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Jueves, 15 de junio de 2006

UN DEBATE ENTRE INTELECTUALES SOBRE LA HIPEROFERTA DE CONSUMOS EN EL SIGLO XXI

La industria cultural como máquina de guerra

En una mesa de debate organizada por Página/12, un crítico de arte, un semiólogo y especialistas en medios analizan al consumidor cultural abrumado frente a la saturación de estrenos, novedades, música, libros, películas en DVD, programas televisivos, infinidad de sitios de Internet y demás yerbas, a las que se suma el Mundial. ¿Se puede abarcar tanto?

 Por Julián Gorodischer

Cuando crece la oferta cultural, ¿sube o baja la calidad del consumo? Se les pregunta a cinco intelectuales vinculados a los medios y el arte, reunidos en una mesa de debate organizada por Página/12: ¿cuál es la angustia del consumidor abrumado de nuestra época? ¿Qué sucede cuando se suman opciones para ver, leer y escuchar, y el tiempo no alcanza para repartirse entre los estrenos y novedades? Hoy que el evento que antes se dirigía a un nicho (la feria ArteBa / el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, entre otros) se hace masivo, y se diversifica la oferta teatral hasta su saturación (con un teatro por cuadra en sectores de Abasto y Almagro), también se hace necesaria la reflexión sobre “ese tironeo”, estado de vacilación anterior al acto de ver/leer/escuchar; hay un momento que podría derivar en la inercia si no interviene el factor resignación. Acerca de los rasgos del abrumado argentino, ¿acaso es independiente de los avatares de una industria cultural en crisis?, ¿está más ligado al off que a la propuesta comercial?, ¿se restringe a las clases medias que no se resignan a abandonar el teatro, el cine y la compra de libros y música a pesar de todo?

En el aula magna de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), Osvaldo Baigorria (narrador/investigador de esa facultad), Stella Martini (titular de la cátedra Comunicación II, UBA), Gustavo Aprea (semiólogo, UBA), Hugo Lewin (investigador del Instituto Gino Germani) y Rafael Cippolini (crítico de arte, director de la revista Ramona) inspeccionan el crecimiento de la oferta cultural, la ponen en discusión. ¿Nuevas jerarquías/prioridades? La contracara es la abundancia de productores de cultura (fotógrafos, cineastas, músicos...) al borde de la invisibilidad. ¿Cómo hacerse oír entre tanto ruido?

–Para empezar, la pregunta es por la saturación de oferta cultural: ¿suma o resta al consumidor y al productor de cultura?

Gustavo Aprea: –Hay una ventaja: ahora se rompe la ilusión de estar al día en todo. Si bien lo más probable es que nunca haya sido posible esa fantasía sobre la exhaustividad, en este momento ni siquiera se puede construir esa fantasía. Entonces, se pierde esa necesidad de control absoluto, se acaba la idea de un consumidor erudito, bien jerarquizador; se democratiza a consumidores culturales con una mayor apertura.

–¿El consumidor abrumado argumenta que su angustia es no poder repartirse entre estrenos y novedades?

Hugo Lewin: –Si nos salimos de un sector medio acostumbrado a consumir cultura, esa hipótesis se nos cae un poco. El debate es si debemos esperar a que los consumos sean distribuidos por alguna institución, o si el solo acto de ir buscando en ese magma de oferta nos va brindando capacidad de apreciación, habilidad de producir sentido.

Stella Martini: –El dato de la “abrumación” sale de los consumos: entradas vendidas, películas, boliches, recitales más vistos. No sé si el consumidor está abrumado, pero tiene una enorme oferta, ha aumentado la segmentación pero la abrumación corresponde a ciertos sectores de clase media que quieren estar en la novedad, o cumplir con cierto circuito ritualizado de museos y restaurantes.

Osvaldo Baigorria: –Este tipo de consumo, informado, cool, da ilusión de superioridad. En las últimas décadas, las industrias culturales han captado muy bien la necesidad de renovación de productos que tiene el imperialismo.

–En la oferta inabarcable del “festival” o la “feria”, eventos tan en boga, ¿se sintetiza la abrumación?

H. L.: –Estos son fenómenos acotados a estudiantes de cine, de imagen y sonido, en los límites de Buenos Aires. Sin poder medirlo, percibo que ese volumen es reducido. Tal vez allí haya un “abrumado”, recorriendo un circuito de galerías, cines, con mucho consumo endogámico del tipo yo te veo a vos que recitás poesía, y vos venís a verme a mí que expongo en tal galería. Pero es un circuito más chico del problema que se plantea para discutir en esta mesa.

