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Domingo, 4 de septiembre de 2011

OPINION

Vivir

 Por Eduardo Fabregat

Vivir bien es la mejor revancha.
(George Herbert, 1593-1633 / REM, 2008)

No debe olvidarse: en el centro de todo hay una nena asesinada. El mero hecho, la contundencia de sensaciones que eso dispara, debería llamar a cierta sensatez. Pero no. Volvió a suceder. En los últimos tiempos, los casos policiales más resonantes de la Argentina despertaron y pusieron a la luz lo peor de los medios. Esta semana, el “caso Candela” –la nena asesinada como zócalo televisivo, reclame radial, volanta gráfica– dio pie a otra performance periodística con más vergüenzas que aciertos. Como otras veces, se confundieron los roles, muchos creyeron que era su momento para consagrarse como investigadores, se cometieron irresponsabilidades, se transmitieron en vivo y en directo todas las acciones de los investigadores, para beneplácito de los investigados. Conocido el trágico desenlace, los mismos profesionales de los medios que contribuyeron con su desidia se subieron al estrado para empezar a repartir responsabilidades y establecer nuevas teorías. A nadie se le ocurrió sugerir que quizá habría que empezar a apagar las cámaras, callarse la boca a tiempo. Nunca. Después del miserable carnaval de los últimos días, la prensa se cree a salvo de toda miseria, lo suficientemente inmaculada como para alzarles el dedito a todos los involucrados.

¿Qué es lo que lleva a estas distorsiones del oficio? ¿Por qué esta semana los medios fueron a contramano de todo lo que recomiendan los (auténticos) expertos en materia de secuestros? ¿Quién dice que el conocimiento y difusión periodística es más sagrado que la integridad de una víctima? El epígrafe de una foto de tapa indica que ése es el preciso instante en que la madre está reconociendo el cuerpo de su hija. Otra portada ofrece el demagógico insulto ideal para los carteles de la turba de linchamiento. El efectismo y la búsqueda de público se imponen sobre el periodismo: todo vale. Los canales de noticias se encadenan: sería interesante escuchar la opinión de quienes se quejan de la cadena nacional presidencial frente a ese continuum del velorio y el entierro en todos los canales de noticias. Ilustrativo: El entierro de una nena de once años. Los movileros buscando al símil de Tony Montana escondido en la multitud. Los productores apretando por cucaracha: dale, conseguí algo.

Los artistas, al menos, tuvieron los reflejos para admitir que estaban “confundidos” ante el giro que había tomado el caso. La increíble velocidad con que las imágenes del reconocimiento y el audio del llamado extorsivo tomaron estado público hicieron que Facundo Arana (quien, tras el incidente cabaretero del padre de Agustín, viene algo cascoteado en su conciencia social), Ricardo Darín y Juan Carr encabezaran una conferencia de prensa que intentó reflexionar un poco sobre el rol jugado por los “famosos”. Entre la gente del espectáculo hay quien pide pena de muerte y quien se moviliza por la vida. En el segundo caso, no se puede cuestionar las mejores intenciones de quienes quieren aportar a un tema que tiene en vilo a la sociedad. Pero Adrián Suar atendiendo llamados con posibles pistas no es lo que se dice una idea brillante. No por desdeñar la capacidad del actor y director artístico de El Trece para interpretar datos y apuntarlos, sino porque es seguro que su presencia multiplicará los llamados de personas que nada tienen para aportar a la causa más allá de su entusiasmo por hablar con un famoso. La difusión permanente de imágenes de Candela, el fogoneo del tema hasta ocuparlo todo, es precisamente lo que no debe hacerse en un secuestro extorsivo. Hay tal carga dramática en esa estrella mostrándose como gente común y sensible que, en términos de rating, permite dejar toda consideración sobre los efectos reales a un lado. Y en el bloque siguiente rinde más el análisis del no-ingeniero Blumberg que el de alguien que sabe de lo que habla.

Frente a semejante máquina de machacar el ánimo popular, no es de extrañar lo que sucedió en las redes sociales. En Twitter desfilaron turbas con antorchas, doctores en lugares comunes, oportunistas mediáticos, miserables que buscan el rédito político de un asesinato y cultores del humor negro. En Facebook se pegaron infinidad de párrafos sensibleros en los muros, se alimentó la catarsis por ese “peor final” sustentado en titulares catástrofe y caras de circunstancia en estudios centrales. Las circunstancias del modo de vida de la familia de Candela hicieron que no se pudiera agitar tanto el espantajo de la “inseguridad” (“nos matan, señores, nos matan y nadie hace nada”), pero de ninguna manera impidió un aquelarre del cual hoy parece que quedarán reflexiones, pero en el fondo sabemos que bajará la espuma y las reglas del juego de los medios no cambiarán demasiado. Seguiremos haciendo un distraído zapping hasta que la placa con el Ultimo momento, la foto, el nombre, eso que los productores en realidad necesitan tener cada tanto aunque se muestren compungidos, vuelva a detener los relojes. Quizá ése sea un buen momento para apagarlo todo, cerrarlo todo, dejar la muerte del lado de adentro de la pantalla, del parlante y de la hoja y salir a disfrutar lo que tenemos. Tratar de vivir bien, la única revancha posible frente a tanto asco.

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