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Lunes, 30 de agosto de 2010

CULTURA › II FESTIVAL INTERNACIONAL DE LITERATURA EN BUENOS AIRES

“Uruguay tiene la posibilidad de hacer de la necesidad virtud”

Escritores y críticos uruguayos, que estarán presentes en la próxima edición del Filba, que empezará este miércoles, analizan las condiciones de circulación de la literatura oriental, con sus autores “raros” y su tendencia a la “invisibilidad”.

 Por Silvina Friera

La orilla celeste es pequeña y bella. Se la quiere mucho; admiramos a sus escritores “raros” y un tanto incómodos o “malditos”. A veces –papeleras mediante y otras yerbas– también nos peleamos. Nos perdemos en las grietas propias –y ajenas– de conflictos y tensiones mal disimuladas. Escondida en el epílogo de una secreta antología poética uruguaya de los años veinte del siglo pasado, hay una frase de Borges que le gusta recordar a la crítica uruguaya Ana Inés Larre Borges, justo ahora que está por comenzar –este miércoles– el II Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba), que inaugurará el antropólogo francés Marc Augé (ver aparte). Ese librito de Ildefonso Pereda Valdés insiste en perderse en los anaqueles de su biblioteca. Pero a la distancia, repite la frase confiando en su memoria: “En literatura el sol pasa primero por San Felipe y Santiago de Montevideo”.

Es cierto lo que intuye y dice la crítica uruguaya. “Es probable que el halago fuese más una manera de pelearse con la literatura argentina. También es verdad que muchos años después –en un reportaje–, Borges sentenció su balance: ‘Pero nosotros escribimos mejor’. Lo que importa es la idea fuerte de que pertenecemos a una misma cultura y a una literatura, la rioplatense”, subraya. “Buenos Aires ha sido el camino a Damasco de los escritores uruguayos. Significó la consagración para Horacio Quiroga, Florencio Sánchez, como hoy lo es para Mario Levrero –de modo póstumo– y para Marosa Di Giorgio. Juan Carlos Onetti, en cambio, no tuvo suerte allá, aunque encontró el aliento y la comprensión de Julio Payró, como descubrimos en esas cartas del primer Onetti que se editaron el año pasado para el centenario.”

Gracias al Filba, habrá una nutrida y diversa circulación de escritores uruguayos: Ercole Lissardi, Tomás de Mattos, Carlos Liscano, Pablo Casacuberta, Roberto Echavarren, Alejandro Ferreiro, Felipe Polleri y la propia Larre Borges, responsable de la editorial Cal y Canto. Argentina tiene la capacidad y la vocación de consagrar. Lo dice la crítica y editora uruguaya. “No es un asunto sólo de números, también de espíritu. Los uruguayos cultivamos un perfil más bajo y silencioso. Levrero y Marosa, por poner un ejemplo, eran también autores de culto en Uruguay. Pero ese culto tiene algo de doméstico y discreto y, claro, de modestia y obligada bohemia”, sugiere Larre Borges que desde 1989 dirige las páginas literarias del semanario Brecha. “En cuanto a la otra mirada, la nuestra hacia allá, creo que se ha debilitado. En el terreno literario las elites y los escritores miran a Buenos Aires, pero no logran siempre convencer al público de que lea los nuevos nombres. Saer, ese grandísimo escritor, es poco leído en Uruguay. Sin embargo, la conexión Saer-Alberto Díaz trajo al uruguayo Juan Carlos Mondragón, que acaba de publicar Bruxelles Piano-Bar y lleva escrita una literatura importante que los argentinos tienen que descubrir aún.”

Un fenómeno raro es el camino inverso de “consagración”: escritores argentinos que van a Uruguay. Larre Borges menciona al rosarino Elvio Gandolfo –”muy presente en el periodismo cultural y muy ligado a Levrero”– y Carlos María Domínguez, “que hace su obra en Uruguay, escribe una biografía de Onetti como manera de integración y que bajo el auspicio de Conrad y de Haroldo Conti escribe sobre el agua, y encuentra en el río y la costa un lugar de cruce de historias rioplatenses, pero que en reconocimiento parece que se saltea Buenos Aires y alcanza Europa, fundamentalmente Alemania, donde se consagra”.

