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Domingo, 20 de marzo de 2016

CULTURA › ESTELA DE CARLOTTO, JAVIER FOLCO Y LA REEDICION DE SU BIOGRAFIA

“Entiendo la visibilidad, pero las Abuelas somos un colectivo”

Este jueves, en el 40º aniversario del golpe cívico-militar, Página/12 ofrece a sus lectores el libro que escribió Folco y prologó Baltazar Garzón. Entre otras cosas, el autor y la Abuela hablan aquí del significado y el peso de todos estos años de lucha.

 Por Karina Micheletto

“No es la primera vez que un escritor se inspira en hacer un libro sobre mi vida y, la verdad, mi primer impulso es siempre rechazar ese pedido. No me voy a cansar de decirlo: las Abuelas somos un grupo, un colectivo. Algunas podemos destacarnos, por la visibilidad que hemos tenido, por nuestra forma de ser, nuestras condiciones naturales, hasta los gestos que usamos al hablar, ¡todo eso se ha puesto en juego en estos años de lucha! Me han tomado como un referente y yo lo agradezco y lo asumo como una responsabilidad. Pero siempre dejo en claro: las Abuelas somos las Abuelas”. Estela de Carlotto habla con la voz y el tono que son ya una marca de eso de lo que habla: las Abuelas. Habla del libro que la tiene como protagonista: Estela. La biografía de Estela de Carlotto, que escribió Javier Folco, prologó Baltazar Garzón y editó Marea, y que Página/12 reeditará y ofrecerá a sus lectores el próximo 24 de marzo. Igual que el libro, para hablar de ella Estela habla de las Abuelas. Acaba de llegar de Bariloche, donde dio una charla en el Instituto Balseiro, recibió una distinción de la Legislatura y “aprovechó” para tener varias reuniones. “Estoy un poco cansada. A los 85 no es lo mismo que antes”, dice. Tras unas pocas horas de descanso, al día siguiente la espera una lista de actividades que, de escucharla, cansa.

“Este es el segundo libro que se escribe sobre mi vida (el primero fue el de Ricardo Petraglia, unos años atrás), y en ambos casos fue una linda experiencia. Cuando Javier Folco me lo planteó, me gustó su mirada, su sentido político, su visión de esta vida que me tocó vivir. Lo conocí en Córdoba, es un hombre muy vinculado a los derechos humanos, se ha formado mucho. El libro tuvo una primera edición en Italia, lo presentamos juntos en Roma, y acá tomó otra forma: fue después de que apareciera mi nieto”, recuerda la presidenta de Abuelas con una sonrisa.

–¿Y cómo la convenció?

–El planteó un enfoque distinto, y yo caí en la cuenta de que sigue siendo necesario un material como este. Para todos, pero sobre todo para los jóvenes, porque hoy son ellos los que nos piden, nos exigen, más información. Como siempre, la decisión involucró también a la familia. Porque, finalmente, el libro iba a hablar de ellos. Y de algo tan serio, tan delicado, y lamentablemente todavía discutido, como fue la etapa terrible de la Dictadura. Siempre surgen los mal intencionados, siempre está la amenaza de la sombra de duda sobre lo que pasó. Pensamos que este libro podía contribuir a la formación histórica de los lectores: que sepan qué pasó, por qué, y también cómo: cómo hicimos todo lo que hicimos, qué sentimos todos estos años, cómo seguimos adelante, y cómo nos paramos hoy. Yo soy una abuela más, pero presido la institución, he asumido un compromiso hasta que tenga vida. Desde ahí pensé también este libro, como pienso todo. Afortunadamente, hoy puedo decir que tengo catorce nietos, y están todos militando. Y que tenemos una sociedad que nos acompaña.

–Este 24 de marzo será especial por dos motivos: por el aniversario redondo, y por el contexto político y social en el que se presenta. ¿Cómo lo vive?

–El aniversario es redondo y el significado también, porque las cifras son espeluznantes. Por un lado, podemos festejar que tenemos la democracia más larga de nuestra historia. Y también surge que, a cuarenta años, todavía hay cosas demasiado graves por resolver. No sabemos qué fue de miles de personas asesinadas, no sabemos dónde están sus restos. No sabemos dónde están cientos de nietos que nos faltan encontrar. De esas cifras estamos hablando. Y lo peor es que, a cuarenta años, a nivel político y por algunos funcionarios, todavía se cuestiona la veracidad de nuestros actos y nuestros dichos. Esto no nos amedrenta: al contrario, nos muestra que todavía tenemos que seguir caminando, nos empuja hacia adelante.

