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Martes, 21 de febrero de 2012

CULTURA › JORGE PERUGORRIA HABLA DE CINE, TELEVISION Y LA ACTUALIDAD CUBANA

“Ahora los jóvenes tienen más espacios para hacer cine”

El protagonista de Fresa y chocolate presenta una serie de TV que estrenará en marzo, junto a Natalia Oreiro, donde prima el humor negro. Y a raíz de su compromiso con el cine cubano reflexiona sobre la realidad de la isla y su apertura cultural.

 Por Oscar Ranzani

“Hay mucha gente que necesita amor, gente que necesita reconocimiento y hay gente que necesita morirse. Y esa gente es la que atiende Lynch en su funeraria.” La frase jocosa y, a la vez macabra, la pronuncia el actor más famoso de Cuba, Jorge Perugorría –el coprotagonista de Fresa y chocolate–, para definir a su personaje, Jerónimo Lynch, el empresario que representará en la serie Lynch que la señal televisiva Moviecity estrenará en marzo. Pichi Perugorría compone al dueño de la funeraria El Descanso Eterno que se dedica al, “negocio” de armar muertes y entierros falsos para personas en problemas que necesitan tener una nueva identidad. “Es un hombre común que, de pronto, por la circunstancia en la que se encuentra con su familia y su funeraria, entra en este `negocio’, pero es alguien que se levanta todos los días a la misma hora, se viste igual que cualquiera, come lo mismo que cualquier otro”, justifica el actor a su personaje. Tras catorce años de haber sido abandonado por Isabel (Natalia Oreiro), su mujer, Lynch se reencuentra con ella cuando acude a la funeraria, herida y asustada y con la necesidad de cambiar su identidad, pidiendo “muerte” y “resurrección”. Pero las cosas no serán tan fáciles, especialmente porque Isabel no sólo abandonó a Jerónimo Lynch sino también al hijo de la pareja que, por ese entonces, era un bebé.

“Después de haber sido abandonado por Isabel, Lynch ha asumido el rol de padre soltero”, comenta Perugorría. “Lleva varios años con su hijo hasta que ella aparece. Durante todo este tiempo, el paradero de su esposa fue realmente un misterio. Y él ha dedicado su vida a criar a su hijo tratando de darle una buena educación. Y esa sobreprotección que ejerce Lynch sobre su hijo incluso ha creado una rebeldía en el propio niño. Hasta el momento en que regresa Isabel, quien le propone la solución a los problemas económicos que él tiene en la funeraria. Y a él no le queda más remedio que aceptar. Y termina dedicándose a este ‘negocio’”, agrega Perugorría.

–¿Es una serie donde prevalece el humor negro a partir de situaciones macabras?

–Sí, la serie tiene un tono de humor negro. Incluso, hasta de sátira por momentos. Y también tiene momentos surrealistas por el negocio en el que está involucrada esta gente.

–¿Cómo fue el trabajo con Natalia Oreiro?

–Natalia es una actriz maravillosa. Fue un honor poder trabajar con ella. Es una actriz de mucha experiencia, con mucha fuerza y con un sentido muy particular para la comedia. Le imprime al personaje que interpreta todas esas características que menciono. Y sobre todo, en los momentos de comedia realmente está divina.

–¿Cómo se sintió volviendo a trabajar en televisión?

–Hacía dieciocho años que yo no regresaba a la televisión, pero las cosas han cambiado mucho. Tanto por la calidad de los guiones como por la calidad a nivel técnico de los equipos de profesionales que ha aumentado mucho. Esta serie está hecha con una calidad como si se estuviera haciendo cine.

–Usted ha construido también una carrera cruzando las fronteras de Cuba como, por ejemplo, el caso de España. ¿Qué lo motiva a seguir actuando en su país? ¿Tiene que ver con sus principios y su compromiso con su tierra?

–Tiene que ver con un poco de todo eso. Yo sigo vinculado con el cine cubano fundamentalmente, aunque estos años he trabajando en Latinoamérica y en España particularmente. Pero nunca he perdido mi vínculo con el cine cubano y, de hecho, sigo viviendo y trabajando en mi país.

–¿El cine cubano es el que más disfruta para trabajar?

–Sí, porque en el caso nuestro es un cine que tiene una mirada y un compromiso con la realidad cubana. Y entonces eso también me compromete a mí. Y uno siente que no sólo está haciendo películas para disfrutar sino también se siente con la responsabilidad de estar diciendo algo que la gente necesita oír.

