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Lunes, 9 de agosto de 2010

CULTURA › JORGE GUINZBURG, LA INTELIGENCIA REBELDE

“Era un niño talentoso”

El periodista Hugo Paredero reconstruyó la vida del humorista en un libro que incluye testimonios de familiares, amigos y compañeros de trabajo. “Todos confesaron tener algo para agradecerle”, destaca. La biografía fue publicada en el marco de la Colección Paisanos.

 Por Emanuel Respighi

Petiso que fue grande e hizo reír –a carcajadas– a varias generaciones de argentinos en radio, televisión y gráfica, a poco más de dos años de su muerte (12 de marzo de 2008), a Jorge Guinzburg todavía se lo extraña. Y mucho. De verborragia irreverente, repregunta punzante, salida ocurrente y observaciones filosas, el creador de La noticia rebelde, Peor es nada, Mañanas informales y El ventilador, entre otros éxitos, dejó una marca indeleble en la cultura argentina, que profundiza el vacío que la carencia cotidiana de su gracia y talento hace perdurar entre los oyentes, televidentes y/o lectores a los que hizo reír y reflexionar durante décadas. Una vida signada por un violento asma y una inconmensurable pulsión humorística, a la que el periodista Hugo Paredero se atrevió a homenajear en Jorge Guinzburg, la inteligencia rebelde, la biografía recientemente publicada por Capital Intelectual, dentro de la Colección Paisanos, que reúne a hombres y mujeres de la comunidad judía que hicieron su aporte a la sociedad argentina.

Con el desafío de echar luz sobre la vida de alguien al que admiró y con el que nunca había tenido diálogo alguno (apenas se lo había “cruzado” tres o cuatro veces), Paredero encaró la biografía del petiso indomable poniéndole el alma y el cuerpo durante buena parte de 2009. Durante la producción y escritura de la biografía se involucró emocionalmente tanto con el personaje que en el transcurso del trabajo hasta se afeitó el bigote que acompañó el rostro del autor durante 32 años, tal cual lo había hecho el mismísimo Guinzburg al aire de Mañanas informales, en 2007. “En pleno libro, con unos amigos veníamos hablando de la edad y me dijeron que con el bigote parecía mucho más grande”, recuerda a Página/12 Paredero. “Y no sé por qué al otro día me levanté y, sin pensarlo, me lo afeité. ¡Me lo saqué después de tres décadas! Y cuando me vi frente al espejo me pareció obvio asociarlo a lo que había hecho Guinzburg y al nivel de alienación por el que me estaba llevando el armado de la biografía. Creo que fue un acto en el que inconscientemente intenté parecerme a él, de algún modo”, confiesa en la entrevista.

A través de seis capítulos, a razón de uno por década (Guinzburg falleció a los 59 años), la biografía recorre en detalle la vida del periodista, humorista, productor, guionista, creativo publicitario, conductor y empresario. Sin sumar nombres rutilantes o famosos porque sí, el libro se vale de testimonios de aquellas personas –familiares, amigos, compañeros de trabajo– que revelaban una faceta diferente del petiso que vivió para hacer reír. “Lo que intenté –cuenta el autor– fue reconstruir su vida, como una manera de vivirla de nuevo para conocer íntimamente a Guinzburg, tanto yo como los lectores. Esa idea me hizo entrevistar a los personajes que me parecían necesarios y básicos: la mamá, la hermana, los hijos, la viuda... Sabía que iba a hablar con algunos compañeros de trabajo, pero seleccioné a los más cercanos según cada etapa de su vida. De todas maneras, hubo muchos compañeros y amigos que se excusaron de dar su testimonio porque el dolor que los embargaba estaba muy presente.”

–En los testimonios que recogió para el libro hay concordancia acerca de la personalidad exigente pero bondadosa de Guinzburg.

