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Martes, 13 de junio de 2006

DANZA MARIA FUX, PROXIMA A CUMPLIR 85 AÑOS

“Siempre estoy encontrando movimientos insospechados”

La bailarina y coreógrafa presenta su espectáculo Después de los 80, ¿qué?

 Por Cecilia Hopkins

“Creo que estoy entrando en la madurez, aunque a veces no me siento muy segura de eso”, se ríe María Fux, próxima a cumplir 85 años y a punto de concretar la segunda y última función de su espectáculo Después de los 80, ¿qué?, mañana en el teatro Regio (Córdoba 6052), junto a las 20 integrantes de su grupo Danzaterapia Hoy. La creadora de Te recuerdo Isadora (1980), Diálogo con el silencio (1987) y Viajes de adentro hacia afuera (1990) estructuró su obra en once segmentos, el primero de los cuales lleva música de su hijo, Sergio Aschero, y el último, el canto de su nieta Irene. La bailarina, coreógrafa y danzaterapeuta (bajo su supervisión hay centros especializados en Florencia y Milán, también en Madrid) concibió esta obra a modo de biografía danzada: “Si un pintor puede hacer una retrospectiva de su obra y un novelista, escribir acerca de su vida –razona en una entrevista con Página/12–, pensé que a través de la danza yo podía encontrar el hilo conductor de una biografía que me permitiera reverme a través del tiempo y expresar todo lo que me golpeó, lo que aprendí, mis deseos, lo que se fue, lo que me queda... siempre me estoy preguntando qué cosas quiero para vivir y qué cosas necesito dejar afuera”.

La conciencia del paso del tiempo y la llegada de la madurez no tienen que ver, según Fux, con los límites que le marca su cuerpo (“siempre estoy encontrando movimientos nuevos, insospechados”, confiesa) sino con el reconocimiento que implica el trabajo de quienes se han inspirado en su obra: “Hay cosas que tengo ahora que no las tenía de joven. Hoy siento que he creado una forma de comunicación que otros también utilizan. El hecho de que otros repliquen esta experiencia mía nacida en un escenario y no en un laboratorio me da la pauta de que mi tiempo no ha pasado en vano”, resume.

–El primer segmento de su espectáculo se refiere a sus ancestros. ¿Se trata de sus antecesores biológicos o de quienes la influenciaron en su arte?

–Quise referirme a mis orígenes, a mis genes. Yo soy hija de inmigrantes judíos: mis padres llegaron de Odessa en 1915. Así que supe lo que significa tener los zapatos rotos y leer de un libro prestado, ver a una madre haciendo prodigios con poco y a un padre buscando trabajo en plena crisis del ’30. Por eso nunca olvido mis raíces y, así como pisé el escenario del Teatro Colón, también bailé en Quitilipi o Charata, en el Chaco, o en los hornos de Zapla, en Jujuy, para gente que jamás había escuchado a Ravel o a Debussy.

–¿Y quiénes fueron sus influencias más importantes, además de Isadora Duncan?

–Leer a Isadora significó, a mis 15 años, saber que existe una forma de movimiento hasta el momento desconocida para mí y eso me dio la oportunidad de darme cuenta de que se podía bailar más allá de la danza clásica. También Kazuo Ohno, a quien pude conocer, quedó en mi vida por ser un filósofo del movimiento, por utilizar el silencio, por expresarse como hombre y también como mujer, por bailar teniendo en cuenta el paso del tiempo. Influencias tuve y tengo muchísimas: me han interesado siempre los movimientos renovadores en pintura, música o cine. Todo lo visto y oído queda marcado en el cuerpo y desde allí voy al encuentro de mi creatividad.

–¿Qué sucede con el fenómeno de la creatividad con el paso de los años?

–La creatividad no tiene relación con la edad que se tiene. Cuando un chico dibuja su mundo y lo hace maravillosamente, ¿quién impide que deje de hacerlo de esa manera?: la formación escolástica y depresiva que recibe desde la escuela primaria. El hombre crea cuando tiene las posibilidades de hacerlo. Claro que hay personas que son más creativas que otras, pero la experiencia de la creatividad puede acrecentarse con los años si se dan las condiciones para hacerlo. Todo queda en el cuerpo y hay que bucear en uno mismo para encontrarlo. La realidad también produce improntas: a mí me duelen los cartoneros, lo que ocurre en los hospitales, lo que pasa con la educación, la lucha de los aborígenes. Esta revisión que hago de mi vida también la realizo junto a todo lo que la sociedad me muestra. Y sin banderismos, la injusticia aparece en mi danza. Por suerte creo en los cambios y en la gente con ideales.

–En su espectáculo también hay un momento dedicado al movimiento y al silencio. ¿Cómo surgió la necesidad de bailar sin música?

–Yo no sabía que el silencio podía danzarse. Pero un otoño, mientras viajaba en tranvía desde Liniers, donde yo vivía, a mi clase de danza, vi un árbol con una sola hoja que se agitaba al viento sin desprenderse. Entonces pensé en bailar la lucha de esa hoja suspendida y, al no encontrar una música adecuada, pensé en hacerlo en silencio. Mi mamá me hizo el vestido que usé con una cortina que ella misma pintó. Esa danza la bailé en 1942, en el Teatro del Pueblo.

–En su obra la acompañan 20 personas, formadas en sus grupos de danzaterapia (integrados por algunos alumnos con diferentes capacidades y dificultades de aislamiento). ¿Cómo definiría esa disciplina?

–El nombre de danzaterapia no me gusta demasiado porque implica una curación y yo siempre aclaro que no soy médica ni psicóloga, que yo me ocupo de hacer arte y de pasar mi experiencia a los otros. Por eso prefiero llamar danza creativa a este modo que tengo de buscar la integración hacia la vida. Dentro del cuerpo hay zonas desconocidas, por eso busco elementos que desarrollen la capacidad de movimiento y la elasticidad. Yo busco que el otro encuentre la libertad del movimiento a través de un trabajo minucioso, en el que los límites de uno aparecen como parte integral de un proceso de reconocimiento corporal. Entrego al otro lo que conozco para ayudar a despertarle la necesidad de hacer, para que después transite su propio camino.

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Después de los 80... tendrá mañana su segunda y última función en el teatro Regio.
 
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