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Viernes, 12 de junio de 2009

HISTORIETA  › ENTREVISTA AL DIBUJANTE ROSARINO EL TOMI

Un tesoro de mundos ocultos

En el número 32 de la revista Fierro, que sale mañana con Página/12, el notable dibujante vuelve con “El desmitificador argentino”. “Casi nunca tengo la sensación de buscar, sino más bien de encontrar”, señala el artista radicado en Barcelona.

 Por Lautaro Ortiz

“Ahí la tienen”, exclama desde el prólogo Juan Sasturain. Y es que la tapa del número 32 de la revista Fierro –sale mañana junto con el diario– es de esas que no se olvidarán así nomás: toda la fantasía escondida debajo de una pollera es, de pronto, descubierta por una brisa otoñal. ¿Y qué se ve? Otro misterio: hombrecitos de corbata y sombrero que parecieran haber abandonado la oficina para treparse, a través de las medias estampadas de una mujer, hacia el deseado “árbol del amor”. Precisamente ése es el título de la pintura creada por Tomás D’Espósito o, mejor, El Tomi, acaso uno de los maestros del dibujo argentino en esto de encontrar mundos ocultos detrás de mundos previsibles.

Y la elección de la imagen de tapa como puerta de entrada para la Fierro de este mes no es una mera casualidad. La revista tiene de todo menos lo previsible: regresa “Paolo Pinocchio”, de Lucas Varela; llega el final de la serie “Rat-Line”, de Minaverry; el suplemento “Picado Grueso” está dedicado al genial Gustavo Sala y vuelve “El desmitificador argentino”, de El Tomi quien, desde Barcelona, reflexiona sobre su propio trabajo: “Casi nunca tengo la sensación de buscar, sino más bien de encontrar. No podría llamar exactamente búsqueda al recorrido que hago por el papel con la punta del lápiz hasta topar con la idea. Por lo tanto, más que un buscador, creo que soy un encontrador”.

Nacido en Rosario el 2 de enero de 1955, canalla hasta la médula, creador de clásicos de la historieta como “Polenta con pajaritos”, “Cuentos del bajo vientre”, “Caleidoscopio”, “Tangozando”, “Dibujitos Avivados” y “Sexiluetas”, entre otros, El Tomi es, sobre todo, una de las huellas digitales de la vieja y de esta nueva etapa Fierro.

–“El árbol del amor” es una pintura (acrílico, pasteles y collage de papel sobre cartulina) perteneciente a “Bellas y Bestias”. ¿Cómo fue que empezó con esta serie y qué proyectos tiene sobre ella?

–La ilustración data del año 2007 y pertenece a una serie de dibujos realizados en técnica mixta que hice para una muestra de arte erótico que se iba a realizar en Buenos Aires y que finalmente no se concretó, pero el destino hace su trabajo ¿no? Y ahora es tapa de Fierro. La serie “Bellas y Bestias” forma parte de unos trabajos inspirados en dos controvertidas imágenes que utilizo en mi memoria a modo de iconos sobre el devenir machista y feminista a lo largo de los tiempos. Una: la del homínido prehistórico macho dándole un mazazo en la cabeza a la hembra y arrastrándola de los pelos hasta la cueva y, la segunda, aquella otra clásica viñeta humorística, donde puede apreciarse a una mujer madura detrás de la puerta empuñando un palo de amasar en alto y a punto de descargarlo en la cabeza del marido que llega borracho y tarde a su casa. Los siglos transcurridos entre estos dos extremos de la historia han dado de sí mucho intercambio de golpes, tanto psíquicos como físicos, hasta llegar a la utilización del ultracontemporáneo término “violencia de género”. Por esta misma cuestión es que fui desarrollando esta serie con ese título tan sugestivo.

–En este número reaparece “El desmitificador argentino”, una historieta tan clásica como “Polenta con pajaritos”. ¿Cómo y cuándo surgió ese personaje que dembula por los bares?

–El personaje apareció por primera vez en la revista El Víbora y terminó volviéndose a Argentina y metiéndose en los bares conmigo, invitados ambos por quien es, para mí, el paradigma del editor del siglo veintiuno: Javier Doeyo. No hace falta más que buscar en el diccionario el significado de la palabra “desmitificar” para saber, en esencia, cuál es la particularidad de la tarea de El desmitificador.

–Bajar a tierra mitos como las mujeres o el sexo, pero lo suyo pasa también por el lenguaje: ese aparente choque entre lo popular y lo clásico, entre el lunfardo y las nuevos términos que nacen con la tecnología.

–Así es. Recuerdo que en su ya lejana etapa española, le adjudiqué a El Desmitificador un lenguaje castizo, diría lindante con el castellano antiguo, y es que por aquella época vivía en Madrid y su alcalde, Tierno Galván, se había ganado mi simpatía (y las de todos los madrileños) con sus famosos “bandos” municipales, unos cartelones que empapelaban las calles de principios de los ’80, muy humorísticos y cuidadosamente redactados, con los cuales ese entrañable político invitaba a los ciudadanos a cuidar de los pequeños detalles relacionados con la urbanidad y las buenas costumbres. Leyendo uno de esos afiches, que proponía cómo comportarse en épocas de Carnaval, se me ocurrió la forma de narrar que tendría El desmitificador. A mi regreso al país, la historieta pasó a llamarse “El desmitificador argentino” y, de a poco, más que hablar con una tonada suburbana, se arrancó a cantar, a tararear milonguitas y a entonar algún que otro tanguito. No sé cómo se vislumbra ópticamente en mis guiones el choque de la terminología que genera la informática con el lunfardo; a mi modesto entender, cuando redacto trato de integrarlos y no de enfrentarlos.

–Esta es su segunda etapa en Barcelona. ¿Cómo ve el campo laboral para los inmigrantes, como es su caso?

–Mirá, difícil. Acabo de inaugurar una muestra de pintura acrílica que consta de varios cuadros de gran tamaño titulada “Personajes de mi barrio”. Con ella mi intención es entrar de lleno en el circuito de las galerías, atendiendo básicamente a aquello de que pintor es el que pinta lo que vende y artista, el que vende lo que pinta. Las condiciones para el inmigrante que aún no ha conseguido sus papeles, como es mi caso, se han puesto muy difíciles, por lo tanto hay que abrir el espectro laboral, intensificar el campo de acción o sucumbir a la hipócrita invitación de volver a tu país a cambio de un miserable subsidio por los favores prestados. El primer trabajo que conseguí en ésta, mi segunda incursión a España, fue para la revista Kiss Cómic, y tras el cierre de El Víbora decidí dejarlo, a pesar de que el personaje de la única historieta que publiqué, “Caperucita Zorra”, se convirtió en una muñeca y, junto al Lobo Feroz, se vendía como souvenir. Hasta antes de la crisis estuve empleado en una empresa productora de cine porno para la cual realizaba los story board e ilustraba una página web, más allá de participar en varios emprendimientos editoriales como portadista, ilustrador e historietista, actividad esta última donde durante un par de años publiqué “Freak City” que esta saliendo en la nueva Fierro. Hoy sólo trabajo esporádicamente en publicidad y haciendo caricaturas para un periódico. Por lo demás, los lectores argentinos saben todo lo que tienen que saber sobre mí leyendo la revista de historietas más grande de todos los tiempos, la Fierro.

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El Tomi, un clásico de la historieta argentina.
 
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