–¿Qué piensan de la decisión de Barack Obama de visitar el Parque de la Memoria el 24 de marzo?

–No nos afecta, no le damos más importancia de la que tiene. En cambio, nos importa pensar para qué viene Obama a la Argentina: ¿es una visita solidaria, de reconocimiento hacia un país al que nunca vino, es un gesto de presidente a presidente? ¿O viene a firmar convenios que no serán beneficiosos para el pueblo, sino para los poderosos? Nosotras estamos preocupadas por eso: por los motivos de esta visita. Por lo demás, si se quiere honrar a nuestros desaparecidos en el Parque de la Memoria, están en su derecho: es un lugar público y están las puertas abiertas.

–¿Aceptarían reunirse con él?

–Si él nos cita para saludarnos, en algún espacio que no sea público sino privado, sí. Por supuesto que hemos tenido comunicación con la embajada, y con el Estado argentino, porque es un acontecimiento político y social y por lo tanto los organismos tenemos un rol. Por eso hemos hecho un pedido por escrito y tuvimos una respuesta favorable, que reconocimos como histórica: que ese país acepte desclasificar los archivos, es una gestión muy grande. También estamos esperando respuestas por otro tema que planteamos, el de la búsqueda de nuestros nietos en ese país. Entonces, si se nos invita, no tendríamos problema en ir a hablar cara a cara lo que hemos pedido por nota. En un lugar privado y con el respeto que merece el tema.

La familia Carlotto se extiende hoy a catorce nietos, que Estela nombra orgullosa como militantes, a los que hay que sumar tres bisnietos, y dos más en camino. Uno, el hijo de Juan Julio Falcone —”músico de La Caverna, nombralo por favor, así le hago propaganda”, dice, abuela al fin—. La otra, hija de Ignacio Guido Montoya Carlotto. “Se va a llamar Lola, y me hace pensar en Laura”, dice Estela. “Porque pienso que hoy ella sería abuelita, si no la hubiera matado esta dictadura siniestra, asesina, perversa. Entonces, esperar a mi bisnieta me llena de alegría por un lado, y de tristeza y nostalgia por el otro. Conociendo mi carácter, creo que me va a superar lo primero”.

Idéntica a sí misma

“Mientras exista una especie llamada humanidad, la historia recordará a estas mujeres que dibujaron un círculo con forma de mujer alrededor de la pirámide de Plaza de Mayo, gritando ‘¿dónde están los nuestros?’. Ellas enseñaron que si, según los militares, los desaparecidos no están en ninguna parte, pueden, entonces, estar en todas. Por eso siguen buscando”. La reflexión de Javier Folco marca el tono y el propósito que cumple su libro. Desde “La tragedia” –tal el título del primer capítulo– que atraviesa la Argentina a partir de 1976 y la tragedia personal que atraviesa Estela, hasta “Los tiempos de un abrazo”, que son los de ese reencuentro con su nieto, 36 años después, el libro recorre esta vida con la voz de su protagonista, con diferentes testimonios y fuentes, y con más de un mérito: el de mostrar la historia de una persona tan humana como cualquiera, que asumió una lucha de características únicas, es seguramente uno. Pero, al contar esta vida, Folco habla de la historia de un país.

“La idea de escribir el libro surgió leyendo un texto sobre Mandela. Me hizo pensar que ciertos personajes encarnan un carácter arquetípico y universal, por la tragedia que los ha atravesado pero también por lo que significan para la historia: una renovada apuesta, desde la acción política, a favor de los seres humanos y de sus derechos. En este sentido, las mujeres de la Plaza de Mayo siempre me han conmovido por la manera en que respondieron a la provocación del terrorismo de Estado, ‘apareciendo’ en el espacio público, cuando el verbo que conjugaba la historia argentina era su opuesto”, dice Folco en diálogo con Páginað12. Desde allí encaró un libro que, cuenta, pasó por varias etapas a lo largo de casi tres años de trabajo.

–Tratándose de una figura pública de estas características, había ya mucho escrito sobre Estela, y sin embargo la lectura revela nuevas facetas. ¿Se planteó esa dificultad al comenzar el libro?

