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Martes, 26 de abril de 2016

CULTURA › LAURIE ANDERSON, SU PELíCULA DOCUMENTAL HEART OF A DOG Y LAS MANERAS DE VIVIR EL DOLOR

“No soy didáctica, prefiero plantear preguntas”

Habituada a generar materiales experimentales, la notable artista estadounidense apela a diferentes formatos audiovisuales en los que hay mucho material autobiográfico. Su nuevo film compitió en la Mostra de Venecia y fue celebrado en el Festival de Toronto.

 Por Astrid Riehn

En el inicio de Heart of a dog (“Corazón de un perro”), una versión animada de Laurie Anderson mira a cámara y se presenta: “Este es mi cuerpo de ensueño, el que uso para caminar por ahí... en mis sueños”. Y es esa Laurie de austeros trazos negros, dibujada por ella misma, la que cuenta que está en el hospital, tirada en la cama, cuando el médico le anuncia: “¡Es una nena!”. Pero cuando le acerca el bulto envuelto en una tela y Laurie lo abre, descubre que lo que hay dentro no es más que su perra Lolabelle.

La escurridiza rat terrier de ojos saltones fallecida en 2011 no fue una perrita cualquiera. Hija dilecta del hogar de artistas integrado por Anderson y su esposo, el músico Lou Reed, no sólo pintaba y hacía esculturas con las patas, sino que también tocaba el piano en público, como en un concierto a beneficio que dio junto a su entrenadora, Elisabeth Weiss, en Nueva York en 2010 (con dudosos resultados, pero quiénes son los humanos para juzgarlos...). Incluso se ve a la metida de Lolabelle sentada sobre el regazo de Anderson en una entrevista que la pareja de músicos dio en 2003 al periodista estadounidense Charlie Rose y que se puede rastrear por YouTube –una de las primeras que dieron juntos y que tenía como fin promocionar el lanzamiento del disco doble NYC Man: The Collection, del ex líder de The Velvet Underground–, cumpliendo a rajatabla con las reglas de urbanidad de la televisión. Ni un ladrido, ni un bostezo, ni una rascada fuera de lugar.

El interés por el universo canino de la poeta y artista, famosa por sus performances en las que combina música, danza y proyecciones y la decena de discos experimentales que editó en las últimas tres décadas –como Big Science (1981) y Bright Red (1994), algunos de los cuales incluyeron colaboraciones con músicos como Peter Gabriel, Brian Eno y Adrian Belew– no es ninguna novedad: en 2010 presentó en Sydney su Música para perros, un concierto al que la gente podía asistir con sus amigos de cuatro patas. Una experiencia que repitió hace poco, una fría noche de enero de este año, en el Times Square de Nueva York.

Con estos antecedentes no sorprende que Anderson haya decidido convertir a Lolabelle en la protagonista de su segundo documental, Heart of a dog, un ensayo muy íntimo acerca de la muerte, el miedo, el amor y los vínculos más primarios, que compitió el año pasado por el León de Oro en la Mostra de Venecia y fue celebrado por la crítica en cada uno de los festivales por los que pasó desde entonces, como el de Toronto o el IFF Panamá que se celebró a principios de abril de este año y del cual la artista fue una de las principales invitadas.

Lo que llama la atención es que, habiendo sufrido varias pérdidas significativas en los últimos años –como la de su madre o la del propio Reed, quien murió en 2013–, Anderson haya decidido filmar esta suerte de diario íntimo en torno a su perrita. Para la artista, cuya relación con el cine incluye composiciones para películas como Las alas del deseo, de Wim Wenders, o Antes de que anochezca, de Julian Schnabel, la decisión tiene su lógica: “Decidí que las cosas se vieran a través de los ojos de Lolabelle porque los perros tienen una gran habilidad para la empatía. Y eso es algo a lo que aspiro, a sentir empatía por los demás. Los perros son excelentes en eso: estudian a las personas, les gustamos. Como artista, hago lo mismo: me gusta estudiar a las personas y sus motivaciones en distintas situaciones de la vida. Y es así como el perro se convirtió en un ejemplo de ese interés por observar las cosas como son”, dice Anderson en la entrevista con Página/12.

