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Domingo, 14 de septiembre de 2008

ANTE LA PUBLICACIóN DE HISTORIA DE LAS IDEAS EN LA ARGENTINA, DE OSCAR TERáN

El legado de un humanista

En su libro póstumo, basado en su trabajo en la Cátedra de Pensamiento Argentino y Latinoamericano en la UBA, el investigador y docente ofreció un notable recorrido teórico por la vida cultural en el país. Colegas, discípulos y admiradores analizan su aporte.

 Por Silvina Friera

Solía decir que dar clases era una de las pocas cosas sobre las que se podía afirmar que era realmente bueno. No había afectación ni jactancia. Tal vez, sí, un tono irónico, al que era tan afecto. La publicación de Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810-1980 (Siglo XXI), el libro póstumo de Oscar Terán, despeja la más mínima sospecha de pedantería. No sólo era bueno, quizá Terán fue uno de los mejores profesores de las últimas dos décadas en el ámbito de la enseñanza universitaria del país. Su muerte, el 20 de marzo pasado, puso en evidencia su ausencia inapelable para quienes tuvieron el placer de escucharlo en la Cátedra de Pensamiento Argentino y Latinoamericano en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Y de adoptarlo como guía intelectual. Como si fuera su última voluntad, el profesor concibió las lecciones para estudiantes y público interesado en los aspectos culturales de la historia argentina. No es un libro que interpele explícitamente a quienes pasaron por sus clases, aunque muchos intenten paliar el sentimiento de orfandad por los intersticios de estas lecciones finales. O vuelvan a transitar los múltiples y vertiginosos itinerarios que propuso Terán en sus quince libros y en innumerables artículos.

En Historia de las ideas... ejercita un estilo en el que la escritura se transparenta sin perder rigor y profundidad respecto de las representaciones intelectuales de la nación y la sociedad en los casi dos siglos de existencia de la Argentina. Terán comienza el recorrido con la Ilustración en el Río de la Plata y se detiene en la figura de Mariano Moreno, indisolublemente ligada a la Revolución de Mayo, que se trató de “una revolución que nació sin teoría, esto es, un acontecimiento que se desencadenó en el Río de la Plata sin que existieran los sujetos políticos o sociales que lo programaran y ejecutaran”. Pero cuando la revolución ocurrió, fue necesario legitimarla. Los escritos de Moreno cumplieron un rol central en esta legitimación. Así como recomendaba a sus alumnos la lectura de piezas literarias, como La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera, o los libros de Sebald, en esta lección cita un artículo de Octavio Paz. Cuando llega a la Generación del ’37, analiza: “Las tensiones entre el alma ilustrada de Sarmiento y su alma romántica estallan”, y recuerda cómo Facundo cae mal entre el grupo de exiliados unitarios porque el libro “contiene alabanzas pero también fuertes impugnaciones a la figura del unitario, cristalizadas en sus referencias a Rivadavia: un señor que camina siempre con la cabeza levantada, que no se digna mirar a nadie, y que cree que escribiendo una ley sobre el papel de un cigarrillo se puede modificar una costumbre”.

Terán se regodea, sin excederse, en la exploración de estas y otras fisuras. Vuelve sobre ellas como si les imprimiera un nuevo relieve o les devolviera un espesor perdido. Algo similar ocurre cuando atraviesa a Miguel Cané y la Generación del ‘80. Ahí se detiene para reponer el ubi sunt, el tópico de los tiempos de cambios acelerados, “como podemos ver incluso en la actualidad”, y menciona, a modo de ejemplo, la milonga “Miriñaque”. Avanza sobre Manuel Gálvez, Leopoldo Lugones y las discusiones del Centenario, un espacio intelectual ocupado en términos filosóficos por el positivismo y en términos estético-literarios por el modernismo cultural, continúa con la cultura intelectual de la década del ‘30, el peronismo y la violencia política de la década del ‘70.

No salgas de tu barrio, mi linda muchachita

“Hay un aspecto de Terán, como profesor y como persona, que aparece con claridad en este libro extraordinario: su infinita curiosidad”, dice Adrián Gorelik a PáginaI12. “Siempre sorprendía su capacidad de abrir su discurso a otras voces, plurales e impredecibles, para lograr las conexiones que le servían para dar su visión porosa de las ‘ideas’, siempre conectadas con los mundos de lo social y lo político, pero sin reducirlas a meras manifestaciones de ellos; además, curiosidad en el sentido de su necesidad de escuchar al otro, su interés por lo que su interlocutor pudiera pensar o creer. Parece increíble que eso pudiera ser recogido en un libro, que es por definición un objeto no dialógico, y sin embargo atraviesa cada página de estas lecciones, interpelándonos con una fuerza conmovedora.”

Eduardo Jozami, abogado y docente, autor de Rodolfo Walsh. La palabra y la acción, cuenta que Terán tenía una importante formación como filósofo, que se advierte en las síntesis conceptuales que le permiten reflejar en el libro, en pocas líneas, lo principal de una época. “Como era un buen profesor, sabía matizar las complejidades: a continuación de una explicación filosófica sobre las transformaciones de la modernidad, en el capítulo sobre Cané, recurre al tango como ejemplo de la reacción tradicionalista que lamentaba el cambio: ‘no salgas de tu barrio, mi linda muchachita’.”

