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Lunes, 6 de mayo de 2013

FERIA ENTREVISTA ABIERTA AL ESCRITOR E HISTORIADOR OSVALDO BAYER

Vida y obra de un hombre sin dobleces

El autor de Rebeldía y esperanza recorrió 200 años de historia, entrevistado por Gustavo Marangoni, del Banco Provincia. Habló del genocidio de los pueblos originarios, la censura de La Patagonia rebelde, su exilio durante la dictadura y el rol de la prensa.

 Por María Daniela Yaccar

Osvaldo Bayer contó ayer las indicaciones que le dio el Che Guevara en persona para hacer una revolución en la Argentina. No era una anécdota nueva, pero los que fueron a su encuentro en la Feria del Libro vibraron con aquella historia, una entre muchas que contó. El observador incansable de conflictos sociales recorrió 200 años de historia: entrevistado por Gustavo Marangoni, presidente del Banco Provincia –auspiciante de la charla–, habló del genocidio de los pueblos originarios, la censura de La Patagonia rebelde, su exilio durante la dictadura y el rol actual de la prensa. La mayoría de las preguntas las hizo el público. Además, Bayer anunció que debutará como actor en Las putas de San Julián, obra teatral que muestra el verdadero final de La Patagonia rebelde. El estreno es el 26 de junio en el Cervantes. “La ética triunfa. Un final prohibido se dará en un teatro oficial”, celebró el escritor.

En la sala Jorge Luis Borges del predio ferial de La Rural, Bayer respondió a cada pregunta con lujo de detalles. El hombre, que ha participado en otras charlas en lo que va de la Feria, es magnético: todos mueven la cabeza como si escucharan música cuando habla. Esta entrevista abierta fue como una biografía, combinó anécdotas y opiniones. Bayer contó que el 1º de enero de 1960 viajó a La Habana, en carácter de secretario general del Sindicato de Prensa, con cuatro personas más. “No me van a creer. Llegamos a la Plaza de la Revolución y Fidel habló por cuatro horas. A la hora estábamos insolados. Al día siguiente, en una hora y media, el Che nos dijo cómo había que hacer la revolución”, contó.

“Hablaba muy bien y era muy atractivo. Las dos mujeres de nuestra delegación se enamoraron completamente. Nos dijo: ‘Junten a cincuenta jóvenes revolucionarios y vayan a las sierras de Córdoba, busquen un lugar escondido y hagan prácticas militares. Bajen, tomen un pueblito y llévense las armas de la comisaría. Un compañero va a la plaza. Al día siguiente, los diarios burgueses hablarán de guerrilleros en Córdoba. Otros jóvenes revolucionarios los encontrarán. Cuando sean 200, tomen una ciudad donde haya un cuartel militar. Cuando sean mil, conquisten una ciudad grande con dos cuarteles, como Villa María. Cuando sean dos mil, paren en las rutas a camiones y ómnibus, y lleguen a Buenos Aires. Lleguen a Plaza de Mayo, tomen la Casa de Gobierno y proclamen la revolución en la Argentina”, relató Bayer, que le preguntó al Che qué hacer en caso de una represión. El revolucionario lo miró con tristeza.

Otra de las historias fascinantes que contó fue sobre los vaivenes que soportó La Patagonia rebelde. El verdadero final, “realmente increíble”, en el que cinco prostitutas se niegan a tener trato con los militares, es el que se verá en Las putas de San Julián. “El que permitió la película fue Perón. Olivera (el director), Ayala (guionista) y yo teníamos contacto con el secretario de Prensa. Al principio, Perón había dicho que el verdadero fusilador no era Varela sino su segundo, el capitán Anaya, justamente el padre del jefe del Ejército en ese momento. El general siempre estuvo en todos lados, parecía el Espíritu Santo”, relató Bayer. Cuando Perón se disgustó con Leandro Anaya, el jefe del Ejército, por unas declaraciones que leyó en La Nación, finalmente Bayer pudo estrenar el film. “Pero Perón murió y en el gobierno de Isabel se prohibió. Un comunicado de la Triple A me daba 24 horas para dejar el país.”

No podía faltar el tema que más lo ocupa y preocupa: el genocidio de los pueblos originarios. Tras un repaso minucioso por comunicados y documentos de distintas campañas de exterminio, contó que en 1963 dio una conferencia en una biblioteca colmada en Rauch, en la que sugirió a los vecinos organizar una asamblea para cambiar el nombre del municipio. “Todos los presentes rajaron, salvo dos viejitos que en primera fila me aplaudieron sin sonido. Antes de sostener una cosa hay que estar informado... El ministro del Interior de Guido era el general de brigada Rauch, bisnieto del coronel Rauch. Hay que tener mala suerte”, remarcó. Por ese episodio terminó detenido. Un oficial lo trasladó a una cárcel de mujeres porque la de hombres estaba colmada, según le explicó. “No les voy a dar detalles. Pero no la pasé mal”, sostuvo Bayer, y el público aplaudió.

“¿Cambiaría algo de lo que hizo en su carrera?”, preguntó un oyente, en uno de los papeles que Marangoni recibía con inquietudes. “Soy feliz con lo que he hecho, pese a los sufrimientos de mi familia. Tengo una compañera que se bancó todas, hace 61 años que estamos casados. Tenía 50 años, vivíamos en una casa de Martínez y de pronto tuvimos que irnos a Alemania y empezar de nuevo. Pero acepto todo por los amigos que perdieron la vida: Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y Paco Urondo. Yo tuve la suerte de salvar la mía”, deslizó. En una pregunta sobre su ideología política, se definió como anarquista, “aunque es de un idealismo difícil de llevar”. Habló, también, sobre la crisis que afronta Europa, que palpa de cerca cada vez que viaja a Alemania y, como lo hizo en la presentación de Prensa en conflicto en la Feria –libro que prologó–, insistió con que los medios deben ser de carácter público y no empresas. Hacia el final recomendó a los presentes que vayan a visitar la Villa 31: “Así termino mis charlas: mientras haya villas, no habrá una verdadera democracia”.

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La entrevista abierta funcionó como una suerte de biografía de Bayer. Combinó anécdotas y opiniones.
Imagen: Arnaldo Pampillón
 
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