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Viernes, 30 de enero de 2009

OPINION

Los pequeños paraísos

 Por Patricia Piccolini *

Editores, impresores, libreros: el libro reúne a su alrededor oficios marcados por lógicas diferentes y para los que se requieren conocimientos, habilidades y disposiciones también distintos. Esto es así desde la edición, donde es preciso integrar en una armoniosa fórmula temas, autores, diseño y precio de venta al público, ya que el libro es, a la vez, producto cultural y mercancía. Hasta comienzos del siglo XX no era raro que los perfiles de editor, impresor y librero coincidieran en una sola persona y en una sola empresa. Con el tiempo se advirtieron las ventajas de la especialización, sobre todo entre editorial e imprenta, dos actividades que trabajan a escalas radicalmente distintas y cuyas diferencias se hicieron aún más marcadas cuando los desarrollos tecnológicos eliminaron el ida y vuelta entre ambas para la composición y la corrección de pruebas e hicieron de la edición una actividad desterritorializada y casi inmaterial. Sigue habiendo, sin embargo, empresas integradas (grandes emprendimientos con producciones voluminosas) y experiencias donde la combinación es más acotada: imprentas o librerías que, además, editan algunos libros, o editoriales que, además, tienen sus propias librerías.

La asociación editorial-librería seguramente ofrezca beneficios en términos comerciales y de marketing. Pero estos emprendimientos tienen, además, una impronta ya adoptada por otras librerías que son sólo librerías: se instalan en circuitos de compras y paseos, están atentos al diseño y colocan los libros en la lista del placer más que en la de la necesidad. Y está muy bien, ya que nada de esto está reñido con la buena literatura ni el estudio riguroso, a menos que pensemos que para la formación de lectores críticos es más efectiva la política de condena que sufren los libros en el medio universitario, con estanterías atestadas de fotocopias, bibliotecas desganadas y estudiantes obligados a leer apuntes ilegibles. Lo que sí sería deseable es que librerías y bibliotecas pudieran ejercer más ampliamente este oficio del convite al lector, replicando allí donde es más necesario –en la escala que convenga y con las formas que resulten más adecuadas– estos pequeños paraísos de iniciación a la felicidad del libro.

* Editora, profesora de la carrera de Edición, Universidad de Buenos Aires.

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