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Domingo, 27 de marzo de 2016

HISTORIETA  › LA “TRILOGIA JUDIA” DE BRIAN JANCHEZ

Historias reales de un pibe

En sus novelas gráficas y autobiográficas, McKosher, Shloishim y El sabio de Sion, Jánchez da cuenta, con un humor ácido, de su experiencia como empleado de un McDonald’s kosher, de los recuerdos de su padre y de la crónica de su viaje a Israel.

 Por Andrés Valenzuela

Brian Janchez hace rato que no tiene el cartelito de “pibe prometedor” de la historieta argentina. Y no lo tiene más no porque ya no sea un pibe (es joven, tiene 30), sino porque dejó de prometer y viene cumpliendo largamente. Tiene cantidad de libros en su haber. Todos ellos están atravesados por un humor ácido hasta la indigestión y con algunos de los silencios más fuertes que puedan leerse en las viñetas contemporáneas. Pero además, Janchez tuvo durante largo rato con la etiqueta de “historietista judío”. O de temas judíos, más bien, por sus distintas novelas gráficas/historietas autobiográficas/cuadernos de viaje: McKosher, Shloishim y El sabio de Sion. Es decir: su experiencia como empleado del McDonald’s kosher del shopping Abasto, los recuerdos de su padre y su duelo tras su muerte, y la crónica de su viaje a Israel. A fines del año pasado Janchez juntó esos tres relatos y los juntó en un mismo libro, coeditado por el sello cordobés Llantodemudo y su propia editorial, Ediciones Noviembre. Vista su obra posterior, volcada al humor gráfico y la historieta infantil, la (re)edición en bloque de estas historias parece un acto declarativo, un “ya está, hice esto, no me rompan más y déjenme hacer mis dibujitos tranquilo”.

“Acá descubrí que al judío le dicen activador”, lamenta el mismo Janchez, devenido protagonista de su propia historia en McKosher, la primera de las historias del volumen. El relato se publicó originalmente en la revista La Mano y cuenta sus desventuras de apenas una semana en el McDonald’s kosher del shopping Abasto. Una deliciosa (grill, por favor) seguidilla de comentarios ácidos sobre la experiencia, el nivel intelectual de sus compañeros y la atmósfera de trabajo alienante. Todo narrado con el nivel de disección social de una inmersión antropológica mezclado con la descarga visceral de un joven de veintinadas en charla con amigos.

“Esto nada más puede pasar en un país que todavía usa el ICQ”, fustiga Janchez en El sabio de Sion, y es apenas una de la retahíla de definiciones ácidas sobre su experiencia en Israel. Da cuenta de usos y costumbres locales, manifestaciones religiosas y el día a día. Lo que se dice un diario de viaje en regla. Janchez lo cuenta en grilla apaisada de ocho viñetas y en este relato explota al máximo el recurso de hablar directamente al lector y del hacer comentarios sobre lo que sucede en cada página. Este es uno de los dos trabajos que publicó en Historietas reales y data de 2009. Tiene además un correlato escrito, suerte de diario íntimo pero con espíritu blogger, que cierra la historieta.

El libro concluye con Shloishim, que también salió en HR y fue su puerta de entrada al grupo. Es un relato oscuro en el que Janchez trata la relación con su padre, que a su vez le sirve para ofrecer un panorama de su familia, con las tensiones, tristezas y modestas alegrías de su infancia. Si hay algún modo de encontrarle al menos una pizca de humor negro al silencio, él lo consigue en este relato, cuando consigue evadirse de la carga dramática casi inevitable que implica una historieta sobre la muerte de un padre.

La “trilogía judía” de Janchez oficia como excepcional carta de presentación del autor: de su persona y de sus recursos gráficos y narrativos. En la sucesión de trabajos se advierten sus primeros años de desarrollo como historietista y por qué llevaba la etiqueta de “promesa” de la historieta local. Una promesa bien cumplida.

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