Larre Borges dice que los argentinos se recuperaron más rápido de las secuelas de censura de la dictadura. “Uruguay tiene a veces la posibilidad de hacer de la necesidad virtud. Y eso permite una estirpe de raros que renuevan la literatura, eso que empieza con Lautréamont y que está en Felisberto Hernández, en Levrero, en Marosa.”

La literatura de asuntos urbanos uruguaya es creación de Onetti. Lo dice el escritor Carlos Liscano, militante tupamaro que fue torturado durante la dictadura y estuvo detenido junto al presidente José Mujica. “La influencia de Onetti tardó mucho en notarse. El pozo tuvo muy poca difusión, por tanto poco pudo influir. Fue la Generación del ‘45 la que dio sostén a la obra de Onetti en un círculo reducido de escritores y críticos, no de gran cantidad de lectores”, plantea el autor de La mansión del tirano, que actualmente es director de la Biblioteca Nacional de Uruguay. “La obra de Onetti tuvo influencia en aspectos que traspasan la mera creación de Santa María y de historias conocidas. Esa influencia tiene que ver con una actitud ante la literatura y con la profesionalidad del escritor. Onetti fue de los primeros en darse cuenta de que la literatura está más influida por la literatura que por la realidad en que el escritor vive. Esto, que él descubrió en los años treinta, todavía sigue en discusión para algunos que creen que una novela es, ante todo, un trozo de realidad puesto sobre papel y no el intento de continuar una tradición cultural de siglos.”

“Levrero era un tipo infinitamente curioso, con un gran interés por la ciencia, pero también por todo tipo de datos inútiles y anécdotas jugosas”, recuerda Pablo Casacuberta, escritor, cineasta y artista plástico. “Su ámbito favorito de conversación era la vida sentimental, en todas sus formas y matices. Le preocupaba genuinamente entender qué les pasaba a sus seres queridos. El tema recurrente y central, tanto de su vida como de su obra, era la libertad. Se dedicaba con auténtica pasión maníaca a ‘liberar’ personas, dolorosamente consciente del hecho de que en general él no era más libre que esos pobres candidatos a la liberación. Ese dato solía parecerle irrelevante y no mermaba en nada su entusiasmo”, pondera Casacuberta. “Dedicaba horas a convencer a amigos de que renunciaran a sus trabajos y se dedicaran a una vida más plena, y lo hacía a pesar de que él mismo tuviera serios problemas para salir de su casa. En su voraz apetito por información nueva, ocasionalmente dedicaba meses y años al estudio de horrendas pamplinas parapsicológicas o al aprendizaje de lenguajes recónditos de programación, llegando a la cama al alba y maldiciendo los efectos de esas formas de incontinencia mental.” Esa criatura tan extraña que parió la literatura uruguaya era “un sujeto luminoso, magnético, con una sinceridad abrumadora y emocionante”.

Fogwill decía que la literatura argentina se extiende 250 kilómetros más allá de la costa. Llega hasta Montevideo porque tienen que entrar Levrero y Felisberto Hernández. El latiguillo de Cortázar era subrayar que los uruguayos esconden a sus mejores valores. ¿Cómo explicar –si se toman por certeras estas consideraciones bienintencionadas– ese “escamotear” valores o esa suerte de “invisibilidad”, que tarde o temprano estalla? “Con todo respeto, no veo por qué Levrero tiene que integrar la literatura argentina”, cuestiona Casacuberta. “Yo no preciso convencerme de que Borges era un poco uruguayo para apreciar su relevancia. Lo valoro simplemente por ser Borges. La literatura argentina es enorme, riquísima, llena de proyección universal. No necesita que se le agreguen 250 kilómetros en ninguna dirección, por más nobles que sean los motivos propuestos para ese ensanchamiento –fustiga el artista uruguayo–. Levrero no era un entusiasta de los sentimientos nacionales y solía decir que detrás del énfasis excesivo en la identidad solían esconderse todo tipo de monstruos ideológicos.” Despejado el malentendido, Casacuberta admite que en Uruguay hay una concepción de la vida pública que promueve la “invisibilidad”. “Todavía no sé si esa invisibilidad es tan mala. Carecer casi por completo de una esfera mercantil del éxito ha tenido algunas consecuencias positivas. Ha funcionado como estímulo para la sinceridad a la hora de escribir. Aunque también ha supuesto que la mayoría de nuestros libros se conviertan en pulpa de papel sin abandonar nuestras fronteras. Así que si alguien desea difundir nuestra literatura sin anexarnos, será muy bienvenido.”

