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Jueves, 15 de abril de 2010

ALBERTO FUGUET, EL PERSONAJE QUE PROTAGONIZA VELóDROMO Y SU MANERA DE VER LA ACTIVIDAD CREATIVA

“Si un arte pide permiso, se desvirtúa”

El autor vuelve a dar pruebas de su pasión por el cine, en una película que irritará a más de un cruzado antipiratería: cuando no está yendo y viniendo en su bicicleta, Ariel se sumerge en las películas que baja sin pausa de Internet.

 Por Facundo García

“La última vez que salí a pedalear fue durante la noche del terremoto, porque no había comunicaciones”, cuenta el escritor y cineasta chileno Alberto Fuguet. Ya más tranquilo, se sienta a conversar sobre la película que está estrenando esta noche en el Buenos Aires Festival de Cine Independiente. Se trata de Velódromo, una obra tan íntima que se hace complicado abordarla con objetividad. Para los que se identifiquen con el director, será el afiladísimo retrato de una zona masculina que hasta ahora las pantallas no han sabido incluir, un rescate del placer de contar y un intento por dar cauce a una nueva etapa para el séptimo arte de la región: la era del cine garaje. Una muestra, en definitiva, de lo importante que es seguir haciendo arte independiente.

Velódromo es sobre bicis, afectos y cinefilia. Más allá de que las ruedas siempre han estado ligadas al celuloide (los rollos de cinta, las manivelas, etcétera), el protagonista tiene una relación vital con su mountain bike y con las películas que baja por la web. Zigzaguea por las calles santiaguinas mientras escucha música en mp3, y si está en su casa, se tira en la cama a ver lo que se descargó en el disco rígido. “Hay films de bicicletas que me gustan mucho, como Los muchachos del verano (Peter Yates, 1979) o Quicksilver (Thomas Michael Donnelly, 1986). Pero quería hacer una en la que no se tratara de ‘ganar’. El verdadero tema que elegí fue tal vez el tiempo”, adelanta el autor del libro Las películas de mi vida, donde relacionaba la biografía del protagonista con títulos y salas recorridos en su vida. Ariel, el personaje central de Velódromo, es un diseñador gráfico free lance a punto de cumplir treinta y cinco años. No tiene esposa ni hijos ni permite que el trabajo lo absorba. No es que tenga aspiraciones bohemias –de hecho, está rodeado de tantos artistas que siente un poco de asco hacia esa movida–, sino porque cuida que el sistema no le robe ese espacio personal. Y mira cine. Mucho. Es un cinéfilo de monitor. Un espectador digital. “Antes, los nerds leían libros para esconderse de la vida. Hoy también se puede hacer eso con las películas”, bromea Fuguet, y enlaza, un poco más serio: “Ya no se precisa ir a una sala donde hay otros. Puedes ver en tu iPod, o en tu computadora. Este hombre, de hecho, pasa horas en su casa viendo arte y también mucha basura. Pero respeta y valora esa búsqueda”.

La ciudad que opera como fondo del relato no está pensada para impactar al público de afuera. Los paisajes santiaguinos surgen con belleza, aunque esquivan ese exotismo que pinta a las urbes latinoamericanas como una aleación colorida de narcotraficantes y payasos. Aquí el juego es otro. Es el de los millones de tipos corrientes que trabajan y se sienten solos de vez en cuando. Quién no los ha visto: están en cualquier ventana de edificio, riéndose frente a pantallitas a altas horas de la madrugada. Son los desconocidos que atraviesan los nervios de cualquier capital cerca de la medianoche, cantando en voz alta, con los auriculares enchufados y jugando a pedalear sin manos aunque ya no sean adolescentes.

–Hay, por otra parte, una mirada sobre la sensibilidad masculina.

–Sí. La idea es que el espectador pueda espiar la mente de este ciclista. Varias mujeres me han dicho que mirar la película había sido como meterse en un vestuario. No es una buena comparación, aunque en alguna medida se trata de eso, de asomarse a lo que conversan los hombres, a sus amistades, a su realidad sentimental. Porque con injertos como los metrosexuales y las tribus urbanas, muchos han pasado a casi borrarse. Digamos que hay una nueva minoría masculina: los que no pertenecen a ninguna tribu. Seres a los que no todo en la vida les ha resultado mal (ni bien), que siguen siendo un poco tontos, no tan altos, que no son antihéroes pero tampoco héroes. A mí me interesa esa zona gris. No creo que en Latinoamérica la mayoría de los varones viva tirando tiros y fumando pasta base. El recuerdo que yo tengo de mi barrio no es ése. Eso estaba, seguramente. Pero estos trabajadores que iban andando en bici también existían y existen. Eso también merece contarse.

