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Viernes, 12 de junio de 2009

CINE › PARADOR RETIRO, OPERA PRIMA DE JORGE LEANDRO COLAS

La observación en un laberinto de camas

 Por Horacio Bernades

6

Parador Retiro

Argentina, 2008.

Dirección y guión: Jorge Leandro Colás.
Investigación y asistencia de dirección: Cristina Marrón Mantiñán.
Fotografía: Gabriel González Carreño.
Edición: Salvador Savarese y Diego Arévalo Rosconi.
Estreno en proyección digital, en el Complejo Tita Merello, Malba y ArteCinema.

Hay varias cosas que Parador Retiro, ópera prima de Jorge Leandro Colás, elige no ser. Un documental de investigación, por ejemplo, que aborde su tema –el funcionamiento de un albergue comunal, que cada noche procura techo y cama a quienes no tienen– como fenómeno del que dar cuenta in extenso. Tampoco un documental-entrevista, basado en declaraciones a cámara de protagonistas y responsables. O un documental didáctico, con una voz omnisciente que guíe al espectador. Ganadora del premio a Mejor Película Argentina en la última edición del Festival de Mar del Plata, la película de Colás se inscribe en lo que se denomina “documental de observación”. Corriente muy en boga en la que la cámara funciona, más que como los ojos de un narrador especializado, como los de un testigo ocasional. Testigo prescindente que, al estilo “mosca en la pared”, observa sin opinar, intervenir o sacar conclusiones. Parador Retiro expone algunas de las ventajas del formato, pero ciertas elecciones moderan su alcance.

Un mérito de la película de Colás, en relación con otros documentales de observación, es que en este caso la mosca no está tanto en la pared como revoloteando, en medio del gigantesco galpón. En lugar de observar desde un lugar distante, la cámara de Colás logró hacerse familiar a sus retratados, capturando escenas que más parecen las de una home movie. Los “refugiados” se cargan entre sí, hablan mal de los encargados del lugar, sostienen charlas de vestuario o dejan ver su intimidad, como sucede con el alojado gay que se desespera ante la tardanza del novio. Hay ocasiones en las que el revoloteo se hace físico y literal, como la escena en la que un “interno” se pierde en un laberinto de camas, dando interminables idas y vueltas, y llevando a pensar que la numeración no debe ser muy prolija allí.

Que todas las noches se quede gente afuera –algo inevitable, dado el número limitado de camas– induce a imaginar el parador como versión deforme de un barrio privado, con “privilegiados” que consiguen cama y “excluidos” que duermen a la intemperie. Una escena muestra otra clase de perversidad funcional. El veterano gay y su amante conversan a la noche, a través de la ventana. Uno quedó afuera, pero el “privilegiado” de adentro es prisionero de su cama. Si la abandona, la pierde. “Si ves una luz a través de la ventana, son los faros de la ambulancia”, le dice un hospedado al otro, mientras esperan que llegue el SAME. Como los prisioneros de la alegoría de la caverna, no ven el afuera, sólo sus reflejos. No es lo único que hace pensar en el refugio como cárcel. El repetido tableteo de los focos al apagarse, todas las noches, evoca el portazo de las celdas en una prisión.

Más allá de un trabajo de fotografía inadecuadamente preciosista, que incluye algún atardecer de tarjeta postal, lo que lleva a poner en cuestión a Parador Retiro es la selección de personajes que la película hace. Huyendo con buen criterio de la sordidez y el patetismo, Colás va a parar al otro extremo, reduciendo la población del refugio casi solamente a los casos curiosos, patéticos, fácilmente ridiculizables. El hombre que sueña con montar la versión teatral de una olvidada película con Lolita Torres, con gran elenco de internos y él en el papel de Lolita. El que canta la peor versión conocida de “Tomo y obligo”. El octogenario que se ilusiona con un imposible trabajito como albañil. Más que ninguno, el ex estudiante de Teología que, cual Sordi o Gassman en una commedia all’italiana, se pavonea con la presencia “inmarcesible” de Dios y el carácter “sempiterno” de su reinado. Se descuenta que no habrá sido la intención de sus responsables y desde ya que no se pide a cambio un inmaculado panteón de virtuosos, pero semejante desfile de freakismo lumpen puede dejar a la película más cerca del grotesco que del documento. Lo cual, se supone, no es lo que se pretendía.

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El film ganó en Mar del Plata.
 
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