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Sábado, 23 de mayo de 2009

OPINION

Dados cargados

 Por Eduardo Fabregat

Todos saben que los dados están cargados. Todos tiran con los dedos cruzados.
Leonard Cohen, “Everybody knows”

El juicio por el incendio en República Cromañón se acerca al final. Ojalá pudiera decirse lo mismo del tormento que viven sus sobrevivientes y los familiares de las víctimas, pero eso no se cerrará nunca, ni siquiera cuando el juez Marcelo Alveró y el Tribunal Oral en lo Criminal 24 establezcan las responsabilidades y dicten sentencia. Por lo pronto, quienes sufren un eterno 30 de diciembre de 2004 recibieron el miércoles pasado un nuevo trago de hiel: ese día, por primera vez y sin admitir preguntas, los integrantes de Callejeros dieron testimonio. Es una forma de decir. Lo que hicieron los muchachos fue otra agachada clásica, nuevo capítulo en la estrategia del avestruz, la canción más repetida del grupo aunque no esté incluida en los dos discos que grabaron desde la tragedia –-sin contar uno en vivo– ni en los shows que dan regularmente en el interior. Un sonsonete titulado “Yo no fui”.

“Callejeros no era organizador, ni empresario, ni policía, ni bombero. Los chicos nunca recibieron un mensaje de mi parte sobre el uso de bengalas, y nuestras familias nunca ingresaron pirotecnia”, dijo Patricio Santos Fontanet. “La cultura bengalera no la creamos nosotros. No la instauramos ni la fomentamos. No estaba a nuestro alcance evitar que el público tirara pirotecnia, pese a que lo pedíamos siempre. Nosotros no podíamos detener esa costumbre”, señaló el escenógrafo Daniel Cardell. “La calificación de estrago doloso parte de un pensamiento morboso, criminal, psicótico, de alguien desquiciado”, argumentó el saxofonista Juan Carbone. “No está en mí ni en mis compañeros ver cuestiones de puertas, seguridad. Hoy sigue siendo así. Nuestra función es netamente artística”, se atajó el baterista Eduardo Vázquez. Vale la pena hacer un rewind a mediados de 2004, cuando poco antes de un show en Obras Sanitarias un tal Eduardo Vázquez le dijo a Juan Di Natale en FM Rock & Pop: “El problema con las bengalas es que a la gente se las saca la seguridad de Obras. Cuando nosotros tocamos tratamos de pasar las bengalas, pero esta vez no manejamos la seguridad y se complica”. En esa misma nota, otra persona que nada tuvo que ver con la tragedia, un tal Patricio Santos Fontanet, contó: “Por suerte este año apareció Cromañón, que es un lugar cómodo. Entran 4000 personas, que es casi un Obras pero es distinto, y además que es un lindo lugar, tiene todo, tiene el espíritu de Cemento y tiene mejores instalaciones, la gente la pasa bien”. Algo de razón tiene Carbone: hay algo psicótico en todo este asunto, aunque en rigor debería hablarse de esquizofrenia.

Desde estas páginas ya se ha señalado la contradicción más de una vez, pero esta nueva exhibición de cinismo, la fragilidad que suele tener la memoria en estas tierras, obliga a repetirlo: el discurso posterior a la tragedia de los integrantes del grupo trata de echar tierra sobre múltiples manifestaciones anteriores que decían lo contrario. Puede advertirse en el reportaje del 30 de octubre de 2004 realizado por los periodistas Juan Ignacio Provéndola y Damián Mercado para la revista Si se calla el cantor, donde Fontanet señaló: “Nosotros no queríamos ir a Obras porque la organización del lugar es distinta a la nuestra”. Pudo advertirse en las entrevistas realizadas por el cronista Ignacio Girón a bordo de los colectivos que iban a Obras, donde un integrante de la barra El Fondo no Fisura le explicó cómo arreglaban personalmente con el manager Diego Argañaraz el ingreso de la pirotecnia dos días antes del show, para evadir los controles. Para el grupo, hoy todo eso parece tan enterrado como para promocionar su show más reciente con el chiste de una jerga de escrito judicial, para adornar su último disco y sus gacetillas de prensa con sellos apócrifos del Juzgado de Los Invisibles. El nombre alude a otra de las barras, pero es también una buena alegoría de cómo Callejeros intenta ser invisible ante la Justicia, mete la cabeza en su propio micromundo y niega su conducta, su responsabilidad. Yo señor, no señor. No responderemos preguntas: sería demasiado incómodo.

