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Lunes, 11 de agosto de 2008

JORNADAS DE DEBATE EN EL CENTRO CULTURAL HAROLDO CONTI

“La ESMA es un documento histórico”

En el marco del encuentro “Ficción y Memoria Histórica”, Ricardo Piglia, Daniel Link y Luis Gusmán, entre otros expositores, analizaron a fondo las consecuencias del Terrorismo de Estado y las posibilidades del lenguaje después de la tragedia.

 Por Facundo García

El inicio de las jornadas “Ficción y Memoria Histórica” en el Centro Cultural Haroldo Conti confirmó que la entidad dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación está entrando en una nueva etapa: con las instalaciones de la ex ESMA ya funcionando, llegó la hora de arremangarse y encontrar el mejor modo de construir conciencia sobre el pasado reciente. En efecto, Ricardo Piglia, Daniel Link y Luis Gusmán, entre otros expositores, se remontaron más allá de los lugares comunes y demostraron que sigue habiendo personas comprometidas en la tarea de analizar a fondo las consecuencias del Terrorismo de Estado de los setenta. Una labor difícil y dolorosa, pero cada vez más urgente.

Tras una breve introducción de la periodista y escritora María Moreno –coordinadora general del encuentro–, Piglia destacó la importancia que tiene la preservación de los archivos en las luchas por la justicia que se sostienen por períodos prolongados. El autor de La ciudad ausente –que es también historiador– señaló que “el elemento que demuestra el tipo de política genocida de la dictadura argentina es la destrucción de los documentos probatorios”. “En ese aspecto –subrayó–, yo siempre he pensado que la ESMA es más un documento histórico que un museo.”

¿Y qué sucede más allá de estos espacios conseguidos? ¿Se trata de ámbitos para “recordar legítimamente”, o cabría pensar en otros relatos posibles para dar cuenta de aquellas experiencias de tortura y dolor? A esas y otras preguntas intentó contestar la primera de las cuatro mesas del programa, titulada “Retórica y Verdad”. Eduardo Jozami, ensayista, periodista y anfitrión en su carácter de director del Centro Cultural, retornó a la figura de Rodolfo Walsh para echar luz sobre esas incógnitas. “Walsh comprende que para reflejar la verdad debe abordarla desde distintos ángulos. Se obliga a escuchar y darles voz a los otros, y esto se constituye en uno de sus pilares”, explicó. Sin embargo ¿todo se puede contar? ¿No hay, como sentenció Adorno, fronteras vedadas al lenguaje después de ciertos horrores? “Sostener la inefabilidad del holocausto implica nada menos que renunciar a la posibilidad de comprender cómo tal catástrofe fue posible”, respondió Jozami. Eso no significa que sea aceptable hablar sobre estos asuntos desde cualquier lado. El acto de contar conlleva compromisos: “Walsh no funda ninguna ortodoxia –recordó el expositor–, pero su escritura muestra que la investigación minuciosa y el apego a los hechos no están reñidos con la mejor literatura, y nos ofrecen criterios de rigor y responsabilidad política útiles para evaluar hoy a tantos textos que bajo la apariencia testimonial esconden un interés comercial”.

Aceptada la premisa de que el arte –y, en este caso, los recursos literarios– pueden tender puentes hacia eventos que realmente sucedieron, queda por desentrañar si es legítimo priorizar un modo de expresión sobre otro. El escritor y periodista Daniel Link advirtió que esas decisiones no son meramente estéticas, y abrió así una puerta para pensar los posibles peligros de un uso canalla de las retóricas del recuerdo. “Los Estados que se han otorgado una política estatal de la memoria lo han planteado en términos de una ‘pedagogía progresista’ de la catástrofe”, postuló.

Se supone que la propagación de la memoria evitará la repetición del desastre, y en principio no habría razones para oponerse a eso. El problema llega en el momento de definir las representaciones que se incluirán en ese intento pedagógico. “La definición misma de los contenidos –marcó Link– es una opción política.” En ese contexto, eliminar los aportes que pueden hacer las múltiples vertientes de la ficción sería un error grave, un autoritarismo: “Sucede que a lo real también hay que imaginárselo”.

Luis Gusmán fue en dirección similar, aunque con algunas diferencias. Para el psicoanalista hay una serie de conceptos que hay que tener en cuenta para evitar que un recuerdo colectivo sea manipulado. La contraposición absoluta entre “memoria” y “olvido”, por ejemplo, corre el riesgo de hacer que el papel de “el que recuerda” sea monopolizado por una minoría, y abre el camino para que la conciencia popular sea afectada mediante procesos de saturación discursiva o simple negación de las responsabilidades.

El ciclo siguió con trabajos de Matilde Sánchez, Ana Longoni y Carlos Gamerro, que intercambiaron hallazgos en un espacio dedicado a “La coartada de la ficción”. Al igual que en la mesa precedente, el alto vuelo teórico de las ponencias dificultó el debate entre un público variopinto; deuda que podrá saldarse el sábado que viene, cuando a partir de las 16 se inicie la segunda ronda de conversaciones. En esa oportunidad se esperan aportes de Germán García, Martín Kohan y Alan Pauls para la mesa denominada “Los setenta en la representación”. Más tarde –a las 18– cerrarán Alejandro Kaufman, Beatriz Sarlo, Javier Trímboli y Marta Vasallo en “El testimonio en cuestión”, con un final que promete discusiones acaloradas. Como de costumbre, la cita es en el auditorio del Centro Cultural (Libertador 8151).

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Ricardo Piglia fue uno de los protagonistas de la primera mesa programada: “Retórica y Verdad”.
Imagen: Bernardino Avila
 
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