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Lunes, 26 de abril de 2010

UNA RECORRIDA POR STANDS Y PASILLOS DEL PREDIO DE LA RURAL

Los libros como eternos objetos de deseo

Una fauna lectora movediza y aventurera animó el primer fin de semana de la Feria. Se vio más gente que otros años, hubo largas filas en busca de autógrafos y se vislumbró el “hit” de la 36ª edición: la Máquina del Bicentenario de la BN expende libros por un peso.

 Por Silvina Friera

Los rumores son grietas por las que intentan abrirse paso miles de deseos que se congregan en el Predio de La Rural. Los expositores quieren vender más –y por las caras y los gestos se adivina que la 36ª edición de la Feria del Libro arrancó muy bien–; la gente de a pie, que merodea por los stands de las editoriales o que pispea charlas, debates o recitales por las salas, espera una sorpresa, el chispazo de un entusiasmo persistente en la mano que escoge un libro, o en los oídos que ordenan al cuerpo sentarse a escuchar porque los pies se cansan antes que la cabeza. “Estoy mirando, no busco nada en especial”, cuenta Alberto, un grandote de 52 años que aclara que no le hace asco a nada y lee “de todo”, cuentos, autoayuda y economía. Está en el stand de Santillana; pero hace más de una hora que yira sin prisa por los pabellones. Se cruza de brazos y se anima a filosofar: “Yo siempre digo que el libro me tiene que llamar; miro, miro, miro... y si me llama, compro. Estoy esperando el llamado”, bromea y se despide porque su mujer, que recibió el “llamado”, sale de Santillana con una bolsa. Y con ganas de seguir paseando. Las siluetas se pierden entre la masa de adultos, jóvenes y chicos que se desplazan con familiaridad por el paisaje. Es el primer sábado y hay más gente que en otros comienzos. Mucha más. Si Página/12 sigue la advertencia de Alberto, la Feria, con su lema “Festejar con libros 200 años de historia”, es el “llamado de otoño”, la gran revelación que aglutina una fauna lectora compleja, movediza y aventurera.

En el reino de La Rural el murmullo ambiente puede resultar infernal. En el pabellón azul, el impactante stand 708 Espacio del Bicentenario, más de mil metros cuadrados donde conviven 19 organismos del Estado Nacional, Juan Sasturain y Liliana Heker participan de un homenaje a Horacio Quiroga. Un joven pregunta por la forma con la que el autor de Cuentos de la selva trabaja el transcurso del tiempo, que le parece “muy cinematográfica”. Sasturain responde: “Es el tiempo objetivo y subjetivo mezclados. Una cosa es el tiempo real y otra cosa lo que pasa segundos antes de que alguien va a morir”. El escritor recuerda la gran tradición de cuentistas en el Río de la Plata, “más que novelistas”, y menciona como ejemplos a Borges y Cortázar. Heker asiente, aunque recuerda el caso de Arlt, con novelas como Los siete locos y Los lanzallamas, y “notables” cuentos como los relatos de El jorobadito. “Este es un país de muy buenos cuentistas; ha dado más cuentistas que el resto de los países de Latinoamérica”, agrega la escritora. No hay puf donde sentarse; el interés que genera la dupla ha rebasado la capacidad de este living ameno, donde algunos aprovechan para estirar los pies y descansar un rato, donde otros escuchan y preguntan. Los que llegan tarde forman de pie una ronda.

En el mismo stand, a metros del Café Cultura, la gente camina entre una “gigantografía” de La Mulatona hacia lo que podría llamarse el “hit de la Feria”. Es la Máquina del Bicentenario de la Biblioteca Nacional. “Eche veinte centavos en la ranura/ si quiere ver la vida color de rosa”, cantaba el poeta Raúl González Tuñón. Aunque parezca mentira, ahora hay que echar un peso en la ranura y elegir libritos en formato tan pequeño que bailan en la palma de la mano. Sólo acepta monedas de un peso, pero hay un muchacho muy gentil que cambia billetes. Se forma una cola; un señor pide ayuda. Quiere Cuentos de la selva, de Quiroga, que fue el primero en agotarse entre el jueves y el viernes. Acaban de reponerlo y ya amaga con agotar de nuevo. La máquina ya entregó más de 1500 libros en tres días. El artefacto, un tanto ronco por el uso, escupe los libritos. Los más requeridos son Cosas de mujeres, de Fogwill; El organito, de los hermanos Discépolo, y Vida de San Martín. Contada para los muchachos de América, de Dardo Cúneo. Pero el menú de este artefacto maravilloso tiene también una Antología personal, de Juana Bignozzi; Poemas, de Juan L. Ortiz; Apariencias y costumbres, de Eduardo Wilde, y Cuentos, de Haroldo Conti, entre otros. Mirta Zehnder, profesora de alemán, está cerca de la gigantografía de El Eternauta. Revisa en la madera trabajada de sus recuerdos y cuenta que “nunca se pierde la Feria”. Visitante “honoraria”, como tantos otros, subraya que por el Bicentenario “hay mucho más color”.

