgarse de la gloria y de pronto encuentran la muerte. De locos lindos. Estaba llena de locos lindos Humor. Además, éramos muy jóvenes. Yo no te conocí de entrada. Entré a Humor desde SuperHumor, por ahí empecé. Un día, Carlos Trillo encuentra en un cajón un cuento mío y yo acababa de recibirme de famoso porque Adolfo Aristarain ahí nomás había filmado Ultimos días de la víctima. Trillo me llamó y me dijo: “Aquí hay un cuento con tu firma. ¿Es tuyo?”. Le dije que sí. Lo publicó y lo anticipó con una gran caricatura mía que hizo Izquierdo Brown. La caricatura la puse en un cuadro y la colgué en mi escritorio. Mirá vos, era famoso. Trillo empezó a pedirme notas para SuperHumor. Le hice una que –en 1982– era dura: “La nieve de la muerte cae sobre todos”. Sobre El Eternauta, sí. Ahí me llamó Cascioli. Ahí lo conocí. Todavía estaba en la calle Venezuela. “Che, Mona Moncalvillo te va a hacer un reportaje.” El reportaje de Mona era un símbolo de la época. Humor fue la única revista que le hizo un reportaje a Pérez Esquivel cuando ganó el Nobel. No eran fáciles esas decisiones. Irritaban a un poder al que matar le gustaba, le hacía bien. La orden era tácita: “Nada de reportajes a ese subversivo a quien el marxismo internacional le dio un Nobel de la Paz para que nos enfrente con más poder y no podamos matarlo”. Cascioli le habrá dicho a Mona: “Hacele el reportaje. Después vemos”. Y el reportaje salió, salió el Humor porque todos los demás se callaban. ¿Qué? ¿Nos dieron un Premio Nobel? ¿A quién? ¿A Borges? ¿No? Qué macana, che. A callarse entonces. Que se ocupen los de Humor. En esos años, cuando la gente se indignaba por algo. Digamos: porque desde los palcos le sacaban fotos al desnudo de Camila Perissé en La señorita de Tacna, empezaba a gritar: “Hay que avisarles a los de la revista Humor. Era como si Humor pudiera hacer justicia a los reclamos de los ciudadanos desprotegidos. “¡Que vengan los Humor! ¡Que vean esto!”

Mona me hizo el reportaje y Andrés se enteró de algo que no le gustó para nada: “¿Sos peronista?” “En tránsito”, le contesté apelando a una fórmula que usaba durante esos años. “¿Qué mierda es ‘en tránsito’?”. “Que no sé si soy peronista porque estoy averiguando qué es el peronismo.” El Tano era muy gorila. No era antiperonista. Era gorila. Pero era sobre todo un artista y si a un tipo le descubría el talento todo lo demás pasaba a segundo plano. Y después estaba el tema de la risa. Andrés se reía todo el tiempo. Qué sé yo qué sería eso. Una defensa, un ataque, un bloqueo, un tic, una mofa ante la vida, ante los otros. A mí no me molestaba. Era Julia Roberts con pantalones. Por lo de la risa solamente. No era lindo. Pero abría la boca y (como Julia) le aparecían un montón de dientes. Como al gato de Alicia en el país de las maravillas también. Era un gran jefe. “No pongas mi nota al lado de la de Enrique Vázquez. Aquél es tan alfonsinista que yo quedo condenado a verme como un peronista fanático.” Me decía: “Sí, pero yo a Vázquez le cambio los títulos. Le rediseño las notas. Le pongo otros copetes. A vos, ¡si te toco una coma me armás un despelote!”. “Hacé como quieras, Andrés. Yo estoy contento de estar aquí. Cuando no estaba me moría por estar. Mirá si ahora te voy a joder porque estoy.” Era muy gorila, lo dije. Una vez estábamos almorzando todos: Abrevaya, Dolina, Trillo, Fabregat, Tomás Sanz, Moncalvillo, y Andrés, de una punta a otra de la mesa, me tira un misil devastador: “¿Sabés quién te va a matar a vos, José?”. Sería abril del ’83. Todavía se mataba, pero menos. Además, él ya hablaba de la nueva etapa que se venía, la de la democracia. “¿Quién, Tano? ¿Quién me va a matar?”. “Camps.” Silencio sepulcral en todo el ámbito de la siempre jodona mesa de Humor. Andrés añade: “Pero desde el peronismo”. Era su teoría. Que del peronismo se iba a adueñar Camps. Y que iba a liquidar a todos los peronistas zurdos. A mí, entre ellos. Se venía la campaña y Humor se ponía imbancable. El tano atendía el teléfono y uno escuchaba: “¿Qué hacés, Raúl? Sí, claro. Contá con eso. Te lo hago. Mirá, así: ‘Pacto militar-sindical’. Y lo dibujo a Lorenzo Miguel debajo de un paraguas y le llueven encima cascotes, mierda. ¿Te gusta?”