Heart of a Dog es un objeto de difícil clasificación, como lo son, por otra parte, casi todas las creaciones de Anderson: ¿qué etiqueta ponerle, si no, a composiciones como “O Superman”, su canción de más de ocho minutos mitad cantada, mitad recitada de 1981 en la que repetía en un loop interminable “ha”, “ha”, “ha”, lo más cerca de un “hit” que la artista estuvo jamás? ¿Cómo definir iniciativas como la de los recitales perrunos?. Escrita, dirigida y musicalizada por Anderson, la película es un collage de filmaciones en Súper 8, viejas grabaciones familiares e imágenes de las cámaras de vigilancia que colonizaron Estados Unidos tras el 11S que sirven de telón de fondo para que Anderson confronte al espectador con una serie de preguntas inquietantes: “¿Qué es lo último que decimos al morir?” “¿Cuál es el nombre de las cosas que ves cuando cerrás los ojos?” “¿Para qué son los días?” “¿Para qué son las noches?”.

Anderson cita a Ludwig Wittgenstein, a Soren Kirkegaard, a David Foster Wallace y enseñanzas del budismo, fe que profesa desde hace mucho tiempo. Rememora sus paseos con Lolabelle por las colinas de California, adonde se escapó “para aprender a hablar” con ella en los días posteriores a los atentados de 2001, cuando toda Nueva York, la ciudad en la que vive, estaba cubierta por ceniza blanca y la gente alzaba la vista al cielo con miedo. Recuerda la muerte de su madre y la incomodidad que le producía tener que despedirse de ella sin amarla y también la de su amigo Gordon, quien murió demasiado joven mientras un maestro tibetano le gritaba al oído instrucciones para pasar al Más Allá en la creencia de que ése es el último sentido en desvanecerse. Heart of a Dog es una película caótica, pero no por eso marea ni confunde: el espectador es llevado de la mano de la voz siempre amable y cálida de Anderson, una voz dulce y profunda como la de las mujeres sabias o la de algunas abuelas.

–El puntapié de la película es una pérdida, la muerte de Lolabelle. Sin embargo, sería limitado decir que es una película sobre la muerte. ¿Siempre tuvo en claro el rumbo de la película o fue cambiando a medida que avanzaba con ella?

–Sí, fue cambiando un poco. Al principio era una colección de historias sobre la percepción, el lenguaje y este tipo de cuestiones. El tema es que es muy distinto hacer una película que grabar un disco, por ejemplo. Para hacer un disco podés hacer doce canciones separadas, y pueden ser como islas, no tienen que interpelarse unas a otras. Cuando hacés una película tenés que encontrar algo que te permita ir avanzando a través de ella, una pulsión. Tenía que encontrar eso. Y mientras iba haciendo la película por suerte lo fui encontrando.

–¿Y qué fue?

–El amor. Y cómo interpretamos de qué se trata. Cuando se enteró de que estaba haciendo una película, uno de mis hermanos -éramos ocho- me dio unas grabaciones de nuestra infancia. En estas viejas películas encontré imágenes de mí, de mis hermanos y de mi madre patinando sobre hielo. Le pregunté a mi hermano si podía usarlas y me dio el ok. Así que las sumé porque era la historia de alguien, mi madre, expresando amor de una forma diferente. Mi madre era una persona muy formal. No expresaba sus emociones para nada, al igual que su propia madre con ella. Pero heredé de mi madre el amor por los libros. Ella amaba los libros: lo que no sabía era cómo amar a las personas. La verdad es que se espera que las mujeres sean expertas en esto y no, no lo son. Por supuesto, es una especie de tabú decir “mi madre no me ama”. Lo primero que escuchás siempre es “Ey, no deberías decir eso”. Pero era así.

–Su película vuelve mucho sobre la infancia. ¿Es imposible hablar del fin de la vida sin revisitar esos primeros años?

–No lo sé. Muchos lo harán distinto. Pero lo cierto es que muchas personas recuerdan el principio cuando se acercan al final de su vida: se dirigen al lugar del que vienen, cualquiera sea –nadie sabe realmente cuál es–; y prestan atención a ese lugar tan emocional.

–En una parte de la película dice que el fin de la muerte es liberar el amor, pero la película también está repleta de preguntas. ¿Es posible que el fin de la muerte sea, también, liberar preguntas?

