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Viernes, 10 de enero de 2014

CULTURA › FICCIONES EN DEMOCRACIA COMPILA CONVERSACIONES CON AUTORES ARGENTINOS

Para lidiar con la pérdida de sentido

La periodista Silvia Hopenhayn juntó en este libro las charlas con escritores, mantenidas en el marco de la 39ª Feria Internacional del Libro, acerca de la narrativa en tiempos de democracia y las obras que mejor representan el período 1983-2013.

 Por Silvina Friera

“La narrativa es una máquina de lidiar con la pérdida de sentido; la realidad es su palco, pero no su escenario”, advierte Silvia Hopenhayn en la introducción de Ficciones en Democracia (Planeta), un libro que compila las conversaciones de la periodista con autores argentinos en el marco de la 39ª Feria Internacional del Libro sobre la narrativa en tiempos de democracia y las obras que mejor representan el período comprendido entre 1983 y 2013. Martín Kohan, Luisa Valenzuela, Juan José Becerra, Fernanda García Lao, Ana María Shua, Claudia Piñeiro, Gabriela Cabezón Cámara, Leonardo Oyola, Guillermo Martínez, Carlos Gamerro, Luis Gusmán, Pablo de Santis, Luis Chitarroni, Leopoldo Brizuela, Rodolfo Rabanal y Damián Tabarovsky recuperan un conjunto de textos disímiles que podrían conformar un mapa arbitrario y provisorio del tejido narrativo democrático. En estas charlas cada escritor tenía que elegir tres títulos y fundamentar ese recorte. Hay coincidencias en tres elecciones: La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, Glosa de Juan José Saer y La última conquista de El ángel de Elvira Orphée. Fogwill, César Aira y Félix Bruzzone son tres de los escritores más mencionados, pero con distintas novelas o cuentos: “Help a él”, La experiencia sensible y Los pichiciegos; Ema, la cautiva, Una novela china y La vida nueva; 76 y Los topos, respectivamente.

El momento cero de la vuelta a la democracia es la guerra de Malvinas para Kohan. Una de las ficciones que prefiere es Los pichiciegos de Fogwill, “el primero que capta la necesidad de narrar la guerra sin épica” poniendo el foco en “la farsa y la picaresca del sobreviviente”. Las islas, de Carlos Gamerro, “lleva al límite todos los mecanismos de la parodia”. En Diario de una princesa montonera de Mariana Eva Pérez, Kohan subraya que la autora se hace una pregunta “que hoy no tiene respuesta, pero para mí es ‘la’ pregunta: cuándo vamos a poder hacer chistes sobre la ESMA”. Luisa Valenzuela rescata La última conquista de El angel, novela de Elvira Orphée escrita en 1975 pero recién publicada en 1984. “Este libro desgarrador pinta la metafísica de la tortura, la imaginación puesta a favor de la tortura, porque son los torturadores quienes hablan. Es darle la voz al otro inconcebible”, sintetiza la escritora sobre la novela de Orphée. Memoria de La Perla y la Ribera, de Susana Romano Sued, “inaugura una poética de la alusión, una manera magistral de decir lo que parecería ser indecible”, en el análisis que hace Valenzuela, “poniendo en escena el sufrimiento visto desde el cuerpo”. La casa de los conejos de Laura Alcoba es una novela autobiográfica que busca desde la ficción y los recuerdos fragmentados “reconstruir un pasado de quiebre”.

“La realidad es una experiencia glosada”, dice Becerra sobre Glosa, de Saer, “el primer gran novelista después de Borges” –que justamente no era novelista–, un autor que abre “un mundo nuevo” y cambia radicalmente el mapa de la literatura argentina. Las otras seleccionadas son Una novela china de César Aira, “por pensar un poco la Argentina desde un punto de vista totalmente distante”, y La experiencia sensible de Fogwill porque, a diferencia del discurso sobre el daño que se produjo entre 1976 y 1983, “habla de la experiencia de los beneficiarios de ese régimen”. García Lao pondera Ema, la cautiva, de César Aira, porque “basta que uno se quiera alejar del presente para ser más contemporáneo que nunca”; La ciudad ausente de Ricardo Piglia, “una novela que viene con otros libros adentro”; y Tadeys de Osvaldo Lamborghini, un tríptico “absolutamente delirante”. Ana María Shua escoge tres libros de relatos: Hombres como médanos, de Inés Fernández Moreno –“una prosa riquísima, como esponjosa, un humus en el que crecen las ideas”–, Amor propio de Carlos Chernov –”cuentos realmente perturbadores, raros, extremadamente originales”– y Pájaros en la boca de Samanta Schweblin, relatos que “no son fantásticos en absoluto, son cosas que pueden suceder en la realidad”. A Cabezón Cámara le encanta la operación política que hace Néstor Perlongher en Evita vive –”una Evita atorranta, drogona, que disfruta del sexo, de las drogas”–, “la misma que antes había hecho Montoneros”, pero “más revulsiva” en Perlongher porque “es mucho más tabú representar a Evita como una zombie sexópata que como una heroína de la revolución”. El affair Skeffington de María Moreno, en la perspectiva de Cabezón Cámara, “se trata de manera de vivir el deseo, un libro queer que se enmarca en los años veinte en París, entre un grupo de mujeres norteamericanas, ricas y muy excéntricas que tienen sexualidades no definidas”. El gran surubí de Pedro Mairal, escrita en sonetos, es “un Martín Fierro contemporáneo”.

