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Lunes, 3 de febrero de 2014

RECITAL DE DIEGO EL CIGALA Y LUIS SALINAS EN EL SHA

Magia criolla y gitana

 Por María Daniela Yaccar

Nadie debería privarse de ver a Luis Salinas. Una cosa son las notas y otra los gestos, los movimientos, el disfrute que ese hombre muestra. Siempre parece un niño con juguete nuevo. “¡Qué pedazo de guitarrista, por la gracia de Dios!”, lo elogió el sábado Diego El Cigala, con absoluta naturalidad, en el concierto que ambos compartieron. “No hemos tocado juntos y hoy Dios nos pone en el camino”, expresó para una platea que miraba con la misma pasión que ellos ponían.

Sea por la injerencia de una divinidad o por coincidencias en lo musical, lo cierto es que el público del teatro SHA (lleno) celebró esta comunión. Fue escaso el tiempo que el gitano y el hombre del conurbano compartieron en el escenario. Se unieron al final con los músicos de El Cigala (destacada la actuación del pianista, Jaime Calabuch) y la descosieron con dos himnos al amor: “El día que me quieras” y “Dos gardenias”. A estas canciones, El Cigala aportó el modo sanguíneo de atravesar el amor; Salinas conmovió con sus punteos siempre jazzeros y condimentó con nostalgia rioplatense. Cuando esa voz le canta y esa guitarra intenta abarcarlo, el amor es cualquier cosa menos una cursilería.

El que abrió fue Salinas. Lo acompañó una banda precisa, aunque por momentos su-bordinada a las decisiones del líder (Jorge Giuliano en guitarra, Alejandro Tula en percusión, Gabriel Luna en piano y Víctor Carrión en vientos). Comenzaron con un sonido bajo, por eso el guitarrista llamó en varias ocasiones al sonidista. Salinas volvió a demostrar que hace lo que quiere. Paseó a los espectadores por todas las emociones, haciendo un viaje que se detuvo en el tango (cantó “Nada”), en el folklore (entonó la zamba “Mujer, niña y amiga”), en el jazz. Del aplauso de la chacarera al suspiro. Nunca la pureza en términos de género, pero siempre la pureza en su relación con la guitarra. Algo extraño se produce en cuanto al público: Salinas no es un músico que sólo capture a los músicos, y eso que es, ante todo, un instrumentista. La platea estaba integrada sobre todo por gente grande. Muchas parejas. Personas con bastón. Los celulares estaban apagados. Clima de tranquilidad, para escuchar temas como “Mujer, niña y amiga” y “Para Troilo y Salgán”, entre otros.

“Este es el gitano que más nos quiere”, dijo Salinas antes de que se bajara el telón, siguiera un intervalo y comenzara el turno de El Cigala, de traje gris, anillos que se veían desde la fila 15 y pura elegancia y misticismo árabe. “Es un honor estar en esta tierra, adoro este bendito país. ¡Mucha salud y libertad!”, celebró. El español volvió a demostrar su interés por los géneros criollos con mayoría de temas de su último disco, Romance de la luna tucumana. Hubo lugar para el tango (cantó “Naranjo en flor”, “Por una cabeza”, “Niebla del Riachuelo”) y para el folklore (“Romance de la luna tucumana” y “Canción para un niño en la calle”), siempre con aires flamencos. A la exquisita interpretación hay que añadirle el destacado papel de los músicos, que hicieron justicia a la pluralidad que caracterizó todo el show: el percusionista (Isidro Suárez) y el contrabajista (Yelsi Heredia) son latinos, el pianista parecía ser más experto en jazz, uno de los guitarristas hacía punteos de flamenco y el otro de jazz con carácter rockabilly (Diego García y Dan Ben Lyor). Era una banda bien mestiza, que representó la quintaesencia de un recital que invitó más que nada a emocionarse.

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Imagen: Verónica Martinez
 
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