Todo festival literario que se precie –sin exagerar– necesita de un “maldito”. En estos días llegará “el secreto más público de la literatura uruguaya contemporánea”: Ercole Lissardi, el seudónimo de uno los escritores más interesantes de la narrativa contemporánea. Un nihilista que conoció el exilio en México y que preserva su verdadera identidad bajo ese apellido de raíz italiana que remite a la noción de “campo de batalla”. “La cultura uruguaya es chata, mediocre, provinciana. No sabe qué hacer con el talento y, por consiguiente –en el mejor de los casos–, lo ignora. El escritor de talento en Uruguay no consigue reconocimiento, apenas el tímido aplauso de algunas almas nobles. La consecuencia de eso es que se encueva, se alimenta de sí mismo, se autoafirma cebándose en su propia peculiaridad. Así es que se genera un ‘raro’”, esgrime Lissardi, autor de Ultimas conversaciones con el fauno y una trilogía de novelas con eje en la infidelidad: Los secretos de Romina Lucas, Horas-puente y Ulisa, entre otros libros.

“La mediocridad de la cultura uruguaya es el humus que origina sus ‘rarezas’. Esa ‘rareza’ trasciende cuando topa con Onetti, Felisberto, Marosa, Armonía Somers, Levrero”, enumera Lissardi. “En este trascender de la ‘rareza’ uruguaya juega un papel fundamental la cultura argentina. Un escritor uruguayo mediocre consigue rápidamente el aplauso de la cultura uruguaya; un escritor uruguayo de talento, un ‘raro’, tiene que esperar a que su talento se advierta desde el otro lado del charco. Por supuesto que no me hace gracia que sea así. Pero así es. Cuando Fogwill decía que la literatura argentina se extiende 250 kilómetros más allá de la costa, seguramente que sin proponérselo estaba diciendo una verdad: que culturalmente Uruguay es una provincia argentina. El término ‘raros’ aplicado a los escritores uruguayos de más talento es simplemente una manera de marginar, de discriminar, en última instancia de ningunear. Su aplicación la inventó Angel Rama, que por décadas fue el Papa del establishment cultural uruguayo.”

Si Lissardi tiene “el desagradable honor de ser un raro” de la literatura de su país, se debe a que la cultura uruguaya es profundamente puritana. “El puritanismo católico fue sustituido por el puritanismo de izquierda. Heredera cultural del comunismo soviético y del castrismo, la izquierda uruguaya es, como ellos, puritana. No se crea que hablo así desde alguna posición política de derecha. Para nada. Militar en la izquierda antes del golpe me costó a mí diez años de exilio. Me costó mucho comprender por qué la prensa de izquierda a lo largo de toda una década atacaba mis libros acusándolos de ser pornografía. La razón era su herencia ideológica. Por supuesto que en casi todos los dizque ‘raros’ hay una fuerte veta erótica, a menudo oculta, enterrada, mientras que la literatura uruguaya mainstream es groseramente pudibunda.” El tema excluyente en la literatura de Lissardi es el deseo. “Literariamente hablando no me interesa el Amor y no me interesa el Sexo. Me interesa esa fuerza misteriosa capaz de abolir al Mundo dejando sólo en pie al Objeto de su obsesión”, reflexiona.

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Juan Carlos Onetti, una vida de leyenda, una obra notable.
 
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