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Lunes, 6 de octubre de 2014

CULTURA › EL ESCRITOR Y CRíTICO MARTíN KOHAN HABLA DE EL PAíS DE LA GUERRA

“Civilizar la violencia no es eliminarla, sino regularla”

En su flamante ensayo, el autor desmonta el relato bélico oficial de la identidad argentina. Y provoca: “Plantear que el padre de la patria hubiera sido Mariano Moreno y no San Martín habría impulsado otra postulación de la identidad nacional”.

 Por Silvina Friera

El sagaz combate se libra en el escenario de un gran género: el ensayo. Cuerpo a cuerpo con las palabras de los intérpretes que levantaron las columnas principales de la argentinidad –con Belgrano y San Martín a la cabeza–, un excepcional y obsesivo escritor y crítico argentino se mide con la evidencia de que la historia patria se concibe como historia de guerra; una variada narración de batallas y de héroes militares, de soldados por vocación o por la fuerza, de trincheras eficaces o mal cavadas, de enemigos en fuga o de capitulaciones. Esta manera de contar suele escamotear el papel de la gesta cívica y de una elite letrada que imaginó y escribió la nación. En los textos que integran El país de la guerra (Eterna Cadencia), Martín Kohan, en una ardua labor de exploración y análisis por las eclécticas textualidades de Domingo F. Sarmiento, Bartolomé Mitre, Juan Bautista Alberdi, José María Paz, José Hernández, Leopoldo Lugones, Rodolfo Walsh, Fogwill, Carlos Gamerro y César Aira, entre otros, descompone y astilla en mil pedazos ese gran relato que compuso Mitre para iluminar el modo en que operan los tonos narrativos de este origen bélico. Hasta en una nota al pie de las Memorias póstumas de Paz encuentra jugo para exprimir y desbaratar esa especie de lugar común que pontifica que el triunfo de la civilización implica eliminar por completo la violencia.

Kohan dice que El país de la guerra es deudor de muchas lecturas y profesores que han sido fundamentales en su itinerario. “Josefina Ludmer, a quien le dediqué el libro, me formó para hacer lo que traté de hacer con estos ensayos. A veces la crítica encuentra su objeto y lo trabaja; en otros casos, por lo menos es lo que aprendí de Josefina, construye su objeto. Mi objeto no estaba dado. Cuando trabajás un autor, tu objeto es lo que escribió ese autor. En cambio cuando proponés recomponer una historia en clave de guerra desde los orígenes hasta el presente, tenés que ver cómo componés ese objeto. En la gauchesca sigo el texto de Josefina –El género gauchesco: un tratado sobre la patria– y Letras gauchas de Julio Schvartzman”, cuenta el escritor a Página/12.

–¿Por qué tomó la guerra como hilo conductor?

–Yo tenía el punto de partida y el punto de llegada. El punto de partida era San Martín, una cuestión que había quedado planteada en los ensayos de Narrar a San Martín: la idea de asignarle la condición de padre de la patria al guerrero. Durante el Bicentenario volví sobre el fallido en los medios, ¿celebramos los doscientos de qué? A cada rato decían el Bicentenario de la Independencia, pero no era de la Independencia sino de la Revolución. San Martín ni siquiera estaba acá en 1810. Entonces, ¿cómo podés designar un mito de origen en 1810, si el padre de la patria no sólo no estaba acá, sino que peleaba por España? En ese momento pensé mucho sobre lo que hubo que acomodar, desacomodar o reacomodar para cristalizar en San Martín y en el guerrero la idea fundacional. El punto de llegada del libro era Malvinas. Hace muchos años, en 1993, con algunos compañeros de la facultad armamos un primer corpus de textos sobre Malvinas en el que estaban Los pichiciegos de Fogwill, “Memorándum Almazán” de Juan Forn, “El aprendiz de brujo” de Rodrigo Fresán, El desertor de Marcelo Eckhardt y “La causa justa” de Osvaldo Lamborghini. La literatura estaba contando una versión diferencial de cualquier otra versión sobre Malvinas que podía estar circulando socialmente. Cuando apareció Las islas, de Carlos Gamerro, todas mis antenas estaban ahí porque fue un texto muy significativo que se venía a incorporar a una reflexión que yo ya venía maquinando.