–Nadie me habló mal de Guinzburg. Todos me demostraron su amor y admiración. Y todos confesaron tener algo para agradecerle. También me señalaron, con diferentes palabras, que Guinzburg era una usina imparable. El petiso no paraba de generar chistes e ideas. En lo laboral, era un tipo muy exigente pero a la vez muy generoso: tenía una enorme capacidad para potenciar a quienes lo rodeaban. Sentía que para conformar buenos grupos de laburo, tenía que armar primero grupos de amigos. Siempre se preocupó por formar un club de amigos. Todos me destacaron su generosidad, cómo dio pruebas en momentos duros para sus amigos o conocidos. Y ayudó a desconocidos, a través de su fundación.

–A lo largo de su trayectoria, Guinzburg dio muestras de que se propuso transitar la vida, incluso hasta sus últimos días, sin perder el aspecto lúdico propio de la niñez.

–Era un chico, uno de esos nenes que están todo el día en acción. Era una persona festiva, característica que era muy estimulante para los que lo rodeaban. Su humor es, para mí, su gran valor moral. Si hasta fue deliciosamente niño hasta para manejar su enfermedad, que decidió mantener en su intimidad para poder vivir. Hablar públicamente de su enfermedad era una molestia para poder disfrutar de la vida. La manera en que encaró su enfermedad fue una lección de vida extraordinaria. ¿Qué sentido tenía exponerla públicamente? No quería dar lástima, porque él se había propuesto hacer reír a la gente. Eso habla de una integridad asombrosa. Irse de este mundo con esa dignidad, trabajando hasta ese mismo verano haciendo una temporada a todo palo de La Biblia y el calefón, lo enaltece.

–¿La pulsión humorística de Guinzburg fue una suerte de mecanismo de defensa que encontró para aplacar los males del asma que contrajo a los tres años?

–Tuvo que convivir con su asma diariamente, como una sombra que siempre lo marcó de cerca. El asma fue una compañía que lo condicionó durante toda su vida. El humor estaba en su naturaleza. Cuando lo perdía, era apenas por un ratito, por alguna rabieta. No tenía doble cara. No escondió nada: mostraba todo lo que era; todo lo que pensaba. Estaba todo a la vista. Nunca tuvo filtro y, sin embargo, sabía cuál era el punto justo para no dañar al otro. Era alguien a quien le importaba tanto el qué como el cómo.

–En su rol de entrevistador, tenía la virtud de preguntar aspectos sumamente incómodos de los entrevistados sin llegar a ofender.

–Era un brillante entrevistador, con un estilo en el que aparece otro rasgo propio de la niñez: la frontalidad y honestidad para preguntar aquello que la mayoría no se anima. Era alegremente impune. Alguien que puede mantener vivo durante toda su vida al niño que todos tenemos adormecido, es único. No era cruel cuando preguntaba cuestiones incómodas. Tenía el grado de impunidad, la velocidad sin filtro y la gracia del niño talentoso. El que aceptaba una entrevista con él tenía la garantía de que no había otra intención que su propia curiosidad.

–¿Considera que costará encontrar a un entrevistador con la gracia, audacia y honestidad de Guinzburg?

–Es que a la irreverencia y la impunidad Guinzburg le agregaba su humanidad. Y la humanidad hoy escasea a todo nivel y mucho más en los medios. Hoy sólo se invita a un programa a aquel que piensa como uno. Guinzburg siempre buscaba al disidente para poder generar un debate de ideas enriquecedor, alejado de todo impacto. Era un jugador de toda la cancha, incapaz de dar golpes bajos, porque por principios respetaba al otro, aún en la disidencia. El tipo era capaz de entrevistar a un cineasta como Arturo Ripstein y hacerle un buen reportaje a Jessica Cirio, con el mismo estilo y haciendo interesantes y divertidas ambas entrevistas. Era un tipo muy democrático.

–¿Cómo lo describiría?

–Fue un niño irrompible, imbatible. Un ejemplo por hacer lo que pensaba y pensar lo que hacía. Como los chicos, Guinzburg no tenía un velo entre la realidad y la imaginación. Fue un chico que jugó a lo grande en serio hasta su muerte.

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A poco más de dos años de su muerte, todavía se extraña a Guinzburg.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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