–Sí, fue un problema darme cuenta, después del primer encuentro con Estela, que no era portadora de grandes titulares y que ciertas cuestiones de su vida pública y privada eran más o menos conocidas por todos. El desafío era entonces articular un relato basado en hechos fácticos, pero que pudiera ahondar sobre la identidad, la apropiación del espacio público por parte de personas sin militancia política previa, la mirada que un régimen totalitario podía tener sobre la condición política de las mujeres, la importancia de los abuelos en la configuración de nuestra identidad... Agudicé mi mirada sobre estas cuestiones a partir de la figura emblemática de Estela de Carlotto sin perder de vista, nunca, que mi empatía con el dolor y la búsqueda de las Abuelas en general, y mi admiración por Estela en particular, no debían desenfocar la mirada. Son un gesto y un símbolo reconocidos internacionalmente y el libro debía ser la posibilidad –otra más– de entender el porqué de la trascendencia de su trabajo.

–¿Qué fue lo más difícil en ese enfoque?

–Lo que hubo fue un nivel de complejidad mayor en el enfoque de algunos temas: por ejemplo, para mostrar el escrupuloso trabajo que desarrollan las Abuelas como colectivo cuando se enfrentan a los diferentes poderes que les desaparecieron a los hijos y nietos, o que fueron cómplices de la barbarie del gobierno de facto. Son poderes que hoy deben ser interpelados porque siguen siendo actores importantes de la vida social y política del país, y pueden ayudar a reconstruir la verdad, más allá del propio Estado. Pienso en la relación con la jerarquía de la Iglesia Católica, por ejemplo. Evidentemente, cuando se enfrenta el poder con la memoria de lo que ese poder ha producido, nos ha producido, pero al mismo tiempo con la convicción de que es ese mismo poder institucional el que debe reparar o ayudar a reparar el daño provocado, resulta difícil mantener ecuanimidad en el reclamo, y a su vez actualizar el diálogo después de cuarenta años. Creo que es una tarea de diplomacia política que las Abuelas llevan adelante con gran solidez.

–La aparición de Guido le dio un sentido nuevo a todo el libro (y a toda la vida y la lucha de Estela y de las Abuelas). ¿Cómo lo trabajó?

–El nieto de Estela apareció dos meses después de que el libro se publicara en Italia, a fines de mayo de 2014. Su aparición, obviamente, era el hilo rojo de la historia, ese que termina de unir las partes de un todo, y el libro debía reflejarlo. Si bien al principio busqué una entrevista con él e insistí un par de veces con esa posibilidad, finalmente pensé que lo más importante ya había sucedido: Estela había encontrado a su nieto y yo no tenía derecho a invadir semejante momento personal y familiar. No estaba escribiendo la noticia del diario de mañana, ni midiendo el rating de un programa a partir del hecho, sino que estaba intentando contar la historia de una mujer que, junto a otras como ella, buscó durante casi cuarenta años a alguien que la dictadura militar le había arrebatado cruelmente. Guido era el nieto más buscado y nombrado de la Argentina, pero Ignacio Montoya Carlotto es uno más de los quinientos nietos que dan razón de ser a las Abuelas de Plaza de Mayo.

–¿Qué es lo que más lo sorprendió de Estela, tras haber tenido la posibilidad de esta cercanía con ella?

–Estela dice que ella misma era una “burguesita tonta” hasta que la tragedia alteró su orden doméstico y su concepción de la política. Una mujer que festejó la caída de Perón en 1955 y que por eso mismo, más de cincuenta años después, puede entender y ponerse en el lugar de otros que hoy piensan como ella pensaba entonces. Desde ese lugar, me sorprende cómo la mirada política que tiene de la vida no entra en conflicto con una lucha amorosa llevada adelante sin flaquezas. Ahí está, cumpliendo el cometido que las circunstancias le pusieron delante: buscar, recordar, reparar, seguir. Destaco la manera con que enfrenta las situaciones dolorosas, para trascenderlas. Cuando algunos dudaban que Laura hubiera tenido un hijo, fue ella misma la que desnudó sus huesos en el cementerio para constatar con un especialista que Guido había cruzado la pelvis de su mamá. Eso le permitió cerrar un duelo para seguir luchando. De la misma forma, un día decidió que las rondas alrededor de la plaza debían ensancharse y dijo “ahora la plaza es el mundo” porque la desaparición de personas es una cuestión que le incumbe a la humanidad toda. O, después de encontrar a su nieto, dejó de publicar los recordatorios a Laura en cada aniversario de su muerte para seguir adelante con una búsqueda más colectiva que nunca. Estela es una mujer extraordinaria, pienso, porque es idéntica a sí misma. Algo que parece una obviedad, pero que muchos perdemos de vista con bastante frecuencia.

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“Me gustó la mirada de Javier, su sentido político, su visión de esta vida que me tocó vivir”, sostiene Estela.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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