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Miércoles, 4 de noviembre de 2015

CULTURA › COMIENZA HOY LA 9ª FERIA DEL LIBRO ANTIGUO DE BUENOS AIRES

Un mundo de libros raros y exquisitos

Catorce expositores participarán de este encuentro que se desarrollará hasta el domingo en La Abadía Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos. Habrá primeras ediciones, ejemplares autografiados o dedicados, grabados, fotografía, afiches y mapas del siglo XV al siglo XX.

 Por Silvina Friera

La fiesta de los bibliófilos, el coleccionista compulsivo de libros viejos y antiguos, está por empezar: hoy a las 18, en La Abadía Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos, se inaugurará la 9ª Feria del Libro Antiguo de Buenos Aires, organizada por la Asociación de Libreros Anticuarios de la Argentina (Alada), con entrada libre y gratuita. Este clásico que cada vez suma más curiosos, entusiastas y público inquieto con ganas de saber de qué se trata esta pasión o vicio –según cómo se lo mire– desplegará un mundo maravilloso de libros raros, exquisitos, primeras ediciones, ejemplares autografiados o dedicados, grabados, fotografía, afiches y mapas del siglo XV al siglo XX. “La feria es un momento maravilloso que nos permite volver a estar en contacto con un montón de personas que están esperando un evento descomunal como no hay otro parecido en el Cono Sur. Todo el grupo de colegas nos encontramos para mostrar piezas que venimos guardando para acercarlas a la gente que nos visita”, dice Elena Padín Olinik, dueña de la librería anticuaria Helena de Buenos Aires, a Página/12.

El gran anzuelo de Helena de Buenos Aires es una cantidad importante de afiches modernistas originales de la París de la Belle Epoque, editados por Jules Chéret en 1899. “Uno es más hermoso que el otro –subraya Padín–. El afiche es un arte efímero porque una vez que se pegó en la pared se arranca y se pierde. Chéret los compila en una carpeta que se llama Los maestros del afiche”. El surtido de esta librera incluye una historia de la colonización portuguesa en Brasil con litografías originales y mapas, en una edición monumental y conmemorativa de la independencia de Brasil (1921-1926), en tres grandes volúmenes; la primera edición de Estrella de la mañana de Jacobo Fijman, publicada en 1931 por la editorial Número; la primera edición y ejemplar dedicado para la escritora chilena María Luisa Bombal de Interlunio de Oliverio Girondo, editado por Sur en 1937, ilustrado por Lino Enea Spilimbergo; primeras ediciones de Jorge Luis Borges, un ejemplar de la primera edición El juguete rabioso de Roberto Arlt firmado por el escritor. Padín Olinik es la única mujer entre los catorce expositores: Alberto Casares, Alberto Magnasco, Fernández Blanco, Hilario, La Librería de Avila, Hilario, Librería de Antaño & The Antique Bookshop, Libros La teatral, Los Siete Pilares, Martín Casares, Poema 20, Rayo Rojo, The Book Cellar y Víctor Aizenman. “Los libreros anticuarios somos apasionados y muy curiosos. Y estamos pendientes de lo que está buscando el coleccionista, el investigador, el que está escribiendo un libro –agrega Padín Olinik–. Tenemos un montón de cualidades muy lindas.”

Alberto Casares precisa que el librero anticuario “ya no es solamente anticuario, sino que es una suerte de librero especializado en libros que permanecen en el tiempo, independientemente de su fecha de publicación”. En el stand de su librería homónima, Alberto Casares, hay primeras ediciones de libros de Manuel Puig, Manuel Mujica Lainez, Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Francisco Luis Bernárdez, Leopoldo Marechal y Leopoldo Lugones, entre otros. “Uno no puede llevar todo lo que quiere porque el lugar es acotado, pero cada librero llevará entre 120 y 200 libros. Entre todos los que estamos se arma una librería anticuaria muy interesante”, revela este librero anticuario que tiene una trayectoria de 40 años. Antes de que le picara el bicho del libro viejo, trabajó en una editorial que ya no existe más, Carlos Lohlé, entre 1967 y 1975. “Mi primera librería la tuve en 1975. Empecé en el peor momento, en la época del Rodrigazo, con Isabel Perón de presidenta, no había créditos; a pesar de que las editoriales me conocían, no me daban un libro si no lo pagaba. Pero contra viento y marea puse esa pequeñísima librería. Me costó muchísimo sobrevivir porque no tenía dinero. Durante muchos años trabajé solo, sin ningún tipo de auxilio de nadie. No tenía teléfono y estaba en un local de una galería no muy concurrida, pero era lo único que podía alquilar. Me pedían libros agotados y yo salía corriendo a buscarlos porque estaba muy acostumbrado a recorrer las librerías de Buenos Aires y tenía una memoria con cierta deformación profesional que me hacía encontrar el libro. Y así me iba haciendo mis clientes.”

Durante los primeros meses de esa pequeñísima librería, que ya se llamaba Alberto Casares, vendió libros nuevos. “Todavía no tenía el bicho del libro viejo. Pero a medida que me pedían libros agotados, empecé a descubrir el mundo del libro agotado y después el del libro antiguo. Los mismos clientes me fueron llevando a un mundo que no conocía y que una vez que lo descubrí ya no pude parar más –confiesa el librero–. Las escuelas de libreros que hay en la Argentina hacen más hincapié en la parte de administración, pero hay algo que es muy difícil de transmitir y de enseñar, que es que el maestro del librero anticuario es el libro y el cliente, mucho más que un profesor que te venga a decir cómo tenés que administrar el stock. Es difícil tener las condiciones para ser a la vez un buen librero y no fundirte. La tentación de la compra es enorme y a medida que va a pasando el tiempo cada vez viene más gente a ofrecerte sus libros y uno se tienta. Y aunque sabés que no lo vas a vender nunca, lo comprás igual. Uno compra en progresión geométrica y vende en progresión aritmética: comprás un lote de 500 libros y vendés 20. Te quedan 480 de fondo y el libro va ocupando todo y no hay estantería que te alcance. Es un mundo fascinante e interminable que todos los días te depara una sorpresa o una satisfacción”. Entre las alegrías recientes está la compra de una edición del Martín Fierro que nunca tuvo, ilustrada por Alfredo Guido, una edición especial de 200 ejemplares publicada por la editorial Kraft en 1959. “A veces no nos interesa tanto el valor comercial, sino que hay otros valores del libro que nos deparan muchísimas alegrías. Es raro todo esto. Me suelen preguntar cuál es el libro que más pena me dio vender. Todos me da pena venderlos. Uno se puede enamorar de un libro que está medio delicado, medio roto, y no importa. A veces compro libros que están para la terapia intensiva, para restaurarlos y ponerlos en valor. Una de nuestras tareas es restaurar y poner en valor los libros buenos.”

* La Feria La Abadía Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos (Gorostiaga 1908), hasta el domingo próximo, de 12 a 20 horas.

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El festival ya es un clásico porteño, para coleccionistas y curiosos.
 
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