–Excepto por Malvinas, la guerra parece la gran “ausente” en el siglo XX argentino, ¿no?

–El siglo XIX estuvo plagado de guerras, al menos hasta el ’80; en el siglo XX hasta Malvinas, no hay guerras. Hay una premisa que seguí: trabajar la guerra sobre la base de una definición conceptual lo más precisa posible de manera de no irme a una metáfora de la guerra. Si ya hay guerra por todas partes –incluso los clásicos son textos de guerra, como el Facundo y Martín Fierro–, si convertía eso en una metáfora, casi no hay libro que no pueda ser leído en clave de guerra. Pero mi idea no era hacer de eso una metáfora. Hubo un desafío en el siglo XX al no haber habido guerras, exceptuando Malvinas y la discusión sobre los años ’70. No hay guerra, pero está el mito de un guerrero, a la vez no percibido como guerrero. El culto al Che Guevara paga un precio altísimo de despolitización y desideologización, pero también advertí que la sublimación del sujeto de la violencia queda filtrada en el culto que conocemos.

–¿Cómo explica que en el imaginario nacional esté tan arraigada la idea de guerra? Es interesante el repaso y análisis que hace sobre las memorias de Paz.

–Paz era un escritor tremendo... tiendo a enfatizarlo porque fue mi punto de partida. Guerras civiles hubo en todos los países; todos los países se fundan con guerras de independencia de por medio, Estados Unidos también. Todos pasan por un ciclo de guerras civiles –Estados Unidos también–, y sin embargo no todos disponen su autoimagen, sus mitos de origen o su panteón de próceres con un predominio de las figuras bélicas tan fuerte como el nuestro. En la discusión de Alberdi con Mitre sobre San Martín, está la cuestión central sobre por qué no configurar un relato de origen poniendo más el acento en la fiesta cívica. Plantear que el padre de la patria hubiera sido Mariano Moreno y no San Martín habría impulsado otra postulación de la identidad nacional.

–Una postulación que hubiera implicado correr el eje de lo militar a lo intelectual...

–Exactamente. La historia, la identidad nacional y los mitos nacionales, funcionan sobre la base de la naturalización. El abanico de opciones disponibles eran muchas cuando discuten Alberdi y Mitre. La resolución histórica fue San Martín, pero podría haber sido otra. Eso habría implicado correr el eje. ¿Cómo podría haber sido el imaginario de la argentinidad si la designación de un padre de la patria y de una gesta fundacional de la patria hubiese sido no (Cornelio) Saavedra –que además era jefe militar–, sino los ideólogos como (Juan José) Castelli y Moreno? San Martín es una figura particularmente vacía o vaciada, en el sentido de que no legó una escritura, unas memorias. Esa vacancia es interesante, así como también hubo una vacancia en cuanto a la organización política de la nación. No se trata de una cuestión contrafáctica. Yo soy crítico literario y mi trabajo ha sido componer con distintas voces y miradas una especie de gran relato de la identidad nacional que trata de analizar las consecuencias que tiene este gran relato hasta hoy.

–Dominguito, el hijo de Sarmiento que peleó en la guerra del Paraguay y murió en combate, tranquiliza a su madre en las cartas hasta un día antes de su muerte. ¿Se podría conectar esta especie de triunfalismo y optimismo con la guerra de Malvinas?

–Es complejo; en cuanto a Malvinas, desde los mandos militares, la confianza era que no iba a haber guerra. Los soldados, justamente porque estaban ahí, apenas vieron la flota inglesa comprendieron que no había manera de triunfar. La épica es el género por excelencia del relato de guerra. En el caso de San Martín funciona espléndidamente: todo es épico. Lo interesante es ver las fallas cuando el género épico no funciona, con guerras ganadas o con guerras perdidas, porque la guerra del Paraguay se ganó, pero costó mucho más de lo esperado. Lo que veía en la guerra del Paraguay es el desplazamiento del género épico al género trágico: el héroe va a la muerte y no lo sabe; uno lo sabe, él no. En Malvinas hay desplazamientos a la cosa picaresca o farsesca: la picaresca en Fogwill, la farsa en Gamerro. Cuando hay una falla bélica, hay que ver qué hacen las narraciones con esa falla. En el texto de (José Ignacio) Garmendia, la guerra de Paraguay se corre al género fantástico y narra las muertes con la idea de la premonición. En el caso de Dominguito, es el héroe trágico que va a su destino sin saberlo.