Gorelik, arquitecto y doctor en Historia, autor de Miradas sobre Buenos Aires, recuerda que las lecciones fueron elaboradas por Terán a partir de sus clases en la Cátedra de Pensamiento Argentino y Latinoamericano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, de la que fue titular durante veinte años y a cuyos estudiantes les dedica el libro. “Como yo nunca fui miembro de la cátedra, puedo afirmar con objetividad que las camadas de estudiantes que pasaron por ella y se fueron integrando como docentes, iniciando en la Cátedra de Pensamiento su carrera como investigadores y profesores, están sin ninguna duda entre lo más creativo y distinguido que esa Facultad ha producido”, plantea Gorelik. “Terán sólo tomó esas clases como plataforma –aclara–. No están dirigidas al público ya enterado que cursa Filosofía o Historia, sino que las reescribió con la intención de que pudieran ser comprendidas también por estudiantes no especializados y por un público interesado en introducirse a la historia de la cultura argentina.” Gorelik admite que éste es el aspecto principal del libro: “Mantiene el tono natural de las clases, con un coloquialismo muy trabajado que le permite introducir con facilidad los problemas más complejos”.

“El gran mérito de estas lecciones es que son producto de investigaciones propias de Terán, con las que renovó radicalmente el campo de la historia de las ideas. Siempre sus clases fueron resultado tanto de sus estudios sobre los intelectuales como de su misma participación como intelectual comprometido en el mundo en el que le tocó estudiar”, pondera Gorelik. “Es muy bello cuando, a propósito de la última lección, que les dedica a los tiempos de la dictadura militar, explica en términos muy simples el rol de la historia de las ideas, tal cual él la practicaba, diciendo que sólo hay algo peor que los sucesos traumáticos de una historia: ignorar su sentido”, ejemplifica. “Quienes ya conocen su obra podrán reconocer, apenas bajo la superficie tersa de esta narración ‘sencilla’, sus interpretaciones más sagaces sobre Sarmiento y Alberdi, sobre la ‘cultura científica’ del fin de siglo XIX, sobre Ingenieros y Lugones, sobre los ‘modernos intensos’ de los veinte y treinta, sobre la cultura radicalizada de las décadas de 1950 y 1960; y por eso mismo, es fácil imaginar entonces que este libro consiga hacer que muchos lectores recorran el camino inverso, hacia sus textos más complejos y los de todo el núcleo de historiadores renovadores que Terán utiliza y presenta en sus lecciones.”

Discusiones entre dos viejos amigos

Jozami opina que Terán ha comprendido muy bien los rasgos definitorios de dos décadas argentinas. El período de la hegemonía positivista y el modernismo de fines del siglo XIX y también la década de los años ’60, “en la que su análisis, sin perder rigor, tiene un inocultable fondo autobiográfico”. Sobre el primer peronismo, “aunque no comparto su balance tan negativo sobre la cultura del período, es cierto que señala muchos aspectos que muestran un juicio más ponderado: la modernización cultural que habitualmente se ubica en la segunda mitad de los ’50 tiene ya expresiones durante el gobierno de Perón”. Jozami reconoce que las discusiones con Terán fueron prácticamente diarias desde mediados de los ’60, cuando se conocieron, hasta 1975, “los diez años de las grandes esperanzas de transformación”. Después la cárcel y el exilio redujeron esos intercambios a unas pocas cartas. “En aquellos tiempos todo estaba teñido por la política. Leíamos a Marx, a Gramsci, Althusser y todo lo que tuviera que ver con la revolución del Tercer Mundo, los escritos del Che, Fanon, Mao, el texto de Paul Baran y Paul Sweezy, que en esos años se presentaba como El Capital de nuestra época”, repasa Jozami.

“Cuando nos conocimos, Oscar era ya un poco menos sartreano. En 1966 había escrito junto con Carlos Olmedo un texto polémico sobre la utilización de la categoría del bastardo por Sebreli, pero era también una discusión con Sartre desde el marxismo”, subraya el biógrafo de Walsh. “De todos modos, contribuyó no poco a contagiarme esa fascinación por el autor de Las manos sucias que fue característica de nuestra generación. Leíamos también a Cooke, sobre todo el Informe a Las Bases de 1966 que tanto influyó para definir la actitud de dura oposición a Onganía. Después, en los ’80, cuando muchos nos acercamos al pensamiento de Foucault, el texto introductorio fue el que Oscar había escrito en su exilio mexicano, lo que él llamó su ‘estación Foucault’, algo así como una salida controlada del marxismo.” El último intercambio intenso que tuvieron fue cuando Jozami estaba escribiendo su libro sobre Walsh. “Discutimos mucho, como dos viejos amigos que tal vez se esfuerzan demasiado en ponerse de acuerdo. Comprobamos nuestras diferencias: yo no tenía una visión tan negativa como él de los años ’70 y Oscar ya no era aquel que en la fiebre movilizadora del ’73 había llegado a los márgenes del peronismo. Pero en esas discusiones comprobé que sus observaciones seguían siendo de una agudeza invalorable, y que en ese amigo entrañable era difícil saber si admiraba más su pasión por el saber o la alegría con que sabía compartirlo”, señala Jozami.

“La tristeza infinita en que nos dejó la muerte de Terán a todos sus amigos, discípulos y admiradores encuentra sin duda un consuelo en la vasta obra que él dejó. Por la particular situación en que este libro fue escrito, robándole un poco de fuerza cada día a la enfermedad que ya sabía terminal, no sería erróneo considerarlo como su legado más íntimo, un último mensaje a un mundo que él deseaba más democrático, más igualitario, comenzando por las propias condiciones en que su pensamiento podía ser transmitido”, concluye Gorelik.

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Terán, fallecido el 20 de marzo pasado, trabajó hasta último momento, ya enfermo, en su Historia de las ideas.
Imagen: Gustavo Mujica
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