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Viernes, 8 de junio de 2012

HISTORIETA  › EL DIBUJANTE PABLO TUNICA Y PARANA, SU APORTE PARA LA NUEVA FIERRO

Viaje alucinado por aguas fantásticas

El dibujante hace un recuento de las aventuras que confluyen en su saga, “un paisaje mitológico e idealizado”. La obra forma parte de una edición que, desde mañana en los kioscos junto al diario, ofrece un suplemento dedicado a la pasión futbolera.

 Por Lautaro Ortiz

Algunos viejos editores pregonaban que la lectura de una revista de historieta debía durar lo que demoraba un tren entre una punta y otra. Válida o no, aquella prerrogativa es desmentida cuando la publicación en cuestión lleva el título de Fierro. Y vaya como ejemplo la edición que sale mañana junto a este diario, con el número 68: el lector se sube por la tapa y entra a mirar un crimen allá en los años ’30 (magnífica creación de Sebastián Giacobino) y, sin darse cuenta, ya está colgado del estribo observando el progreso ferroviario del primer peronismo en El Maquinista del General (Calvi). Con sólo dar vuelta la página hará pie en la década del ’60 donde se pueden escuchar las discusiones nacionalistas de los integrantes de Tacuara (Ginevra-Santullo), mientras y al mismo tiempo se huelen los hierbas humeantes en El pacto de Freud (Jok-Gervasio). Es posible que nada de esto le guste y quiera abandonar ahí, pero en ese momento seguro aparece la invitación de una bruja y un gato a tomar un mate amargo en una pensión del barrio de San Telmo llamada Manoblanca (Breccia-Buscaglia).

Para cuando el lector crea que la aventura terminó, encontrará que Fierro hizo de su viaje un paseo interminable. Es que esta edición de la revista dirigida por Juan Sasturain fue pensada para “parar en todas” las canchas de fútbol –las reales y las imaginarias– y para meterse de lleno en un suplemento especial dedicado a la pasión de la redonda. Una vez ahí, ya no podrá dejar de admirar a jugadores de la talla de Tati, El Tomi, Parés, Kráneo, Arias, Soto, Taibo, Mosquito, Mezquita, Spósito, Sacalerandi y Souto.

Hubo revistas que se escribían y dibujaban para hacer ameno el viaje y otras, como Fierro, que hacen todo lo posible por que el viaje no termine nunca y nunca se llegue al lugar esperado. Atento a esa lógica fue que el talentoso dibujante Pablo Túnica creó la serie Paraná, poco después de haber deslumbrado a los lectores franceses con una versión sobre la fundación de Buenos Aires llamada Jusepe en América, con guión de Carlos Trillo. A punto de entregar un nuevo libro para el mercado francés, este solitario muchacho de Belgrano, fumador empedernido, músico y lector apasionado de la buena literatura, se dio el gusto de mezclar sus lecturas favoritas –Melville, Twain y Conrad– para dar vida a los tripulantes de un barco que flota sobre las aguas oscuras del río Paraná. Los pasajeros son tres: un hombre-sapo y fumador, un grumete borracho y una mujer embarazada. Y si hacía falta algo más, por ahí andan algunos de los seres monstruosos que pueblan los mitos populares argentinos.

–¿Cuántas lecturas de aventuras, naufragios y navegantes se cruzan por su relato?

–Es inevitable que toda la saga de Marlowe de Conrad aparezca, también Horacio Quiroga y el mundo alrededor del río Paraná. Pero mi historia no se enfoca en un mundo real, sino en un paisaje mitológico e idealizado, en donde los trenes llegan hasta Buenos Aires desde los lugares más lejanos del país y los sapos embrujados son moneda corriente. El relato tendrá un clímax, como una suerte de Moby Dick, que llamo El cuco de los hombres, algo así como un ser antidiabólico pero infantil. También debo decir que el disparador argumental de la serie –el primer episodio– amaga con una historia al estilo Soriano, donde aparece el otro Marlowe. Inclusive hay un capítulo a lo Charles Laughton y su Noche del cazador. Toda una mezcla donde se me filtraron Miyazaki, Toriyama (por los rincones, me mato para diseñar cada rincón) y Hugo Pratt, este último especialmente en los diálogos. El personaje misterioso, que luego se descubre que es una mujer (Alicia), recuerda a Scaramouche o a los dibujos animados, esos folletines de capa y espada donde un encapuchado desaparecía entre las sombras. Y en este universo insólito aparece el melodrama: la embarazada, el duelo de amor de los protagonistas, la chica ingenua que llega a la gran ciudad. ¡La bella y la bestia!

