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Miércoles, 9 de marzo de 2011

CULTURA › CORRIENTES CERRABA ANOCHE SU EDICION DEL CARNAVAL FEDERAL DE LA ALEGRIA

Cuando el pueblo festejó a puro sapucay

Al igual que otros ochenta municipios que devolvieron al primer plano los feriados que habían sido anulados por la última dictadura militar, Corrientes vivió su gran fiesta. Color, sabor y ritmo de un encuentro multitudinario.

 Por Facundo García

Desde Corrientes

“Amigo del rey del Carnaval”, se leía en la banda que cruzaba la camisa de varios hombres con equilibrio inestable. Si se conseguía escapar a sus abrazos transpirados, la pregunta llegaba sola:

–¿Qué es eso de “amigo del rey del Carnaval”?

–Es nuestro título. El rey es él –y ahí el tipo señaló a un muchacho con pinta de galán, haciendo una reverencia que casi lo tira al suelo–. Te explico: tiene que ver con la teoría del “derrame”. Se supone que de todas las que lo encaran a él, alguna va a rebotar y va a quedar para nosotros, que somos los fuleros...

–¿Y funciona?

–¡No!

La madrugada transcurría a puro tambor y piel desnuda, entre conversaciones en ese tono y anécdotas que no conviene transcribir. Entretanto, Corrientes comenzaba anoche a cerrar su edición del Carnaval Federal de la Alegría, al igual que otros ochenta municipios que trajeron nuevamente al primer plano los feriados que habían sido anulados por la última dictadura militar y se recuperaron durante el fin de semana largo por iniciativa del gobierno nacional.

Hay quien interpreta a los carnavales como un placebo que borronea diferencias sociales y permite que las tensiones se exterioricen sin desafiar al statu quo. Sin embargo hay que meterse en los bailongos de las casas, agarrarse de una cintura que se mueve sin culpa y tirar espuma al aire hasta agotar el pomo para descubrir que a lo mejor el Carnaval se trata de divertirse no olvidando, sino remontándose por encima de las tragedias que el hombre y la mujer de a pie tienen que bancar diariamente. Por otra parte, embanderarse con la alegría es discutir el rol que se le dio a la nostalgia en la construcción del estereotipo nacional. Un procedimiento que, en lo profundo, desafía al protagonismo exclusivo del que han gozado la Capital y su música más típica, el tango.

En la terraza donde hacían la previa el Rey del Carnaval y su corte, decenas de comparseros y comparseras se preparaban para salir. Roberto Gómez Coll vivía sus últimas horas de soberano, antes de que se conocieran los escrutinios de la edición 2011. “Mirá: salís rey del Carnaval y no te regalan ni una naranja –informó–. ¿Pero sabés cuál es el verdadero premio? ¡Que tenés un año de sexo libre!” Las chicas lo escoltaban en ronda y Roberto pidió la palabra para proponer que le hicieran distintos favores sexuales a este cronista. Pero evidentemente la monarquía carnavalera tiene poderes limitados, porque al cierre de esta edición nadie había acatado las órdenes.

Todo esto ocurría sobre Avenida Independencia, a metros del corsódromo oficial. A medida que el visitante se acercaba, las letras de Copacabana, Académicos del Carnaval, Samba Total, Sapucay, Kamandukahia, Carro Gente, Samba Show e Imperio Bahiano se hacían más nítidas. Arandú Beleza insistía con uno de sus hits: “Yo no como caviar/ni tomo champán/pero soy feliz/soy banquero del amor/sambero de profesión/en mi corazón”. Al rato, uno de los portaestandartes de Sambanda abrió el paso de los suyos, con el palo de su bandera acomodado en la entrepierna, en desafío a todas las leyes de la anatomía.

El palco oficial se ubicó más o menos en la mitad del corsódromo. El secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, sacaba fotos con su celular; y el intendente correntino, Carlos “Camau” Espínola, se bancaba los chorros de espuma que los pibes le lanzaban desde las gradas. Más allá, Paula Carolina Méndez –la Reina del Carnaval del año pasado– amagaba la danza, con más ansias por sumergirse en la multitud que por cumplir con el protocolo. Y arriba, los insectos orbitaban alrededor de los reflectores como angelitos lejanos.