Dos adolescentes se detienen ante una máquina negra que reza: “Bajá música”. Están tan entretenidas, una de ellas con los auriculares, que Página/12 teme quebrar el hechizo. Luciana tiene 16 años y es, sin duda, lo que se podría llamar “una nativa digital”. Explica que la máquina tiene canciones gratuitas para bajar; el resto, salen de un peso a 3,50. Ella está bajando ahora “You know me”, de Robin Williams, gratis, claro. “Si no estás muy convencida, podés escuchar unos segundos la canción, antes de bajarla”, sigue dando cátedra. Con su amiga, Corina, fueron a ver al dibujante Ciruelo. Muestra la lámina firmada por el artista, que logra que el espectador viaje, a través de sus dibujos, por un legendario mundo de hadas, dragones, hechiceras y míticos personajes.

Aunque Marcos tiene 3 años, gatea sobre la alfombra del stand de Edebé, un espacio con libros para los más chicos. Con el dedo índice de su mano derecha señala en la pantalla a uno de los personajes de un dibujito animado demasiado lisérgico para su edad. Natalia, su madre, es la primera vez que pasea con su hijo por la Feria. “¿Cómo hago para sacarlo de acá?”, se pregunta, sabiendo que si intenta alzarlo y continuar recorriendo los stands, el berrinche de Marcos se lo impedirá. Resignada, alza los hombros y se pone a mirar el dibujito junto a su hijo. El aluvión de niños, sin embargo, se concentra en el pabellón Azul en el Patio Infantil. Las escenas son contrastantes. Hay padres hojeando con sus hijos algunos de los más de 3000 ejemplares que ofrece la Biblioteca. Pero esos son los nenes y nenas más tranquilos, que escuchan y deletrean palabras, que leen o lo intentan. Los hermanos inquietos corretean, gritan, y demandan atención. “¡Pero mirá cómo tenés la cara!”, se queja el padre. Su hija, puro rizos azabaches, parece un chocolate ambulante por culpa de un alfajor que se comió. Es hora de rumbear para una sala, piensa Página/12, que siente más pena por la nena que por el padre.

Después de tanto jaleo, encontrarse en la sala principal, la José Hernández, con el músico brasileño Dori Caymmi, es un remanso. No hay mucha gente, pero las 50 personas que están parecen una pequeña cofradía. La guitarra susurra, los pies se balancean, aunque el mundo, fuera de la sala, siga girando. Hacia ese mundo hay que regresar, después del descanso. Una extensa cola genera un sobresalto. ¿Quién será el autor que despierta tanto interés? El manual de primeros auxilios, la guía de la feria, no proporciona la respuesta. Raquel, de 31 años, diseñadora de indumentaria, sí. Está hacia el final de la cola que conduce al stand de Ediciones B, esperando que Guillermo Prein, fundador del Centro Cristiano Nueva Vida, pastor, maestro y conferencista –según se lee en la escueta biografía de la solapa del libro– le firme el ejemplar de Angeles en su tumba, que acaba de comprar a $ 61,20, “con descuento”, aclara, porque en las librerías está a 68 pesos. “Compro libros que tengan que ver con realidades –argumenta poniendo el énfasis en la última palabra–, que llevan a la gente y me llevan a mí a reflexionar. Este autor no es conocido, pero veo que habla de cosas reales y lo agarro y lo compro.”

La cosa real es que la cola crece y crece y crece... ¿Será el “llamado”, como lo definió, Alberto? No es tan fácil el asunto; cuesta encontrar la hilacha. “Pido a los santos del cielo/ que ayuden mi pensamiento,/ le pido en este momento/ que voy a cantar mi historia/ me refresquen la memoria/ y aclaren mi entendimiento”, se lee en un folleto, que recuerda al gaucho Martín Fierro, que entrega la Secretaría de Cultura de la Nación. Los lectores son personas comunes haciendo cosas extraordinarias, como bancarse largas filas en busca del autógrafo esperado. O quizá no sean tan extraordinarias... A la salida, una mujer realiza una suerte de balance apresurado de la visita junto a su marido: “No puede ser que en el stand de Chile no tengan libros de (Pedro) Lemebel”.

–Hay mucho espectáculo... la Feria ya no es lo que era– protesta el marido.

–Excepto Vila-Matas, y el italiano, ay, cómo se llama... no me sale... (Baricco, le sopla el marido), no hay grandes escritores –afirma ella.

Una madeja de deseos se enreda en el predio de La Rural. Muchos se retiran satisfechos. Otros, buscando lo que desean, tal vez pierden el deseo de lo que buscan.

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Los chicos tienen para entretenerse en la Feria.
Imagen: Bernardino Avila
 
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