–A partir de los festejos del bicentenario, ¿cree que hubo una tentativa, por lo menos en Horacio González, que le puso a la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, de correr el eje del origen hacia lo intelectual?

–Sí, porque Horacio González es un intelectual capacitado para pensar la historia argentina entera como historia del desarrollo intelectual y leer las disputas, los conflictos y los vaivenes de un modo que seguramente involucra un cambio de eje y de perspectiva más de fondo que los debates que se han dado en el revisionismo, que anuncian una puesta en cuestión de la historia liberal y que en algún sentido lo hacen; pero algunos fundamentos de fondo de la concepción general quedan intactos, como la centralidad de San Martín como padre de la patria.

–Si civilizar es transformar al gaucho en soldado, como se plantea en uno de los ensayos, ¿qué sucede con la violencia? ¿Se vuelve una “violencia civilizada”?

–La civilización es civilizar la violencia, no eliminarla: cómo convertir esa violencia “bárbara” en una violencia entre comillas “civilizada”. No es lo que otra clase de imaginario supondría: una sociedad elimina la barbarie, elimina la violencia y se funda en acuerdos racionales. No es así cómo ocurre. Civilizar la violencia no es eliminarla, sino regularla, domesticarla y utilizarla racionalmente. Lo que no le quita ferocidad; le quita descontrol, llegado el caso. Hay toda una zona del Martín Fierro que es básicamente esto. El relato bélico de la identidad argentina traza el límite de la violencia que podrá ser asimilada y la que no. Y, por lo tanto, dónde se va a construir un mito de lo popular dentro de la identidad argentina y dónde no: la cuestión de la mitificación del gaucho y la eliminación del indio en la identidad argentina. Una cultura puede resolver por vía simbólica y mítica lo que destrozó en los hechos, un movimiento típico: porque te aplasto en la realidad, te mitifico en lo simbólico. La cultura argentina lo hace con el gaucho sobre la base de la eliminación de cualquier memoria de un sustrato indígena integrado a la identidad nacional, excepto cosas finalmente laterales. El Martín Fierro da cuenta de cómo con el gaucho se puede hacer un buen soldado, pero con el indio está la duda, la pregunta. Cuando esta pregunta se hace en clave de guerra, una respuesta nítida puede ser la que da Martín Fierro, que a la vez tiene una complejidad interesante porque está la trampa del discurso del genocidio que me hizo ver Leopoldo Brizuela. Decir que en la Argentina mataron a todos los indios no deja de ser una manera de duplicar la eliminación, porque no mataron a todos los indios, y no me refiero a volver más amable las masacres que hubo contra los indios.

–Los indios de las provincias del norte no fueron exterminados por un plan sistemático como sí sucedió en el sur del territorio argentino.

–Sí, es cierto, aunque morían como moscas por la explotación laboral. Pero no hubo una campaña de exterminio en el norte del país, no por razones filantrópicas, sino por las razones que mueven al capitalismo: necesitaban mano de obra, por lo tanto no los mataron. Los hacían trabajar en condiciones tan aberrantes que morían. La insistencia en la idea de genocidio supone una segunda tachadura. ¿Qué es lo negro de los “cabecitas negras”?, para hacer la interrogación en clave peronista. En la medida en que no percibimos lo negro del “cabecita negra” como una expresión de lo indio, hay una paradójica supresión que se esgrime en nombre de la denuncia del genocidio, o sea desde la mejor intención. Pero desde esa intención, otra vez estás diciendo: “En este país no quedó ningún indio”... Esto no es efecto de un enunciado del roquismo, es un efecto paradójica de un enunciado de denuncia del roquismo que, pese a su buena intención, termina reproduciendo la misma eliminación en el plano simbólico.

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Kohan se mide con la evidencia de que la historia patria se concibe como historia de guerra.
Imagen: Rafael Yohai
 
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