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Domingo, 3 de marzo de 2013

CULTURA › MUESTRA FOTOGRAFICA PUEBLOS ORIGINARIOS: DOS MIRADAS

De opresores y oprimidos

El C. C. Haroldo Conti reunió dos exposiciones: por un lado, la del Colectivo Guias, que refleja la mirada racista de principios del siglo XX. La del Proyecto Raíces es resultado de talleres de fotografía estenopeica brindados en comunidades tobas y mapuches.

 Por Facundo Gari

La exposición, con entrada gratuita, se podrá ver hasta el 10 de marzo.

Si la fotografía es una manera de mirar, la distancia entre Prisioneros de la ciencia y Los ojos de la tierra es la que distingue al opresor del oprimido. La primera de esas muestras, del Colectivo Guias, revela el punto de vista del colonizador: en 1906, el antropólogo alemán Robert Lehmann Nitsche y el entomólogo Carlos Bruch caían al ingenio jujeño La Esperanza a realizar un acopio de instantáneas para el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, por entonces dirigido por su fundador, Francisco Perito Moreno. “Uno de los fines era buscar rasgos físicos que marcasen una diferencia biológica entre la civilización europea y su noción de ‘salvaje’, distinción que es base en la justificación del racismo”, aporta Fernando Pepe, coordinador de la agrupación, acompañado por Miguel Añon Suárez y Marco Bufano Fernández. La segunda muestra, de Proyecto Raíces, es resultado de los talleres de fotografía estenopeica brindados desde 2005 por Verónica Mastrosimone y Esteban Widnicky en comunidades tobas y mapuches. “A través de estas imágenes, gritan que viven en el monte resistiendo alambrados y que les quieran robar la tierra”, decodifica él. Bajo el título Pueblos originarios: dos miradas, ambas exposiciones convergen en el Centro Cultural Haroldo Conti (Av. del Libertador 8151), con entrada gratuita, hasta el 10 de marzo, antes de salir a recorrer el país. Son 78 piezas en escala de grises curadas por Cristina Fraire, retratos tan intensos como las reflexiones que provocan.

El museo como cementerio

“Guias” es una sigla, por eso no lleva tilde: Grupo Universitario de Investigación en Antropología Social. Nació en marzo de 2006, de la reunión de unos quince estudiantes de antropología de la UNLP, para exigirle al museo platense que retirara de exhibición diez mil restos humanos de pueblos originarios, lucha conquistada en sólo tres meses. Más ardua es su tarea actual: impulsar la restitución de los cuerpos que esas comunidades le exigen –en el marco de la Ley nacional 25.517– a la institución pública, dirigida por Silvia Ametrano hace quince años. Las historias de los huesos encajonados en ese subsuelo son escalofriantes. En una entrevista publicada en Página/12 en 1992, el arqueólogo Rex González cuenta: “Después de la Campaña del Desierto se trajeron indígenas al Museo de La Plata y se los utilizó como peones de limpieza. Cuando murieron, mandaron sus cuerpos a los laboratorios de la Facultad de Medicina para que les sacasen el cerebro, el pelo, los huesos, y luego sus restos volvieron al museo. Seguían siendo considerados su ‘patrimonio’. Eran objetos, no seres humanos”. “Trofeos de guerra”, puntualiza Pepe, que encuadra el asunto en una tradición genocida.

En los sótanos del edificio del bosque platense, tras el rastro de la identidad los miembros de Guias dieron con los negativos de Prisioneros..., testimonios de cámaras “dirigidas por la mirada racista de esa época”, años de dominación colonial e incubación nazi, subraya el coordinador. “Lehmann Nitsche y Bruch querían mostrar rasgos característicos de los judíos en los hermanos wichí para justificar la explotación, porque toda discriminación es su base teórica. La justificaban con la falaz inferioridad racial. Es lo que utilizó luego el nazismo para exterminar al pueblo judío; acá se los hacía trabajar hasta morir”, vincula. La cosificación es evidente: los indígenas aparecen desnudos, descontextualizados con un telón blanco de fondo, en posiciones humillantes. Una anotación frívola sobre el material: “Para conseguir algo de variedad, y para no cansar la vista, hemos alternado los relevamientos matemáticos con otros de índole artístico y con fotografías de busto”.

Para sacar una foto no se necesita lente. En eso se centra la fotografía estenopeica, técnica que reside en el paso de luz por un agujerito (llamado estenopo) en una “cámara oscura” hasta su plasmación en el material fotosensible, del que se obtiene un negativo. Proyecto Raíces usó latas de leche en polvo en sus talleres con tobas de Santa Rosa y mapuches de Esquel. “La idea fue volver a las raíces de la imagen, no llevarles tecnología ni modernidad”, contiene Widnicky. De la experiencia con 48 niños y adultos de Lago Rosario es receptor Un pueblo mapuche. Los ojos de la tierra (2011), libro prologado por Osvaldo Bayer que reúne más de 140 instantáneas, algunas de las que ahora componen la puesta visual en la ex ESMA. El compendio es predecesor de Un pueblo toba. Lo que narran sus ojos (2006), que compila la labor en Formosa y cuya recaudación de venta sirvió para construir una sala de primeros auxilios en San Carlos.

Según Widnicky, “la idea fue enseñar fotografía para que pudieran contar su historia, la de sus sueños y de su vida, con imágenes”. Pepe lo secunda: “Los pueblos originarios se están organizando de manera muy fuerte y van a ser los que cuenten su historia, con sabios propios. Somos un nexo, pero esa organización pronto dará frutos”. Retoma el fotógrafo: “Se trata de que cuenten sus artes, sus medicinas, su alimentación. Pusimos en una lata lo que necesitaban gritar”.

“Un pasado ominoso frente a un presente esperanzador”, distingue Pepe. No obstante, común a todas las fotos encuentra la “tristeza profunda en los ojos de los hermanos de los pueblos originarios”. A pesar de encontrar favorable el contexto histórico, no deja de remarcar que se trata de una exhibición de denuncia. “La mirada del colectivo es que después de tantos años de resistencia, pasamos a la ofensiva. Los pueblos originarios, como muchas otras minorías, se están poniendo a la luz con la conquista de derechos. Muere un hermano qom y salen los medios a cubrirlo, como parte del juego político mediático. Pero hay sensibilidad por parte del Gobierno y por parte de la oposición. Hace diez años nadie hablaba de esto porque todo el pueblo argentino estaba sumido en la miseria”, observa.

En el documento El familiar: del ingenio La Esperanza al Museo de La Plata (De La Campana, 2010), libro de Guias que compila las imágenes de Lehmann Nitsche y Bruch, el prólogo se ocupa de comprender los ingenios esclavistas como “verdaderos campos de concentración”. No es el único parangón entre la Campaña del Desierto y la última dictadura, sobre todo para una muestra que se exhibe en lo que fuera el CCD más emblemático del gobierno de facto y que ahora es un espacio de “lucha y vida”, en palabras de Hebe de Bonafini que Pepe cita. “Unimos no sólo desde lo simbólico sino desde lo material ambos genocidios. Sabemos que la clase social que compuso el de la dictadura cívico-militar era descendiente de los terratenientes que llevaron a cabo la campaña de Roca, bajo los mismos intereses agroexportadores”, concluye.

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