–¿Cómo orientan sus decisiones los nuevos públicos?

Rafael Cippolini: –El espectador tiene muchísima información previa, pero ésta es cada vez menos crítica. Al menos en el mundo del arte contemporáneo, estamos recargados de datos que no sabemos para qué cuernos tenemos, y despojarnos de ellos es cada vez más complejo.

O. B.: –En una situación de capitalismo monopólico, hay grandes operadores culturales que van determinando a las mayorías qué deben consumir. Se produce una selección natural dirigida por los grandes operadores que van cazando las tendencias que aparecen y orientan los consumos en esa dirección.

S. M.: –Pero no tenemos un Andy Warhol, ni revoluciones en el arte o la literatura. No hay productos de ruptura reales. Tiene que ver con las etapas de derechización del mundo, la desregulación del Estado y, en América latina, con el autoritarismo.

O. B.: –Las industrias culturales son, en términos deleuzianos, una máquina de guerra como creación de tipo nómade que captura y usa las vanguardias para expandir el mercado. No hay nunca una saturación porque siempre se están creando nuevos productos. Los mercados enriquecen a algunos pocos más que a otros, y por eso se necesitarían políticas sociales que reduzcan la desigualdad para sustraer del mercado ciertos bienes y permitir el acceso igualitario y público a esos bienes, como sería un anti copyright.

–¿Sobreviven encuentros más genuinos con la experiencia artística, consumidores interpelados o transformados por los efectos del contacto con la obra?

O. B.: –Lo que pasa es que la demanda de autenticidad ha sido transformada por los aspectos más renovadores del capitalismo que dicen Sé vos mismo desde la publicidad. Los discursos más comerciales del capitalismo reclaman un consumidor activo, iconoclasta y auténtico.

G. A.: –Efectos siempre se producen, pero se complica la idea de pensar la autonomía absoluta del arte.

H. L.: –Efectos siempre hay, pero el arte como era en el siglo XIX no está más. El arte se recoloca en el contexto en el que estamos inmersos, y “efecto” es una palabra avejentada. Deberíamos centrarnos en las tácticas; en para qué una persona consume y qué hace con el consumo.

R. C.: –Hay algo en la noción de consumo que cambió de signo. Tener conciencia del consumo ya no es algo negativo, pero siempre se están recuperando y conformando nuevos mercados. No hay ningún mercado inocente en ese sentido.

S. M.: –Más que preguntarme por los efectos, yo me preguntaría qué hace la gente con lo que consume.

–Un evento monolítico como el Mundial de Fútbol, ¿quiebra o se incorpora al panorama de consumos culturales?

S. M.: –Cambia ciertas prioridades, da vuelta todo un mercado de lo nacional.

G. A.: –Las cosas que apuntan a públicos masivos se suspenden. Pero el Mundial tiene la capacidad de darles voz hasta a los opositores al Mundial. Surgen nuevas formas de adaptación y a medida que se avanza en la competencia ocupa cada vez más espacio.

R. C.: –No es privativo de los mundiales; lo que crece cada vez más es el fútbol. Que haya un mundial enfatiza ciertos rasgos que eran de una proyección creciente.

–El Mundial parecería el lugar de reposo del abrumado, el único lugar en el que no hay que elegir...

G. A.: –Todos los canales de noticias están en la misma conferencia de prensa donde dicen exactamente lo mismo.

H. L.: –Es una narrativa gigantesca que hay que aprovechar para algo.

–¿Pensar al fútbol como “consumo cultural” habla de un concepto de cultura definitivamente ampliado?

S. M.: –Sin embargo seguimos con la misma historia de toda la vida: se dice que los chicos no son cultos porque no leen; que los sectores populares no son cultos; que los jóvenes de la violencia VIP (según titulaba una revista dominical) son de “buena familia” según patrones de la cultura ilustrada. Y, mientras, la cultura oficial sigue organizando concursos de manchas, recitales y peñas folklóricas.

R. C.: –Sigue vigente algo del viejo espíritu decimonónico en las galerías de la calle Arroyo. Pero también hay espacios de iniciación para aquellos que se sienten partícipes como sujetos, que más que espectadores son protagonistas.

G. A.: –Todos somos cultos, todos hablamos y consumimos cultura, pero algunos siempre son más cultos que otros.

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La charla apuntó a analizar y discutir el desmesurado crecimiento de la oferta cultural.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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