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Lunes, 8 de septiembre de 2008

LETRAS ROCKERAS ANALIZADAS EN UN LIBRO

Canciones para leer y estudiar

En Poéticas del Rock, un grupo de teóricos convocados por Oscar Conde analizó temas de los Redondos, Sumo, Divididos, Fito Páez, Calamaro, Cerati y Bersuit Vergarabat. El resultado es interesante y abre el debate.

 Por Cristian Vitale

Tarea difícil ésta de encarar un análisis puntilloso, sistemático y holístico de la lírica del rock. Un género que, salvando excepciones, desnuda sensaciones, sentencias y visiones contradictorias que a menudo parten de una misma pluma, efecto –claro– de un mundo en constante movimiento. El mayor acierto de Poéticas del Rock (Olivieri Editor) fue precisamente reunir tópicos comunes en medio de cosmovisiones dispersas o solapadas; decodificar subjetividades muchas veces herméticas, y otorgarle una coherencia que, si se hurga fino, aparece. Oscar Conde, un ex profesor de la UBA que hoy da clase en el IES Nº1, Alicia Moreau de Justo, además de integrar la Academia Porteña del Lunfardo, decidió convocar a un puñado de alumnos y encargarles –se le llama compilador– el análisis de las letras de ciertas bandas. Bajo dos consignas clave (si la letra de rock debe o no ser considerada como un texto literario y qué puede tener el rock de “nacional”) pasó a papel los análisis a través de dos volúmenes: uno, dedicado al desmenuce de Moris, Manal, Tanguito, Arco Iris, Spinetta, León Gieco y Charly García, y el otro –de flamante edición– corriendo el almanaque hacia acá: Redondos, Sumo, Divididos, Fito Páez, Calamaro, Cerati y Bersuit Vergarabat. “La premisa fue analizar en bloque las letras de un solista o una banda de rock, algo que, por lo que sé, nunca se ha hecho en nuestro país”, escribe Conde en el prólogo, en un intento por distanciarse de otros libros como La historia detrás de cada canción (Maitena Aboitiz) o Buenos Aires y el rock, de Adriana Franco, Darío Calderón y Gabriela Franco.

Redondos y Sumo conforman, tal vez, el núcleo duro del análisis. En el caso del grupo de Solari, Johanna Tonini –profesora de letras y ex columnista de la revista Mundo Redondo– tuvo que lidiar con el laberinto mental, claramente agotador, que implica tratar de decodificar el endemoniado mundo del poeta pelado. Con el título de “Liturgia de la resistencia”, Tonini escarbó en todas las letras de Solari hasta encontrar algunos anclajes comunes, y uno en especial: la necesidad de resistir como “idea omnipresente”. Y bajo ella, elusiones, metáforas y sobreentendidos mediante, encuentra en “Todo un palo”, una crítica a Charly García y el star system del rock argentino en general; también la veta sadomasoquista en “Te voy a atornillar” o “Superlógico” o la metáfora foucaltiana de la ciudad como prisión que baja clara de “Preso en mi ciudad” y no tanto en “Vamos las bandas”, donde un policía, en tanto lente del sistema, se mete en tu casa (“¿Y cuánto vale dormir tan custodiado de expertos cínicos y botones dorados?”) o en las máquinas vigías que pasan volando el mundo de “Nueva Roma”. “Los temas de Los Redondos generan complicidades”, sentencia la autora, tratando de enlazar la complejidad natural de una lírica con su arraigo en las masas.

En el caso de Sumo, el análisis se vuelve más rico porque su autora, Constanza Molina, se encarga de traducir y decodificar letras que Luca compuso y grabó en inglés, y entonces aparece una subjetividad paralela, no muy transitada. Al abordaje redundante de “La rubia tarada”, le suceden otros más aprovechables, más cercanos al “corpus poeticus” de Prodan: la antinomia mundo adulto-amor de “No tan distintos”; el antirracismo explícito de “White Trash”; la resignación existencial de “Divididos por la felicidad”; la bronca entre escoceses e ingleses que emerge de “Crua Chan” y la mujer vista como una hermosa complicación –o como excusa para huir– que fluye de “Breaking Awai”, “No Good” y “Percussion Baby”, o el paralelismo entre las drogas y las chicas de “Ojos de terciopelo”... todo abundante y detalladamente explicado. En el capítulo dedicado a Divididos, el logro de Darío Maroño –también profesor de letras– fue encontrar un camino paralelo entre el devenir de una lírica y el de la vida personal del compositor: “De la existencia crítica a la crítica de la existencia” anuda, a trazo grueso, el periplo recorrido por el trío entre 40 dibujos ahí en el piso (1989) y Vengo del placard de otro (2002).

“Letra y música se pertenecen recíprocamente, se fusionan volviéndose una sola cosa. Así, lo que examinaremos en el presente trabajo será algo fragmentado, despojado de su mitad fundamental. Pero no por eso exento de belleza e interés”, aclara Julia Louge –profesora de castellano y latín– en la intro de “Poética canalla”, la parte de Fito Páez, que no sólo le da un continente a su análisis, sino a la totalidad del libro. Las letras de Páez son vistas por la autora como una búsqueda ontológica que va por el camino hacia el amor, en tanto esencia individual, como “salvación” de la violencia urbana y el vacío existencial (“Quiero una fiesta en mi alma”). “Estudiar las letras de las canciones sin su contexto musical es amputarle al conjunto el canal embellecedor, la modulación de la palabra, que muchas veces completa el significado. Somos conscientes de la sustracción pero, desnuda de instrumentos y de entonaciones, la voz del autor se hace más audible y es en esos límites en donde nos hemos detenido”, explica María José Mascia, encargada de transitar el yo poético de Calamaro, tal vez el más explícito en términos de sexo, drogas y rock and roll, que alcanza su mayor expresión en temas como “Traicionero” (“El amor es traicionero, no se elige, no es sincero”). De ahí a la lírica de Cerati, sentenciada por Karen Koch como “la vidriera posmoderna”, y a Bersuit, definida por Matías González por tres grandes líneas: la arenga genital, la blasfemia política –”un escupitajo bilioso sobre el lifting del poder”, según el autor, y el ¡aullido teológico!, sintagma tomado de un pasaje bíblico. Buen intento.

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Decodificando a Luca, que escribió en inglés y en castellano.
Imagen: Miguel Marteloti
 
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