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Martes, 27 de abril de 2010

FERIA > ENTREVISTA AL COLOMBIANO FERNANDO VALLEJO

“Para mí es una desgracia tener que escribir libros”

El autor de La virgen de los sicarios presentará hoy en la Feria su última novela, El don de la vida. Que asegura será la última. “Una de las tragedias de mi vida ha sido pasar de lector a escritor”, subraya antes de entregarse a sus diatribas contra el mundo.

 Por Silvina Friera

“¡Carajo! Me estoy volviendo un viejo anecdotero, que es en lo que acaban todos.” Lo dice Fernando Vallejo, el creador de una primera persona ferozmente autoparódica, un “yo” articulado para arrasar contra todo y todos –especialmente progres–, en El don de la vida (Alfaguara), su autoproclamada última novela, que se presenta hoy a las 19 en la Feria del libro. Tal vez compartan esta sensación muchos lectores al avanzar por las páginas del libro y encontrarse con los dos personajes, un autor colombiano y su “compadre”, que conversan por largo rato, sentados en un banco del parque de Medellín. El autor contabiliza muertos y los registra en una libreta. Aspira a llegar a los seiscientos, antes de que la mano de la doña Muerte se le pose encima. En ese diálogo de “locos” las diatribas contra los “pobres de mierda”, la iglesia católica y ese “polaco bellaco”, entre otros enemigos ilustres de la agenda del colombiano, se agotan. Y cansan al más estoico de los vallejianos. Suenan a cuento ya contado, a bofetada que no ejerce el mismo efecto que cuando se lanzó el primer golpe. “No se repita”, le advierte el compadre. Pero el escritor colombiano cae en la trampa de su personaje o del manual del provocador sin riendas ni límites para su nihilismo galopante. Vallejo se repite. Y no le importa.

La amabilidad de Vallejo, eso que se llama “don de gentes”, es tan intensa como los rugidos de sus libros. Su voz en persona es una melodía apenas audible. En el piso catorce de la editorial, abraza a sus ocasionales interlocutores, sorprendido de que sean los mismos que lo entrevistaron en anteriores visitas. Y le cuenta a Página/12 que hace unos meses estuvo de incógnito en Buenos Aires y visitó el Jardín Botánico para ver a los gatos. Cuando habla de los animales, los ojos le brillan como si hablara de un amor a primera vista.

–¿El don de la vida es su último libro?

–Claro que sí, siempre digo lo mismo, cómo voy a cambiar (risas). No sé si sería capaz de escribir otro más. Para mí es una desgracia tener que escribir libros; a mí me gustaba leerlos. Una de las tragedias de mi vida ha sido pasar de lector a escritor. A los libros les debo los momentos más hermosos de mi infancia y de mi juventud, cuando no pensaba escribirlos. Ahora me pusieron en esta cárcel... No, no quiero escribir más. Este es el último.

–¿Aunque lo tienten con muchos dólares para un próximo?

–Nunca me lo van a ofrecer; entonces no hagamos cálculos (risas).

–¿Para escribir este libro tuvo presente el método de la mayéutica?

–Nunca había escrito un libro así; es una forma nueva. Como mis novelas son todas en primera persona, los diálogos son mínimos porque no es realista que quien escriba en primera persona esté remitiendo diálogos enteros. Un novelista en tercera persona sí lo puede hacer. El diálogo fue la solución que encontré para lo que estoy tratando de escribir hace mucho tiempo, sobre todo en libros como La rambla paralela y Entre fantasmas, para hablar de la muerte. Es una forma que me costó mucho trabajo.

–¿Siente que le faltan las ganas, que todo se acaba, como el protagonista del libro?

–Sí, no tengo muchas ganas de escribir... (piensa). Vivimos en un momento tan miserable, tan lleno de infamia, que a veces se me bota la camisa y empiezo a decir barbaridades (se ríe), pero más bien a mi pesar. No quisiera seguir haciendo este papel de decir las cosas que otros no quieren decir.