Como este año el Carnaval correntino y la comparsa Ará Verá cumplieron medio siglo, las distintas generaciones dejaron alma y vida en el jolgorio. Andrea Fillau vistió a su hijo Julián, de un año, para que se montara en una carroza de niños, que hasta contaba con un bebé de ocho meses entre sus filas. La logística incluía pañales, tías y vecinas haciendo de psicólogas –”no te asustes, tu mami fue al baño”– y una serie de sillas diseñadas especialmente para los benjamines.

El cuerpazo de la joven Tamara Araujo, en cambio, no tenía nada de niña. “Soy de Resistencia (Chaco), pero me gusta tanto esto que hace meses que vengo hasta acá para ensayar tres veces por semana”, confesó. El carrusel de los veteranos iba pasando a su lado, y daba miedo que Ará Verá no tuviera un equipo médico para curar infartos. En la distancia que hay entre los que están en su esplendor físico y quienes ya rozan el tañido del arpa vibra un secreto carnavalero. “Yo siempre le digo a los jóvenes que no se pierdan de participar en esto, porque una vez que entrás, te ganás el pasaje para regresar a los diecisiete años cada vez que quieras”, analizaba Tono Espínola, un abuelo que se alejó bailando como si sus primeros corsos, los del año ’61, nunca hubieran concluido.

Los correntinos aseguran, con o sin razón, que su Carnaval es el más tradicional de la Argentina. Aquí la fiesta tiene dos vertientes: la que está relacionada con el río Uruguay –muy vinculada con la tradición brasileña– y la otra, estéticamente más cercana al Río de la Plata aunque no rioplatense, que nace a la vera del Paraná. Las comparseras llegan a gastar entre sesenta y ochenta mil pesos para confeccionar sus trajes con espaldares de plumas especiales, strass y piedras brillantes. Por lo tanto, es innegable que existe un Carnaval caté (rico) y un Carnaval poriahú (pobre).

En un intento por recuperar ese sentido pluralista de las celebraciones, el gobierno de Cristina Fernández lanzó este año el Carnaval Federal de la Alegría. El cronograma –impulsado por la Presidencia y ejecutado por el Ministerio de Turismo y la Secretaría de Cultura de la Nación– aprovechó los recientes feriados para promocionar actividades turísticas y culturales, inspirándose en la frase “Nada grande se puede hacer con la tristeza”, de Arturo Jauretche. Por supuesto que quien haya estudiado el fenómeno de los carnavales no puede dejar de sentir ciertas contradicciones ante el hecho de que se los promocione desde ámbitos oficiales. Pero también es verdad que si buena parte del poder actual no está en los gobernantes elegidos democráticamente sino en las corporaciones, cabe la posibilidad de que desde los espacios de gobierno –por convicción o inteligencia política– emerjan iniciativas en armonía con los intereses de las grandes mayorías. La última palabra, en este caso, la tendrán los carnavaleros.

Y cómo hablar del Carnaval sin haber desfilado. Desfilar, de hecho, es tomar conciencia de lo fuerte que uno puede sonar cantando o tocando, y de lo mucho que se puede perder el propio sentido de la vergüenza en un recorrido de unos cuantos metros. La escena es onírica: el aliento que llega desde las hinchadas laterales sube y baja cada tanto, bajo las pintitas de espuma que quedan flotando en el aire. Y la senda se extiende a lo largo de unas ocho cuadras, suficiente para que los pasos iniciales, temerosos y aburridos, le dejen lugar a la danza del vientre y las cabriolas inventadas.

Como en otros puntos del país, en Corrientes la presencia de un animador con voz potente es fundamental. Pero aquí no hay “aquí Cosquín” que valga, no: la tradición del sapucay deriva en un estilo más potente y hasta temible. Así, locutores de traje claro se meten el micrófono hasta la base de la garganta y sueltan sus alaridos presentando el nombre de cada agrupación. En respuesta, la masa desfilante se frena en determinados puntos y hace sus juegos de percusión. A lo mejor se ve a un almacenero saludando a sus clientes, que lo alientan desde afuera, o a una tía que le mancha el cachete a su sobrino con una cantidad de rouge difícil de quitar. Cuando se llega al final, hay una sensación de alivio. Como de haberse bañado por dentro. A veces, el cuerpo exterioriza lo que costaba articular con palabras.

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Las comparseras llegan a gastar entre sesenta y ochenta mil pesos para confeccionar sus trajes.
Imagen: Télam
 
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