En otro lugar del banquillo, Omar Chabán optó por la estrategia opuesta. El grupo de Villa Celina se empecinó en el silencio (salvo aquella aparición en Radio 10, una nota en Clarín y el tristemente célebre “chúpenla, por caretas” del show de retorno) hasta ver qué dados se jugaban, y una vez visto el tapete insistió en presentar los hechos en franca contradicción con las pruebas y testimonios de la causa. El gerenciador de República Cromañón eligió la misma verborragia que solía exhibir trepado a la barra de Cemento. Habló por televisión, por radio, en medios gráficos; declaró en el juicio seis veces, y el miércoles volvió a romper en llanto para decir que “mi vida se acabó, pero he pedido perdón y ojalá haya una reconciliación y un amor infinito”. Como todos los acusados, a lo largo del proceso intentó que el dado cayera en la cara del culpable ajeno, focalizó en el que tiró la candela (gran ausente en este infierno), recordó que la seguridad y el cacheo eran de la banda, apuntó a la confusión de ordenanzas superpuestas y funcionarios aviesos, recordó que poco antes del show él mismo hizo desde el escenario un desesperado llamado a que se dejaran de joder con los fueguitos. Chabán, siempre bastante improvisado en la explotación del Café Einstein, Cemento, Die Schule y Cromañón, trató de diluir su parte de responsabilidad con la detallada explicación de todos los factores, a veces con una verba filosófica que no lo ayudó mucho. Yo señor, no señor.

Mientras en los alrededores de Tribunales se multiplicaban los enigmáticos afiches con su cara, la ex funcionaria del Gobierno de la Ciudad Fabiana Fiszbin sacó hace un par de semanas lo que consideraba un batacazo a su favor: el certificado de bomberos que no estaba vencido como se suponía desde el principio, sino plenamente vigente. Puede parecer un buen argumento para volver a pedir explicaciones a ese cuerpo, pero lo que ningún funcionario dejó debidamente aclarado aún es por qué los “locales bailables clase C” eran examinados con tanta laxitud. Tampoco lo hizo Aníbal Ibarra, ni en el gobierno ni en su destitución ni ahora, demasiado ocupado en reclutar gente que lo haga quedar bien ante las cámaras de TV. En los shows de Callejeros en Obras y Excursionistas los inspectores sí se hicieron presentes, labrando actas por infracciones al Código Contravencional e iniciando las causas 15.822 y 46.050 respectivamente. Pero el “local bailable” era tierra de nadie, aunque su uso como lugar de recitales fuera notoriamente público, aunque los integrantes del grupo que tocaba se ufanaran en la radio de que allí podían hacer pasar pirotecnia porque la organización era de ellos, aunque festejaran que se podían meter 4 mil personas “casi como Obras”. Yo señor, no señor. Todos víctimas, ningún responsable.

En semejante rodar de dados cargados, otro factor de la tragedia parece apenas tangencial, y sin embargo es el emergente de una de esas “culturas” tan argentinas como el bengalazo: la cometa a la cana. Los uniformados procesados por cohecho representan otra de las anomalías comunes en los shows de rock, con los que el cuerpo policial solo parece poder relacionarse en términos de represión –bien lo supo Walter Bulacio– o de aprovechamiento de la oportunidad. Claro que es difícil negociar con una masa de pibes a veces desmadrados, pero los hombres de azul no suelen poner el empeño necesario en traducir el trillado slogan “proteger y servir” a una realidad que no sea la indiferencia o el palazo.

El lunes 1º de junio comenzarán los alegatos de un lado y de otro, últimas vueltas del cubilete. Según lo anunciado, el 19 de agosto se dictarán las sentencias. Ya se verá quién saca cero al as, quién pega un full y si alguien se lleva el milagro de una generala. A demasiadas almas hace tiempo que les tacharon la doble.

Everybody knows.

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