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Jueves, 17 de junio de 2010

CULTURA › UNA JUGOSA CHARLA DE PABLO ALABARCES Y ARIEL MAGNUS

Para filosofar a las patadas

El sociólogo y el escritor y filósofo comandaron un encuentro en el que quedó claro que la aparente distancia entre la redonda y el pensamiento no es tal. “Desde el punto de vista literario es un juego muy rico. La pregunta es si puede servirnos para hacer filosofía.”

 Por Facundo García

En un clásico sketch del grupo Monty Python, la selección alemana se enfrenta con la griega, pero los jugadores son tipos como Hegel, Leibniz y Heidegger –por un lado– y Sócrates, Aristóteles y Pitágoras por el otro. ¿Por qué resulta divertido el absurdo? Probablemente, porque hay pocas cosas que se consideren tan distantes como el fútbol y la filosofía. Sin embargo, la incompatibilidad podría ser ilusoria. Quizás hay una dimensión compartida, un césped común. Intentando despejar esa duda, el sociólogo Pablo Alabarces y el escritor y filósofo Ariel Magnus se reunieron en la librería Eterna Cadencia para dar una charla sobre los vínculos entre ambos universos. Reemplazaron, eso sí, los cortos y los botines por la ropa de calle, una mesita, un café y una botella de agua mineral.

El puntapié inicial lo dio Albert Camus desde una cancha imaginaria. Lo hizo a partir de una frase célebre: “Después de muchos años en los que el mundo me ha permitido tener muchas experiencias, lo que sé con más certeza respecto de la moralidad y las obligaciones se lo debo al fútbol”. Alabarces devolvió con toque corto, considerando que esa idea “le quita importancia” al deporte. “A esa afirmación la citan siempre los que pretenden revestir el asunto de cierta ‘legitimidad’. Además, es una declaración que Camus le hizo a una revista deportiva, por lo que tiene mucho de circunstancia”, añadió. Con todo, la observación del partido como espacio que admite análisis –aunque sea en clave lúdica– no ha dejado de sumar adeptos a medida que el romance entre la pelota y las letras cobraba estatus de suceso. “Si bien es cierto que por lo menos desde Johan Huizinga el juego ya era un problema filosófico, no habían sido tantos los que se dedicaron al fútbol, y menos desde un foco local. Eso ha ido cambiando en la última década y media”, puntualizó el investigador.

Eduardo Galeano publicó Su majestad, el fútbol a fines de los sesenta. Juan José Sebreli se animó en el ’81, con Fútbol y masas. Más allá de esos casos aislados, las ediciones en esa línea no se estabilizaron hasta los noventa. Había crónicas sueltas de Soriano, algo de Fontanarrosa, unos cuentos de Mempo Giardinelli, un texto de Roberto Arlt, algo de Alejandro Dolina y no mucho más. El día del arquero, de Juan Sasturain, ya es del ’94. Y la filosofía argentina resistió más que la narrativa. En el ’96 Claudio Tamburrini editó Etica y deporte, pero en Suecia. El resto era un área vacía. Hoy, en contraste, se han rebasado completamente los moldes del periodismo deportivo. “Sabemos que desde el punto de vista literario estamos ante un juego muy rico, que desarrolló una jerga propia y que propone en cada encuentro una cantidad de historias. La pregunta es si puede servirnos para hacer filosofía. Yo creo que sólo nos permite algunos chistes”, se sinceró Magnus. El autor de Ganar es de perdedores admitió haber pasado horas buscando interpretaciones para el espectáculo que reúne –a partir de unas reglas muy simples– dosis equivalentes de cooperación y competencia, veracidad y simulación. “Se me ocurrió que la jugada podría entenderse como un argumento, y el gol como la Verdad. La pregunta que deriva de eso es por qué el fútbol es tan entretenido a pesar de ofrecer tan pocos goles y por qué la filosofía es tan apasionante a pesar de darnos verdades en un número tan escaso”, arriesgó.

“Filosofar a las patadas”: el lema le hubiera gustado a Nietzsche. Llevarlo a la práctica, desde luego, plantea serios inconvenientes. El primero es que por tradición todo lo que esté de la cintura para abajo no se considera útil para el pensamiento. Magnus tiró un par de centros en esa dirección. “El fútbol fascina porque se juega con los pies. Aparte está basado en una prohibición, la de tocarla con la mano. Yendo un poco más allá y pensando en filosofía, el equivalente a la ‘infracción’ podría ser la contradicción lógica. Lo llamativo es que en países como el nuestro festejamos los goles con la mano, que abren una especie de paradoja al romper aquello del vale/no vale”, destacó.

Otra entrada posible es la ética. “Ahí es más sencillo”, intervino Alabarces. “Porque está claro que la práctica se organiza a partir de perspectivas sobre lo que está bien y mal.” Magnus retomó considerando “la intención” como concepto futbolístico clave. “Ahí tenemos una zona muy oscura. Nadie sabe bien qué es la intencionalidad, con el agravante de que debe ser medida por una opinión inapelable que es la del árbitro. El dirá si hubo buena o mala fe”, subrayó.

En un tramo de la velada Alabarces trajo a colación una anécdota inolvidable, que se originó durante la cuarta ronda de la FA Cup de Inglaterra, en la temporada 1998/99. En la fecha se enfrentaban el Sheffield United y el Arsenal. Iban empatados cuando el nigeriano Nwankwo Kanu no devolvió el balón a los rivales a pesar de que éstos la habían tirado afuera para permitir que uno de sus compañeros recibiera asistencia médica. De esa instancia arrancó Marc Overmars para hacer el gol de la victoria para el Arsenal. Y se desató la polémica. “De acuerdo con el fair play, si los otros la sacan afuera para permitir que entren los médicos no podés ir y encajarles un gol sin devolverles la pelota. No obstante, no había letra escrita que obligara a cumplir eso. Entonces lo que sucedió es que el DT de Arsenal, Arsène Wenger, ofreció repetir el match. Así se hizo y volvió a ganar el Arsenal, dos a uno”, remató el especialista.

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Magnus y Alabarces hablaron de los vìnculos entre ambos universos.
Imagen: Jorge Larrosa
 
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