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Domingo, 16 de agosto de 2009

OPINION

La pasión según Campanella

 Por Aída Bortnik

El suspenso que arrasa el alma del espectador no se circunscribe ni al crimen, ni a la culpabilidad, ni al castigo. Todo, absolutamente todo, tal como está contada la historia, está en suspenso. El amor, la amistad, la vida misma de los personajes, su dignidad, su valor y, sobre todo, lo que Salcedo llama la pasión.

Sin duda la mejor película de un director que no ha hecho ninguna mal, El secreto de sus ojos coloca a Campanella junto a los pocos Grandes del cine argentino (algo de Torre Nilsson, algo de Soffici), ha decantado, refinado, pulido, perfeccionado hasta lo admirable cada faceta de su trabajo. Ninguno de los actores podría hacer mejor su personaje. Ninguno de los personajes deja de hablarnos en un lenguaje irresistible. La luz de Félix Monti es increíblemente perfecta, la música de Kauderer y Jusid, el vestuario de Cecilia Monti, la ambientación, el total es la suma de partes admirablemente realizadas. Los matices entre el pasado y el presente que están en todo el relato, en los actores, en el lenguaje, en la ambientación, en la luz, en el vestuario, construye una obra sin fisuras.

Como siempre el director nos cuenta su “pasión”. Pasión que él declara argentina.

Un pasado terrible en el que éramos jóvenes, un presente en el que mucho ha cambiado, pero ya no somos jóvenes. Ni viejos, todavía. ¿Permitiremos que nuestra vida se llene de nada o nos jugaremos aún por la pasión jamás perdida?

Ricardo Darín impresiona, personaje a personaje se agiganta. Y en este rol recuerda, nada menos, que a Alterio. Soledad Villamil, de belleza perturbadora, consigue hacer crecer su personaje desde la inseguridad y la soberbia hasta el comienzo de una madurez espléndida. Guillermo Francella se da a sí mismo la oportunidad de un carácter que nos asombra, nos conmueve. Pablo Rago, con una rigurosa economía, no nos permite imaginar cómo ha construido ese personaje maravilloso y aterrador.

Como toda la gente que hace cine y la mayoría de los que lo ven sabemos, la diafanidad de esta melodía no puede ser coincidencia. Hay un gran guión de Sacheri y Campanella. Y hay un gran director. Grande como pocos. Grande como su vocación y su talento.

A las cinco de la tarde, en una sala de un shopping, nos reíamos de pronto al unísono, había silencios profundos y hubo después un aplauso unánime y prolongado. Algunos gritaron “bravo”. Campanella no podía oírlos. Sería bueno que lo supiera.

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