Con interpretaciones excelentes y dividida en pequeños capítulos sumamente youtubeables, Velódromo hace lo suyo sin dejar fisuras narrativas, al ritmo de los pedales y las emociones. Hay amigos que dejan de verse, mujeres que van y vuelven, sexo casual y, enlazando ese abanico, la puja solapada de un hombre frente al sistema. Se agradece, además, la mesura en el cinismo. La acidez, la incomunicación y el humor no terminan por convertir a los personajes en descreídos que miran pasar la vida. “‘Bienvenidos a mi planeta. No es grande, pero al menos gira’: En esa declaración que tira Ariel en el inicio se da la pauta de que lo que he tratado de hacer: una celebración del autismo. Quizá sea peligroso. Pero es mejor que celebrar las discotecas”, provoca el director.

En sintonía, el blog de Fuguet se llama Apuntes Autistas (www.albertofuguet.cl/wordpress). La bitácora deja entrever un rico universo personal, atravesado por la crítica cinéfila, las letras y los rodajes. Impacta también que a pesar de estar haciendo “garaje”, él siga viendo y reseñando una buena cantidad de cintas mainstream. “A mí me encantaría decir que siempre quise ser alternativo. Pero la verdad es que en un principio quería ganarme el Oscar, caminar por alfombras rojas y estar rodeado de glamour. Lo que pasa es que rápidamente te das cuenta de que son muy pocos los que acceden a ese mundo, y entonces te planteas si aún así te sigue interesando dirigir”, confiesa el chileno. “Yo ya estuve metido en el sistema ‘hollywoodense a la su-damericana’ y sufrí bastante. Este, en cambio, fue un proyecto que salió con naturalidad.”

–Habría entonces una primera oposición en su apuesta. “Hollywood a la sudamericana” versus “el cine garaje”...

–Yo soy de la idea de que hay que hacer películas cueste lo que cueste, aunque tratando de llegar a la mayor cantidad de gente posible. Considero que el sistema carísimo que muchas veces se usa en nuestros países no debería existir, o debería existir sólo para aquellas apuestas ultracomerciales que tienen asegurado el funcionamiento económico. Aquí se hacen películas industriales donde no hay industria. Así que junto con mi equipo hemos cambiado la óptica, inspirándonos en el modelo del teatro. No me gusta mucho el teatro, en realidad. Pero sí admiro a los actores que hacen las obras por el gusto de hacerlas. Tienen claro que no van a ganar mucha plata y eso no los detiene. De ellos aprendí que si un arte tiene que pedir permiso a treinta burócratas o dos fundaciones para existir, se desvirtúa un poco. Y no somos los únicos que lo vemos así. Por lo menos en Chile hay cada vez más gente que se sale del modelo típico. No tienen una unidad desde lo visual, y a la vez comparten rasgos. Son películas más pequeñas, con menos “pornopobreza” y más narración, con mecanismos alternativos para conseguir fondos.

–Además de manejarse con otro financiamiento, ¿habría otras características actuales del “cine independiente” en contraposición al “comercial”?

–No sé si es una diferencia formal. Hacer una película con tres actores y dentro de una habitación que te cueste un millón de dólares, ¿es ser independiente? Mi film tiene ochenta locaciones y salió sólo diez mil. Quizá lo verdaderamente independiente esté en recuperar la presencia de un autor que pretende expresar algo.

–Para muchos popes antipiratería, el cinéfilo digital que aparece en Velódromo es la encarnación de una pesadilla. Baja archivos, los comparte con sus amigos y cree que tiene derecho a que nadie se lo impida. Uno no puede dejar de preguntarle qué opina usted de aquellos colegas que reclaman en contra de las descargas con el argumento de que quieren “vivir de lo que hacen”.

–Bueno, es que yo no puedo meterme en la vida familiar de las personas. Si tú quieres mantener a tu mamá o a tus hijos haciendo películas, yo no te puedo juzgar. Es un tema privado que no deberíamos mezclar con el cine. Desde luego, soy de la idea de que si perteneces al uno por ciento de la población que puede dedicarse exclusivamente a lo que le gusta, debes ir a misa los domingos (risas). Acabo de llegar de Nashville, una ciudad repleta de cantautores. De ellos, sólo cuatro viven bien del arte y el resto reparte pizza, limpia baños o va a la oficina. No por eso se deprimen ni se privan de presentarse en los bares para que la gente los escuche. Todo el mundo quisiera vivir del arte. Pero creer que uno tiene más derecho a eso que los demás es de una arrogancia tremenda; y si finalmente existe Dios te va a castigar, y cuando te mueras no te va a dejar ir más al cine. Así que vuelvo al teatro: los actores la tienen más clara que los cineastas. No se les cae la cara si tienen que trabajar de otra cosa. Saben que es así. Eso no implica que uno no quiera ser reconocido. La autoría debe reconocérseme, y si alguien está haciendo millones con mi película sería justo que a mí me corresponda algo de ganancia, ¿no?

* Velódromo se exhibe hoy a las 20.30 en la Alianza Francesa (Córdoba 946). El domingo a las 17 tendrá una función al aire libre en Pasaje Carlos Gardel 3100 (entre Anchorena y Jean Jaurès), con entrada gratuita.

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“Admiro a los actores de teatro que hacen obras por el gusto de hacerlas. No van a ganar mucha plata, pero eso no los detiene.”
 
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