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Miércoles, 5 de junio de 2013

PARA LOS POBRES PIEDRAS, FILM DEL FRANCéS MATHIEU ORCEL

El silencio, una música del paisaje

El documental pone en imágenes y acompaña la trashumancia de una comunidad mapuche, un itinerario que tiene tanto de ritual como de actividad productiva. El director aprendió el idioma mapuzungun y produjo un trabajo “desde adentro”.

 Por Sergio Sánchez

Para la mirada occidental, el silencio es sinónimo de que nada pasa, de insuficiencia; no se puede tolerar. En cambio, el silencio para las comunidades mapuches patagónicas es una forma de comunicación y es la música del paisaje. El silencio, entonces, no es la nada. En parte –sólo en parte–, de eso se trata el documental Para los pobres piedras (2012), del francés radicado en Argentina, Mathieu Orcel. El film pone en imágenes la trashumancia: el arreo de ganado desde la invernada, zona de residencia de los habitantes rurales de Neuquén, hasta la veranada, la zona de mejores pasteos. Se trata de una actividad ritual y productiva que una comunidad mapuche de Caichihue (Zapala) realizaba ancestralmente en tres días, pero debido al avance del alambrado capitalista, ahora tarda casi el triple. El documental se puede ver desde mañana hasta el miércoles 12 en Espacio Incaa Monumental (Lavalle 836), del 13 al 19 en Espacio Incaa ArteCinema Constitución (Salta 1620) y a partir del 20 llegará a los espacios Incaa de La Plata y Neuquén (donde hizo su estreno oficial).

Desde una perspectiva antropológica, Orcel logró adentrarse en la comunidad y retratar de manera genuina cómo esta travesía se torna cada vez más cruda. “Los grandes estancieros han cerrado las mejores partes, ahora hay que ir por las partes más feas, donde hay piedras”, dice un criancero mapuche en el documental. Sin embargo, los diálogos son mínimos y el foco está puesto en la imagen. Es una trama amplia de sentidos en donde el espectador juega un rol importante. “La antropología fue la que me llevó al cine, principalmente la escuela del realizador francés Jean Rouch –explica Orcel–. Para mí el documental primero es cine. O sea, tiene que tener un lenguaje emotivo y visual, y no un lenguaje discursivo. El film tiene un corte antropológico muy marcado y la meta también fue esa, sin que sea formal o etnocentrista.” Un aspecto, no menor, es evidente: el director observa desde adentro. Aunque resulte difícil derribar por completo las barreras culturales, Orcel construyó un audiovisual muy respetuoso y estéticamente bello.

Radicado en la Argentina desde 2001, el director vivió varios años en Neuquén y ahí conoció la realidad de los crianceros veraneantes. Entonces, a la hora del rodaje, decidió experimentar el viaje en las mismas condiciones: “Lo hicimos a caballo, como ellos. La meta fue llevar al espectador adentro del viaje. Por eso era necesario sufrir, tener sed, hambre, calor, frío”, resalta. De hecho, aprendió a hablar el idioma mapuche mapuzungun. Su maestra fue Cecilia, una sabia mujer que se queda abajo, en la comunidad, hilando, cantando y rezando. El rodaje duró tres años y Orcel estuvo acompañado de los sonidistas Fernando Barraza y Mercedes Eliçabe.

–¿Antes de filmar sabía qué quería contar o eso fue surgiendo durante el rodaje?

–Un poco de los dos. Hice mucho hincapié en el guión. Preparé muchísimo los dispositivos del film para ver cómo iba a retratar este viaje. Tratamos de no caer nunca en la imagen cliché de la Patagonia, es decir, en la panorámica. Logramos una imagen un poco trash. La idea siempre fue filmar desde adentro, por eso fue tan largo el rodaje. Entonces, a medida que fuimos haciendo el viaje la estética del film se impuso así: los silencios, el ritmo patagónico. De la comunidad Caichihue a Quilachanquil son siete días de viaje. Dura tanto porque tienen que dar vuelta los alambrados y pasar por las piedras. Y son extensiones muy amplias. Se quedan arriba tres meses y después bajan. En Neuquén se habla del “desierto”, pero no es ningún desierto. Está bien habitado, lleno de alma. Un poco el hilo conductor del film es ese también: cada vez que volvemos abajo con Cecilia es volver a la tierra, al origen. Hay una diferencia de miradas. Ellos no podían poner un alambre, pero el alambre lo usan para las tumbas. Es el único uso que le dan. En su cosmovisión no existe el concepto de cercar la tierra.

–¿Logró achicar la distancia cultural y comunicarse de igual a igual?

–Lo más que me pude acercar fue gracias al idioma, cuando me comunicaba con Cecilia. El idioma permite una especie de fraternidad muy fuerte. Cecilia se sentía extranjera hablando en castellano. Por cómo se expresaba, la gente podría pensar que era analfabeta. Pero si hablás mapuzungun como ella te das cuenta de que era una reina de linaje, muy combativa, y con mucho conocimiento sobre su idioma, cultura, religión y cosmovisión. Entonces, el idioma tiende a acercar. Además, yo soy jinete, siempre domé caballos en Francia. El andar con ellos de la misma manera también implica una confraternidad absoluta. No quería ser un europeo más que llega en helicóptero y viene a hinchar las pelotas. También quería retratar lo criollo. La idiosincrasia patagónica es una gran mezcla. Los cruces culturales me gustan. Aparte, es diversidad frente a los alambrados, que son silenciosos y fríos. Y atrás de esos alambrados están los pinos instalados por empresas para ocupar los suelos. La ocupación del suelo frente a ellos me pareció súper fuerte.

–En el film, el silencio ocupa un lugar importante...

–Me di cuenta de que estaba filmando a gente que observa constantemente. Filmar gente que observa te redobla la mirada. Empecé a observar lo que observaban pero también a ellos observando. Siempre están en silencio, analizando qué es lo que pasa. Tratamos de evitar totalmente lo discursivo, porque ellos están en lo no discursivo. El silencio es un montón de ruidos. Los silencios permiten al espectador integrarse al viaje, porque ellos son así. No te van a decir “vení a comer un chivito”. Lo hacen y te invitan. No es la misma comunicación. También me gusta que el espectador haga el sentido. ¿Qué interpretás con ese silencio? En la película hay varios silencios: el de ellos, el de la tristeza, el de la incomprensión y a la vez ellos están silenciados.

–¿Considera que hay un interés político de resolver estas problemáticas y respetar los territorios ancestrales?

–Hay varias cuestiones. Una macro, el sistema global, el neoliberalismo del que no podemos zafar. A nivel provincial hay muy poco esfuerzo: porque son los que venden las tierras fiscales que no tendrían que venderse. Y a nivel nacional hay una voluntad reciente de interesarse en esa problemática, pero hay que darle más énfasis e ir al grano. Este gobierno dejó de lado este tipo de problemáticas. Ahora hay que poner mucha pila porque estamos atrasados. De todas formas, en Neuquén ellos son muy respetados, por eso el film tuvo mucho impacto allá. Hay además muchas leyes que los respaldan. Y el sentido común hace que poca gente vaya del lado de los grandes dueños de los campos. Nadie quiere que nos quedemos con una Patagonia seca y con ríos contaminados. “Hacé tu plata, pero dejanos existir”, es la idea que predomina. Ellos tienen una fuerte voluntad de seguir viviendo y un profundo amor a la tierra.

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Orcel está radicado en la Argentina desde 2001. Su film se puede ver desde mañana en diferentes espacios Incaa.
 
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