–En la última edición del Festival de La Habana se estrenó Juan de los muertos, dirigida por Alejandro Brugués que, si bien se presenta como “la primera película cubana de zombies”, tiene una fuerte carga de crítica social. La impresión que se lleva un extranjero es que en el cine cubano hay espacio para la libertad y la crítica social, algo que contrarresta los constantes ataques de la derecha a este aspecto. ¿Usted cómo lo observa?

–Desde siempre el cine cubano ha tenido esa libertad de pensamiento. Ha sido un cine comprometido con la realidad y ha tenido una mirada crítica hacia la realidad. Y Juan de los muertos es una continuación con gente más joven. Es una película de género que la hace muy particular dentro del cine cubano, sobre todo por el tema de los zombies. Pero mantiene esa mirada hacia la realidad. Y yo creo que es una continuidad.

–¿Cree que el cine cubano está subestimado en el exterior?

–Pienso que a partir de Fresa y chocolate se rompió un poco esa imagen que se tenía del cine cubano. La gente decía: “¿Pero ustedes hicieron esa película en Cuba? ¿Y en Cuba se puede hacer un cine así, que hable de cosas tan profundas como la tolerancia, el respeto a la diferencia?”. A mucha gente le parecía imposible y no sabía que el propio Tomás Gutiérrez Alea –que fue uno de los directores de Fresa y chocolate–, en los años ’60 había hecho Muerte de un burócrata, que era una película sobre la burocracia. También hizo Memorias del subdesarollo. El cine cubano ha tenido esa continuidad desde un principio. Y para nosotros fue una sorpresa que la gente lo haya descubierto al final.

–Visto a la distancia, entonces, Fresa y chocolate le permitió al cine cubano adquirir mayor proyección internacional, ¿no?

–Sin duda. Fue la película que comenzó esa proyección internacional. Hasta ese momento, el cine cubano se quedaba solamente en los festivales o en Semanas de Cine de arte. Y Fresa y chocolate fue la primera película que tuvo un estreno comercial en todas partes del mundo.

–Y también abrió el debate sobre la homosexualidad en Cuba...

–De alguna manera, yo creo que ha contribuido al respeto a la diferencia. Hoy en día, es una película que marcó un cambio en ese sentido. Y no lo pienso sólo por el tema de los homosexuales, sino que también es un canto a la tolerancia de todos los que son diferentes.

–¿El compromiso con la realidad que han tenido grandes maestros como Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Juan Carlos Tabío y Fernando Pérez se mantiene vigente en las nuevas generaciones de cineastas?

–Sí, ese camino está bien trazado. Ahora los jóvenes tienen otras maneras, muchos más espacios para hacer, incluso, cine de género. Pero siempre va a estar marcado ese compromiso con la realidad cubana.

–Siendo un actor era de suponer que como cineasta le interesaría la ficción antes que nada, pero, ¿por qué comenzó con el documental?

–Soy un gran admirador de la música cubana. Entonces, lo primero que hice fue un documental titulado Habana abierta, sobre el tema del regreso a Cuba de un grupo de cantautores de nuestro país que se había ido. Y así empecé a comprometerme. Después hice un documental sobre José María Vitier, que hizo la música de Fresa y chocolate. Se tituló Iré Habana y fue un trabajo sobre un disco que tiene ese mismo nombre. Y así, poco a poco me fui vinculando con el tema de la dirección del documental por el amor a la música, hasta que llegó el momento de pasar a la ficción detrás de cámaras.

–¿Cómo fue debutar en la dirección de ficción en 2010 con Afinidades, junto a Vladimir Cruz, su compañero en Fresa y chocolate? ¿Y qué influencia tuvo de los directores con los que trabajó?

–Fue muy interesante porque los dos queríamos dirigir. Vladimir tenía una historia y nos unimos para poder conseguir un presupuesto entre los dos. Y pensamos que como los dos habíamos nacido en una codirección (Fresa y chocolate fue dirigida por Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío) sabíamos cómo se podía hacer eso.

–¿Qué facilidades tuvo como cineasta al ser actor?

–Fundamentalmente, el trabajo con los actores. Lo más importante del cine que hacemos nosotros son las historias que contamos. Y para que una historia sea creíble lo más importante es el trabajo de los actores. Y ahí es donde más experiencia tenemos nosotros.

–¿Cómo es hacer cine en Cuba actualmente?

