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Sábado, 25 de octubre de 2014

HISTORIETA  › EDICION RECOPILATORIA DE MALANDRAS, DE RODOLFO SANTULLO Y DANTE GINEVRA

Historia infame en cuadritos

La dupla muestra a habitantes del submundo criminal: comisarios corruptos, ladrones, mafiosos y, también, militares que arreglan golpes de Estado entre asado y copas. Malandras se ambienta en Buenos Aires, en 1955, poco antes del bombardeo a Plaza de Mayo.

 Por Andrés Valenzuela

Cuenta el guionista Rodolfo Santullo que, mientras publicaba con Dante Ginevra Malandras en la revista Fierro, había que disimular la idea de la dupla de construir una historia de largo aliento. Los editores, explica, les habían pedido “unitarios”. Historias cortitas para ir mechando entre número y número, porque de series la revista ya estaba cargada y mejor ofrecerle al lector algo autoconclusivo. Santullo y Ginevra hicieron lo mejor que saben los autores de historieta: cumplieron con el pedido de los editores mientras hacían lo que querían. Para cuando los personajes recurrentes eran indisimulables y se adivinaba la urdimbre detrás de cada “historia” separada, ya era tarde: los lectores celebraban la nueva dupla. Y los editores también.

En Malandras, Santullo y Ginevra cuentan la historia de distintos habitantes del submundo criminal: comisarios corruptos, chorros, piringundines de mitad de siglo XX, rateros de poca monta, mafias que se pelean por una calle más o menos de negocios y acaso los más siniestros: militares que arreglan golpes de Estado entre asado y copas, en quintas de gente bien.

Como habrá intuido el lector de esta reseña, Malandras se ambienta en Buenos Aires, en el año 1955 y pocos meses antes del bombardeo a Plaza de Mayo, perpetrado por la autodenominada Revolución Libertadora. No es la primera vez que los autores se meten a hacer historieta histórica vinculada con los períodos más infames de la vida pública argentina, pero es la primera vez que lo hacen juntos. Santullo es uruguayo/mexicano, pero publica seguido en la Argentina (entre muchos otros, ahí anda su Zitarrosa, junto a Max Aguirre), y de la extensa trayectoria de Ginevra conviene recordar para el caso que también le puso dibujos a la notable adaptación de Los dueños de la tierra, junto a Juan Carlos Kreimer.

El caso, sin embargo, no tiene un abordaje documental sino ficcional, aunque tiene mucho de verídico (dice Santullo que es gracias al aporte de su “consultor oficial en asuntos argentinos” Max Aguirre), sobre todo en los conjurados para el derrocamiento de Perón y en el circuito tanguero suburbano. La otra pata del encanto la aportan las tramas secundarias, esas distracciones para editores que los autores desgranaron: el amor puerta a puerta entre milonga y cabaret, las mafias italiana y rusa enquistándose en el territorio, el comisario irreductible en su vileza.

Como equipo creativo y pese a ser su primer trabajo conjunto, la dupla resulta muy aceitada. Santullo aporta su habitual solvencia para urdir tramas, proponer diálogos creíbles y manejar con habilidad los tiempos del relato. Ginevra, en tanto, demuestra que tenía todas las ganas del mundo de publicar en la revista. Deja lo mejor de sí en cada página, en un período en que –si se coteja con su bibliografía– hacía malabares entre cantidad de proyectos. El trazo suelto, la línea expresiva y cierto tono caricaturesco en los dibujos se entremezclan con una narrativa ágil, pensada para presentar la historia antes que para el firulete altisonante. El trabajo es sólido al punto de que es fácil pasar por alto el hecho notable de que Ginevra establece clima de época casi sin fondos ni decorados. Le bastan la ropa de los personajes, algún objeto, una tapia a media luz. Cuando necesita más, ahí sí recurre a elaborados portones del siglo pasado, automóviles y planos generales.

A modo de yapa, la edición recopilatoria de Malandras, por Historieteca Editorial, incluye un capítulo extra donde redondea una de las líneas argumentales de la trama, no incluida en su publicación original en la revista Fierro.

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