–Totalmente. Es una buena pregunta para hacerse. Cada uno debe encontrar su respuesta. En esta película hablo de cosas que son muy personales. Cuando tu perro se enferma, por ejemplo, muchas personas te dicen que tenés que matarlo. Traté de no ser muy dura con esto (N. de la R.: en la película Anderson cuenta cómo se negó a “dormir” a su perra y se la llevó de la veterinaria para que muriera en su casa) porque sé que la gente tiene distintas maneras de relacionarse con el dolor. En Estados Unidos, por ejemplo, la relación con el dolor es “no sientas ningún dolor”. Seas una persona o un perro, prefieren pegarte con un ladrillo en la nuca para que no sientas ningún tipo de dolor y no estés ahí. Yo trato de estar ahí mientras esté viva; estar presente y no hacer las cosas de forma automática: estar en las situaciones que me tocan vivir. No estoy tratando de criticar las elecciones de los demás; quizá cuando esté en el lecho de muerte pida a gritos que me den más morfina (risas). Tampoco pretendo ser didáctica. Odio cuando la gente me dice lo que tengo que hacer. Por eso planteo preguntas, cosas sobre las que creo que es interesante que la gente piense.

–Hay muchas lecciones de budismo en la película, pero una de las más llamativas es la que dice que hay que aprender a sentirse triste sin estar triste. ¿No es esa una forma de evitar el dolor?

–No se trata de evitar el dolor, sino de permitirte sentirlo. Si te pasa algo malo y lo alejás, regresa y te muerde. Siempre te va a alcanzar de alguna forma. No se va a ir sólo porque finjas que no está ahí. Va a seguir ahí. La idea es aceptarlo, pero no convertirte en él. El budismo te propone que encuentres tu propio camino; es un sistema de creencias en el que no hay creencias. No hay nadie a cargo, nadie diciéndote “deberías hacer esto o lo otro”. No hay nadie allá arriba. Sos vos solo. Vos tenés completa responsabilidad sobre vos mismo.

–¿Hace cuánto que el budismo forma parte de su vida?

–Mucho tiempo. Me gusta el budismo porque es como ser artista: es lo mismo. Hay algo común a las dos cosas y es esta idea de “sé consciente, abrí los ojos, date cuenta, no escuches a nadie más”. No tenés que seguir las reglas de los demás: inventá tus propias reglas en base a tu experiencia más genuina. Abrite a la vida y fijate cómo se siente, no alejes nada. Así como el budismo te propone que sientas el dolor, también te dice que estamos acá para pasarla muy, muy, muuuy bien. La propuesta de la civilización occidental es que estamos acá para trabajar, para sufrir, para lograr cosas, que tenemos que estar estresados. El budismo es una forma muy distinta de conectar con el mundo, de sentirte parte del mundo y de empatizar con otras personas.

–¿Logró, mientras hacía esta película tan personal, sentirse triste sin estarlo?

–Lo intenté, no sé si tuve éxito. Pero fue mi idea.

–Su película incluye varias referencias al estado de miedo en el que se vivió en los días posteriores al 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. ¿Por qué decidió insertar este trauma colectivo en una película tan personal?

–Más allá de nuestras historias individuales, hay grandes historias en el mundo que definen quiénes somos. La “gran historia” ahora es que está aumentando la temperatura, que cada vez hay más gente en el mundo, que el Polo Norte se está derritiendo... estamos rodeados de estas grandes historias de colapso. Pero, ¿son realmente ciertas? O este asunto del terrorismo, la idea de que esta gente vendrá por nosotros... Todas estas cosas hacen que construyamos nuestras vidas en torno del miedo. Por eso la película está llena de preguntas: “¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Querés vivir con miedo o, quizá, eso sea algo que quieras cambiar? ¿O fabricarte una historia distinta? A ver... lo más probable es que todo colapse. ¿Pero eso significa que estás obligado a pensar en eso cada minuto del día? ¿Es necesario que tu vida se vuelva tan oscura? No.

–Usted cita a varios filósofos en su película. Uno de ellos es Wittgenstein, quien afirmaba que el lenguaje crea al mundo. Dado que el arte es un lenguaje, ¿cuál cree que es el papel del arte a la hora de construir el mundo?

–Creo que hay muchas estructuras que representan el mundo, pero lo importante es darse cuenta de que son representaciones, no son el mundo. Por eso intento mostrar las cosas desde distintos puntos de vista: un perro, una cámara de vigilancia... ¿quién está mirando el mundo y cómo? No hay una verdad última acerca de cómo es realmente el mundo: todos lo vemos de forma distinta y todos creemos que nuestra forma es la verdadera. Trato de ser una buena periodista, de ver las cosas como son, no como creo que deberían o podrían ser. ¿Es posible? No lo sé, pero es a lo que aspiro. Un ejemplo: usted como periodista tiene que terminar su artículo y necesita un buen cierre. Entonces escribe uno que no es tan apegado a la realidad, pero que suena bien como final. La gente se da cuenta de eso. Y valora cuando tratás de representar la complejidad de las cosas.

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