–Ahora mismo hay un movimiento de gente joven que está haciendo sobre todo documentales y videoclips. Con todo el tema de lo digital y las nuevas tecnologías la gente tiene muchas más posibilidades de hacer cine independiente que antes, cuando para hacer cine tenías que ser parte de una industria, depender de la clasificación de esa industria del Icaic. Ahora, no. Los jóvenes se reúnen, hacen proyectos independientes digitales, editan en sus casas. Y eso ha dado mucha libertad y muchas posibilidades de que la gente trabaje. El futuro del cine cubano es toda esta gente joven que de manera independiente se está acercando.

–Si se tiene en cuenta que una entrada de cine tiene un costo bajísimo en Cuba y eso hace imposible recaudar lo que se invierte en una película, ¿cómo es el acceso a la coproducción en la actualidad?

–Las entradas valen dos pesos cubanos que no son ni dos centavos de dólar. Entonces, el Estado subvenciona los cines y la producción nacional. O sea, de las coproducciones y de los servicios que da a producciones francesas, italianas o españolas que van a rodar a Cuba, es un poco de donde sale el dinero para mantener toda su infraestructura y el nivel que tiene como industria.

–Algo que llama la atención a los extranjeros es la pasión que el público cubano tiene cuando se estrena una película nacional en su país. Incluso, en las colas que se forman para entrar a los cines durante el Festival de La Habana hay tremendos tumultos. Es un fenómeno que sólo puede compararse con lo que puede despertar un recital masivo de rock o un importante partido de fútbol en la Argentina. ¿A qué se debe esa pasión y desborde por entrar a una sala de cine a ver una película cubana?

–Para nosotros es como parte del amor que le tenemos a la propia profesión porque se crea un compromiso con el espectador por esa pasión que ellos tienen por nuestro cine. Y yo pienso que es porque encuentran en la película el reflejo de sus propias vidas, con sus contradicciones, sus dudas. Y muchas veces encuentran en el cine la reflexión profunda sobre los problemas que no encuentran en otros medios masivos como la televisión, la radio, etcétera. Y en el cine encuentran esa mirada con complejidades de sus propias vidas.

–¿Por qué cree que a la hora de reflejar la realidad de la isla algunos medios de comunicación extranjeros focalizan en los temas políticos y no le dan lugar a la riqueza cultural de Cuba?

–Realmente la prensa es, a veces, un poco manipuladora en ese sentido porque la realidad cubana es mucho más compleja. Si tú quieres ver una Cuba donde lo político sea el centro y el protagonista de todo, te pierdes la diversidad, los diferentes matices, la riqueza de nuestra cultura, el deporte y su gente. Se centraliza todo en el tema político y para nosotros es una pena porque se da una imagen esquemática de la realidad cubana.

–Usted también pinta. ¿Qué le permite expresar la plástica que no puede con el cine?

–El cine es un arte colectivo y se necesitan recursos, medios. Y siempre digo que en la pintura he encontrado la libertad que no tengo en el cine porque es mucho más personal. En ese sentido, es donde está la gran diferencia.

Un boleto al paraíso demasiado caro

Entre los largometrajes en la competencia por el Goya a la Mejor Película Iberoamericana, que finalmente ganó este domingo la argentina Un cuento chino, figuraba el film cubano Boleto al paraíso, protagonizada por Perugorría. Inspirada en hechos reales recogidos en el libro Confesiones a un médico, de Jorge Pérez Avila, esta película aborda un tema polémico en clave de ficción: buscando escapar de ambientes familiares opresivos, un grupo de adolescentes de La Habana decide infectarse voluntariamente con VIH para que los internen en un hospital y poder, de esta manera, asegurarse al menos la comida diaria durante el Período Especial en 1993. Respecto de si cree, como muestra Boleto al paraíso, que los jóvenes cubanos están dispuestos a correr riesgos para vivir otra realidad, Perugorría comenta que la de Gerardo Chijona “es una película que muestra que en esa circunstancia unos jóvenes cometieron una locura de inyectarse el virus cuando Cuba estaba en un momento muy difícil. Cometieron esa especie de locura y de ignorancia porque conocían muy poco su relación con la enfermedad. Y también era un acto de rebeldía”. El actor espera que Boleto al paraíso pueda obtener un reconocimiento en el exterior “porque Chijona es un director que ha hecho películas maravillosas. Y sería bueno para él y sobre todo para el cine cubano que pueda conocerse más allá de la isla”, se entusiasma Perugorría.

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“En la pintura he encontrado la libertad que no tengo en el cine porque es mucho más personal.”
 
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