. Me fui a Feriado Nacional. La pasamos muy bien. Estaba Sasturain. (¿Eh, Juancito? Estabas ahí, ¿te acordás? Hasta ahí estuvimos juntos.) Fontanarrosa. Martín García, hombre de idas y vueltas. Y latía un culto a Oesterheld que culminó en una tapa o contratapa o desplegable central para la eternidad. Todos los personajes de Oesterheld (dibujados por un dibujante capaz de recrear el estilo de cualquier otro, Saborido) y llevaban una pancarta que decía: ¿Dónde está Oesterheld? Memorable, valiente, hay muchos que la tienen y la tendrán colgada en sus habitaciones hasta el fin de los tiempos. Gana –tal como previsible–- Alfonsín. El lunes (porque yo estaba contento, porque había ganado el retorno de la democracia y eso era lo esencial) lo llamo a Andrés. “Te felicito, Andrés. En serio. Les deseo mucha suerte.” “Decime, boludo –me dice–, ¿por qué no te dejás de joder y te volvés para aquí?” Me dejé de joder y volví a Humor. Estuve hasta fines de 1989. Fueron –desde el ’82, en que entré en SuperHumor– años hermosos. Casi todas las notas que escribí están en un libro que se llama La creación de lo posible. Esas notas son documentos de época. De una época en que la democracia nos ilusionaba, en que el futuro se abría, en que la tristeza había quedado atrás. En que Alfonsín juzgó a las Juntas. Aunque después la embarró con ganas. En que el Tano Cascioli dibujaba las tapas. Leía las notas. Se metía, opinaba. Una vez, le declara a una revista: “Yo soy muy democrático. Por ejemplo, Feinmann me dio una nota que no me gustaba pero igual la publiqué”. “Pero... ¡no seas boludo, Andrés! ¿Cómo no me vas a publicar una nota porque no estás de acuerdo? ¿No sos un hombre de la democracia? ¡Y encima lo declarás en una revista!”. Era un cabeza dura, lo dije. Tenía defectos. Un humor que a veces te hería el alma. Esa sonrisa que a veces se congelaba y anticipaba algo jodido. Todos somos así, contradictorios, difíciles. Pero Andrés Cascioli –con todos sus humanos defectos a cuestas– era un gran tipo. Un gran artista. Pero en serio, eh: Un grande. Podría llenar páginas hablando de él. Hoy me llegó una sola línea de Rep (que hacía Los Alfonsín, ¿se acuerdan?). Esa línea de Miguel decía: “Murió Cascioli”. Uno sabía que estaba mal. Pero uno no quiere creer que los amigos se le mueren. Que se están muriendo muchos. Para colmo, humoristas. Cuando alguien se muere, raro que llore. Es así, me digo. Tarde o temprano nos vamos todos. Cuando leí la línea de Rep me quebró el llanto. ¿Qué hacés, Cascioli? ¿Estás loco? ¿Vos también? Tan joven, carajo. Tan joven. Con tanto talento. ¿Quién te va a reemplazar, loco? ¿No ves lo que es esto? Un páramo. Vos eras el afiliado Nº 1 del PJ al lado de los gorilas que hoy andan por ahí. Sin tu talento. Sin tu estatura humana. Sin tus complejidades. Volvé, Andrés. En serio, dejate de joder. Volvé. Y si no, ya lo sabemos. Lo sabemos todos. Al final, te vamos a ir a buscar. Cada uno en su preciso momento. Y vamos a estar con vos. Aunque no sepamos dónde estás. No importa. Si no sabemos, preguntamos: “¿Vieron por aquí a un tipo que sonríe todo el tiempo, que dibuja como nadie, como un genio, que es un poco jodido pero es un buenazo tan bueno que si no lo encontramos, vean, no sabemos cómo explicarles, pero vamos a llorar hasta que nos rajen de aquí?”. Nos van a decir: “Es aquél”. Sos vos. Estás dibujando. Y nos sentamos al lado tuyo. Y nos quedamos así, para siempre. Mirá, Andrés, una confesión: nunca creí que te quería tanto. Hasta hoy. Hasta que leí esa línea de Rep. “Murió Cascioli.” Años que no te veía. Te debo haber olvidado muchas veces metido en qué sé yo qué turbulencias, tumultos. Y hoy descubro que eras parte de la vida de todos nosotros. Y que te amábamos. Cuesta entender la vida. Por ahí, para eso es que nos morimos. Para cerrar ese problema que no vamos a entender nunca.

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