–El compadre le pide que no se repita. ¿Se puede evitar la repetición?

–Nos repetimos todos, todo el tiempo. Todos somos una repetición de nosotros mismos. En realidad estamos diciendo siempre las mismas cosas, soñando con los mismos sueños, alimentando las mismas ilusiones, todos los días a todas las horas. El ser humano es una máquina de repetición. El cerebro del hombre es una repetición que está reviviendo siempre los mismos recuerdos, rumiando los mismos odios.

–Además del amor por los animales, que conjuran el odio rumiado por el protagonista, ¿la vejez tiene algo positivo, algo rescatable?

–Todo está mal con la vejez y con la vida humana. No hay nada positivo en la vida. Si vamos hacia la muerte, ¿qué es lo positivo? Estamos llenando el presente con ilusiones para un futuro que se volverá dentro de poquito en pasado y que terminará con nosotros. Y pasaremos al olvido. Siempre ha sido así y siempre así será. ¿Qué hay de positivo en todo esto? No puede haber nada positivo.

–¿Vallejo y el protagonista coinciden, no hay diferencias?

–No puedo decir cuánto hay de diferencia entre los locos de mis libros y yo.

–¿El tiempo le hizo perder la capacidad de distinguir quién es quién en ese juego?

–No estoy muy seguro de que dentro de mis libros haya uno solo; tengo la impresión de que son varios.

–¿En qué momento la Iglesia Católica se convirtió en una de sus obsesiones?

–Yo fui bautizado y educado en la Iglesia Católica; pero hacia los 16 años dejé de ir a misa y de confesarme. El tema de Dios y del cristianismo nunca me importó. Pero en los últimos años empecé mi pelea contra la Iglesia Católica, que es la gran secta que predomina en los países hispanos, porque veía que era el peor obstáculo de mi gran causa: la defensa de los pobres animales. El cristianismo nunca vio como nuestro prójimo a los animales superiores, a los perros, a las vacas, a los cerdos, a los que tienen un sistema nervioso, que sufren y sienten como nosotros. La iglesia nunca tuvo una palabra de amor hacia ellos, no sólo los papas y sus santos, sino Cristo mismo, ese personaje mitológico que no existió. ¿Cuándo tiene Cristo una palabra de amor o de compasión por los animales en los evangelios? Nunca. Acá hay un problema moral en la sociedad que le impide ver a los animales superiores como a nosotros. Y que les permite atropellarlos; que estemos acuchillando a las vacas y a los cerdos en los mataderos para comerlos. Eso es una monstruosidad y hay una religión que lo permite. La historia de la iglesia es una historia criminal. Los crímenes de sangre de la iglesia, los delitos de sangre que llevan más de dos milenios, son contra la inteligencia del hombre.

No es tan pesimista Vallejo. Su causa por los animales le permite confiar en el futuro. “En estos momentos creo que hay un despertar; nos estamos quitando la venda de los ojos y viendo a los animales como son: como seres vivos que tenemos que respetar. No los podemos utilizar a nuestro antojo ni hacerlos reproducir para nuestro beneficio. El vegetarianismo y el respeto por los animales se está extendiendo en la sociedad y terminará por imponerse”, pronostica el escritor.

–¿Usted es vegetariano?

–Sí, de unos años para acá. Me tomó muchos años hasta que me tocó ver a los perros abandonados. Yo pasaba por las calles y los veía sin verlos. Pero después vi su dolor, su abandono, y empezaron a dolerme. Pasaron muchos años y seguía comiendo carne sin darme cuenta de lo que estaba pasando en el matadero. Después me di cuenta y dejé de comer carne. Pero quitarse la venda de los ojos no es fácil; por eso no puedo hacer un reproche muy fuerte a los demás, que me oyen decir estas cosas y vuelven a lo mismo. Algún día entenderán y la gente se volverá vegetariana.