“Uno piensa en los libros representativos de la democracia y piensa en los libros sobre la dictadura. Pareciera que funcionara por inversión”, dice Gamerro antes de fundamentar sus elecciones: Los topos de Félix Bruzzone, Ciencias Morales de Martín Kohan y Cera Negra de Andrea Rabih (1967-2011). El libro de Bruzzone es “algo totalmente inesperado: un hijo de desaparecidos que no quiere ser hijo de desaparecidos”. “Toda la novela se plantea como una fuga. Como una huida, ya sea del personaje, de los mandatos o de las exigencias que implica estar marcado por un pasado que él no eligió, que le viene impuesto”. A la novela de Kohan la define como “foucaultiana” porque se ocupa de la “microfísica del poder, del poder minucioso, cotidiano, que se nos va metiendo en el cuerpo”. Rabih es una escritora “despiadada consigo misma, con su escritura, con sus lectores, no hay el menor rasgo de autoindulgencia”. Oyola elige Un muchacho peronista de Marcelo Figueras, “toda una ucronía” que plantea “qué hubiera pasado en el país si no hubiera existido Perón”; El Dock de Matilde Sánchez porque para el escritor la autora hace hincapié en “dónde estábamos cada uno de nosotros esa madrugada de Reyes del copamiento de La Tablada y cuánto nos tocó”; y El año del desierto de Pedro Mairal, “la gran novela nuestra sobre lo que pasó en 2001”. Gusmán opta por El carapálida de Luis Chitarroni, “escrita contra la novela de iniciación y un tópico abominable: la educación, cuyo modelo es Juvenilia”; Odiseo confinado de Leónidas Lamborghini, “un larguísimo poema, un verdadero festejo literario” que “trata del mito de Ulises y lo lleva a la cotidianidad del espacio de una redacción y del periodista como escriba esclavo de su oficio”; y Las sagradas escrituras de Héctor Libertella, “una literatura hecha de saqueos, atribuciones erróneas, parodias”.

En esta dulce tierra, de Andrés Rivera, su primera novela histórica del escritor que transcurre durante el rosismo, es una de las mencionadas por De Santis, un libro “lacónico y de tono alucinatorio”. Las otras novelas son Glosa, “un largo diálogo indirecto, una especie de summa de sus temas y obsesiones”; y La ciudad ausente, “una guerra de ficciones”. Chitarroni apuesta por lo estilístico y se inclina por En el corazón de junio, de Luis Gusmán, El mal menor de Charlie Feiling y La vida nueva de César Aira. “La literatura empieza con la imaginación, un mundo relativamente autónomo”, postula Martínez, que elige La traducción de Pablo de Santis, El trabajo de Aníbal Jarkowski y El país imaginado de Eduardo Berti. “El sufrimiento siempre es autobiográfico”, sentencia Piñeiro y selecciona Infierno grande de Guillermo Martínez, El buen dolor de Guillermo Saccomanno y Las garras del niño inútil de Luis Mey. Entre sus preferencias, Rabanal opta por el cuento “Help a él” de Fogwill, “inocultable parodia de ‘El aleph’ que desenfrena los mecanismos de la imaginación hasta un grado de erotismo no frecuente en la literatura argentina”; “En Familia” de María Moreno, un texto que, “arrancando de lo banal, casi de la distracción, se eleva hacia la transfiguración de lo corriente en perverso”; y El agua en el agua, de Paula Pérez Alonso, “un salto extremo a la escena de mayor violencia europea después de la Segunda Guerra Mundial”. Brizuela rescata Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson; la novela de Orphée y los cuentos 76 de Félix Bruzzone. Tabarovsky, finalmente, elige Los planetas de Sergio Chejfec; Las peripecias del no de Luis Chitarroni y Qué hacer, de Pablo Katchadjian: “La literatura que a mí me interesa se mueve en el horizonte de la rareza, la erudición, la ironía, la excentricidad, la reflexión crítica sobre la escritura misma”.

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La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, es uno de los libros más mencionados por los escritores.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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