–A esa mezcla de relatos que se superponen a su historia, habría que agregar a Mark Twain y, desde ya, a los mitos populares. ¿Qué halló en ellos para la creación de esta historia?

–Claro que está Mark Twain porque, a pesar de la presentación cínica, todos los personajes son niños, de hecho ése es el verdadero argumento, niños que juegan. Los mitos me encantan, especialmente los guaraníes. De chico me horrorizaba con el Aó-Aó, una criatura mitad saurio, mitad pájaro, gigantesca. La única manera de escaparse de él era trepar por una palmera, ya que la bestia se pinchaba las pezuñas con la planta y no se animaba a subir. Me documenté sobre las leyendas, pero como me gusta la música folklórica, algunas cosas las traigo desde siempre. Nuestro folklore está repleto de canciones de terror. Niño Rhupa es sobre el Pombero; Anahí es la indiecita que se transformó en flor de ceibo; Sapo cancionero debe ser una canción santiagueña porque para los guaraníes, un sapo en un barco, es augurio de mala suerte.

–A todo esto, el tema del aborto sobrevuela la historia. ¿Cómo se aborda un tema tan delicado en historieta?

–Esta historieta me la planteé como una improvisación, con ciertos lugares dramáticos a donde poder llegar. Creo que Fierro es una plataforma ideal para ensayar eso. Sin embargo me vi obligado a desarrollar la historia cuando me di cuenta de que me metí en un tema difícil como es el aborto. A decir verdad lo último que quiero es empañar este universo con nociones morales, tiene que ser un poco cruel, un poco parnaso de la infancia.

–¿Quién es en verdad el capitán Paraná, ese sapo traficante y de gran cinismo, que conduce sin responsabilidad alguna el barco? Tanto él como su grumete padecen un mal de amor...

–Paraná es un cínico, pero en realidad es una caricatura bastarda de los antihéroes morales de Graham Greene o de Chandler. Quiere romper el hechizo, pero no enamorarse. Alicia, la chica embarazada de la que ni siquiera saben el nombre, no es el ideal para el amor, por lo menos para el capitán batracio. Aunque en el episodio de este sábado vamos a encontrarnos con una versión diferente de ella, una encarnación de la inocencia. De Alicia no sabemos nada, sólo que puede manipular a los del barco a su antojo y que tiene un carácter espantoso. Quizá el verdadero protagonista sea Washington, el grumete. Una suerte de Sancho Panza y quien verdaderamente puede hacer funcionar las cosas, que avancen. Es un borracho enamoradizo. Descendiente de un negro que peleó en la “guerra grande”, como la llaman los paraguayos, y de indios guaraníes. Ese personaje es el único que sabe dónde están parados, el único que puede resolver las cosas: tiene la heredada conexión con el mundo mágico y es el que cree realmente en el amor.

–A partir de este número usted anuncia que los lectores de Fierro deberán esperar unos meses para el final. ¿Por qué?

–Porque estoy preparando para el mercado francés la saga que comenzamos con Carlos Trillo, La Francaise tome 1: Mireille, una historia ubicada a mitad de los años ’20, sobre putas francesas y polacas y, esencialmente, sobre el periodista Albert Londres, quien denunció en su libro La Ruta a Buenos Aires la trata de blancas en Europa y América del Sur. Ahora llega el segundo tomo de esta historia. Si bien sale en Francia, espero que alguna vez se pueda conocer en la Argentina. Volveré a retomar la serie en octubre y con varias sorpresas. Habrá muchas respuestas y muchos comienzos. Eso es lo más lindo del mundo: una historia en donde comienzan todas las otras.

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“La planteé como una improvisación, con ciertos lugares dramáticos: Fierro es una plataforma ideal para eso.”
 
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