En El don de la vida “el viejo anecdotero” despotrica contra Borges. Dice que “era un güevón y todos lo saben, ¡pero quién le da patadas a un ciego!”; que era el “Homero ciego de la Reina del Plata que detestaba los adverbios en mente”. Vallejo se ríe cuando Página/12 reproduce exactamente lo que él escribió. “Es el loco del libro el que lo dice”, señala, como abriendo el paraguas de una pregunta que se cae de maduro.

–¿Qué piensa de Borges?

–Cada vez me entusiasma menos. Era muy mal poeta y un prosista menor; su prosa está llena de afectación y de impropiedad en las palabras, como si no fuera un escritor de la lengua española. Para no ir más lejos de la Argentina, Mujica Lainez es un gran escritor, un gran prosista, pero Borges no, no, no (sacude la cabeza). A Borges lo mitificaron con las traducciones al inglés y al francés; traducciones que es muy probable que hayan mejorado las impropiedades y afectaciones. Borges es un mito de los ingleses, de los alemanes, de los extranjeros, porque era fácil de traducir; era como estar traduciendo a Chesterton o a Stevenson. No comparto ese mito, no comparto ese entusiasmo por Borges. Pero además la literatura me tiene sin cuidado, no tengo pasión por ningún escritor, ni de ahora ni de antes. Por los músicos tengo una pasión muy grande, pero los escritores no me interesan.

–¿Por qué perdió la pasión por los escritores, por la literatura?

–De verdad la perdí, porque cuando era niño leí muchísima literatura con un gran placer y los libros me dieron mucha felicidad. Escribir no me da tanta felicidad; tal vez sólo un poco pensando en los tartufos hipócritas a los que voy a molestar. Tal vez eso sea un estímulo para que yo escriba. Pero la literatura ya no me llega al corazón.

–Otra preocupación que recorre sus libros es el mal uso del idioma. ¿Qué elementos lo llevan a afirmar que el español está muerto?

–El español está completamente anglizado. No es la primera vez que la lengua española recibe la influencia de otro idioma; en el siglo XIX con la Revolución Francesa hubo un afrancesamiento en la cultura española. Pero era menor al lado de lo que está pasando ahora. Por los medios de comunicación, el inglés se está convirtiendo en una lengua universal. Y absorbió a la lengua española en un grado que no nos imaginamos. Podría escribirte un diccionario de anglicismos o un tratado de anglización de la lengua española. El español ha ido perdiendo el sentido de propiedad de las palabras y está cambiando a una velocidad vertiginosa imposible de absorber. Todos los idiomas han cambiado, pero con lentitud. Algunos un poco menos lentamente que otros. El italiano cambió lentamente; Petrarca, Boccaccio y Dante son todavía legibles para el italiano. El inglés cambió a más velocidad porque Shakespeare casi no es legible en su lengua original. El español ha cambiado menos que el inglés, pero un poco más que el italiano. En las últimas décadas el cambio ha sido vertiginoso y el español se está anglizando de una forma que nadie alcanza a detectar. Yo tengo un punto de comparación porque he visto cambiar el español, no sólo la lengua española en general, sino el idioma hablado en Colombia, en mi región de Antioquia, en el curso de mi vida, hasta volverse casi incomprensible. El colombiano que yo hablé en mi niñez se ha vuelto una especie de protoespañol, desapareció. Los viejos van aprendiendo el idioma de los jóvenes porque el idioma se contagia como la gripe.

–¿De qué palabras o frases se contagió?

–Hay miles, por ejemplo “de alguna manera”. ¡Eso es una estupidez! Todo es de alguna manera. No hay nada que no sea de una manera. La anglización llega a las interjecciones, a la puntuación. Cómo vas a escribir en un mail “querido Pablo, (coma)”. En español escribíamos, “querido Pablo: (dos puntos)”; la coma nos viene del inglés y del francés. Cómo vamos a decir “guau”, la exclamación inglesa, como si fuéramos perros. En Colombia diríamos “uy”; en México, “híjole”; en cada zona del idioma tenemos una forma de interjección, de exclamación. ¡Hasta las exclamaciones están anglizadas! El verbo “involucrar” se usaba en un delito, pero cómo vas a decir que estás “involucrada en una obra de caridad”. Porque se está traduciendo del inglés “implicarse” como “involucrarse”. Es una anglización sutil. El inglés tomó todas las palabras del latín, pero las ha usado la mayoría de las veces con un significado distinto a como las hemos usado nosotros. Es asombroso cómo estamos mandando al demonio más de mil años de tradición de la lengua española.

–¿Usted estaría de acuerdo con la contaminación de las lenguas o le parece que esa contaminación se pasó de la raya?

–No cuestiono la contaminación porque es imparable. A mí no me importa que el común de la gente hable mal; que los políticos, los burócratas y los locutores de fútbol hablen mal. No me importa. Pero que sean los escritores que escriban tan mal, sí me importa. ¡Pero allá ellos, que escriban como puedan! Yo escribo como me da la gana a mí.

–¿Cómo sigue su vida después de la Feria del Libro?

–Me voy a Uruguay, quiero quedarme unos días en Montevideo para conocerlo más de cerca. Me gusta porque es una ciudad vacía; no hay mucha gente. Tengo el mejor concepto de los uruguayos porque son pocos. Y son ateos (risas).

La paridera y los pobres

¿Por qué será, compadre, parafraseando al “loco” de El don de la vida, que detesta tanto a los pobres?

–Ah, lo que pasa es que ese odio a los pobres saca de quicio a los demagogos y a los alcahuetes de la paridera y de la pobreza. Los pobres han tomado siempre el papel de víctimas de los ricos, víctimas de una clase alta que ellos mismos han alimentado y tolerado. La defensa de los pobres es un trabajo demagogo de los que quieren usarlos para asumir el poder. Además, hay pobres y pobres. Entre los pobres es muy probable que haya más gente buena que entre los ricos porque son más. El conjunto de los pobres es un conjunto irresponsable de paridores, de gente que se reproduce sin importar qué será de sus hijos; ignorantes que no quieren leer, que no se quieren instruir porque son zánganos y perezosos. Yo no me trago el cuento de la defensa de la pobrería.

–Una postura tan extrema y tan dura, ¿qué tipo de consecuencias tiene?

–Todo lo que digo me trae problemas. Y a juzgar por lo que leo en Internet, más insultos no puede haber contra mí. Esa es una señal de que voy bien. Digo lo que la mayoría de la gente no se anima a decir. Se hace evidente que no podemos seguir tolerando esta reproducción indiscriminada de esta especie vándala. ¡Cómo no voy a estar oponiéndome a esta paridera de gente! Y es más inaceptable en la gente pobre porque los pobres no tienen con qué educar a sus hijos; son una carga para el resto de la sociedad que trabaja. Los pobres quieren tener un gobierno que les dé comida gratis, escuela gratis, transporte gratis, todo gratis.

El pésimo concepto

El loco de El don de la vida dice que Cristina Kirchner es un “engendro de vulgaridad y oportunismo salido de las trompas de Falopio de la Gorgona”. ¿Vallejo suscribe esto también?

–Yo no opino sobre política...

–¿Sobre ningún político? ¿Sobre Uribe tampoco?

(Se ríe) –El caso de Uribe es distinto porque soy colombiano y tengo derecho a hablar de él. Tengo un mal concepto de Uribe, pero no tan malo como se tiene usualmente afuera, como lo tiene la gente de izquierda. Tengo un mal concepto de Uribe, como de toda la clase política: la de aquí, la de México, la de España, la de todo el planeta. Tengo un pésimo concepto de los políticos; tengo el concepto de que político es sinónimo de bribón, de que no puede haber político honrado. Pero en el caso concreto de cada país, no tengo derecho a meterme a hablar porque no estoy muy enterado de los hechos ni de las denuncias concretas, de un lado y del otro. Pero tengo un pésimo concepto de la persona que ocupe o quiera ocupar la presidencia de un país.

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Hace unos meses, Vallejo estuvo de incógnito en Buenos Aires y visitó el Jardín Botánico para ver a los gatos.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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