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Martes, 29 de agosto de 2006

“LA PROMOCION DE LA LECTURA Y EL ROL ACTUAL DE LAS BIBLIOTECAS”

La madre de todas las batallas

En el Congreso de Cultura desarrollado en Mar del Plata se debatió sobre el modo de optimizar el acercamiento a la lectura.

 Por Silvina Friera
Desde Mar del Plata

Fue una suerte de Congreso de la lengua en el Congreso Argentino de Cultura, que finalizó el domingo en esta ciudad. En la mesa La promoción de la lectura y el rol actual de las bibliotecas, en la que participaron María del Carmen Bianchi, Carlos Borro, Horacio González y Mempo Giardinelli, se recogió, en parte, el guante lanzado por Gabriel García Márquez en Zacatecas (México), cuando propuso “jubilar la ortografía”. La charla seguía un curso natural de temas que se encadenaban: las bibliotecas como laboratorios sociales, la necesidad de hacer cambios estéticos para que resulten espacios cómodos que inviten y no expulsen a los lectores, la reforma constitucional que incorpore el derecho a la lectura en el artículo 14 bis, hasta que González planteó, quizás, el debate madre: ¿Qué hacer con la ortografía? No instó a jubilarla como Gabo, pero dijo que “todos somos revolucionarios de la gramática y tenemos la capacidad de discutir soberanamente su uso”.

“Este año logramos estar en el Presupuesto sin depender de la suerte y de las ganas de jugar de la gente”, señaló Bianchi, presidenta de la Conabip. “El Presupuesto no es todo, apenas una parte; falta construir un sistema nacional de bibliotecas”, aclaró la presidenta, quien además se explayó sobre la expectativa social que se abre a partir de la realización del Primer Congreso Argentino de Cultura. “No están las soluciones, pero sí las posibilidades de crear lazos, y el reconocimiento de la batalla cultural, que es la madre de todas las batallas que tenemos que dar en la Argentina.” Como temas pendientes, destacó la viabilidad y la autonomía de las bibliotecas. “Las bibliotecas son laboratorios de atravesamientos políticos, sociales y culturales. Los usuarios tienen hoy demandas que las bibliotecas populares no pueden satisfacer”, reconoció Bianchi.

Giardinelli advirtió que la ciudadanía siente una simpatía natural por las bibliotecas y los bibliotecarios. El escritor chaqueño mencionó que, según datos de 2004, hay 5000 bibliotecas públicas, incluidas las escolares. “No hay nadie que no tenga una biblioteca cerca de su casa y en los sectores rurales hay por lo menos una biblioteca escolar. Aunque estén obsoletas, tengo la sensación de que están todas vivas porque atesoran lo mejor que tiene el país”. El autor de Santo oficio de la memoria comentó que cuando dirigía la revista Puro cuento hizo una modesta encuesta nacional de lectura en 14 provincias. El resultado de entonces, que el 73 por ciento de los argentinos no concurría a bibliotecas, no dista mucho del que se conoció el año pasado: el 74 por ciento. “La política de Estado de este país fue contra la lectura, considerada sospechosa y subversiva.” “Las bibliotecas argentinas son oscuras, poco cómodas, sin ventanas a jardines, no te permiten comer y cierran los fines de semana –enumeró el escritor chaqueño–. Es lógico que nadie quiera a ir, expulsan lectores; no los invitan, los espantan.” Giardinelli propuso un “cambio estético” y de horarios. “Las bibliotecas modernas en el mundo están abiertas todos los días, tienen sillones cómodos, incluso para echarse una siestita, cafetería; no son almacenes o bodegas oscuras llenas de libros que no se leen.” El escritor precisó que resulta paradójico que en la Ley Federal de Educación no exista la lectura porque “no hay educación posible sin lectura”. Giardinelli formuló el resto de sus propuestas: que a través de una reforma constitucional se incluya en el artículo 14 bis el derecho a leer, que en la nueva Ley de Educación, que se está empezando a debatir, se incorpore un programa nacional del libro de texto gratuito y que vuelva a ser obligatoria la enseñanza de castellano en todos los niveles. “No la materia lengua, porque hablamos castellano.”

González aseguró que la Biblioteca Nacional cumplió con el deber de conocerse a sí misma. Se refería al inventario, recientemente terminado, que arrojó la cifra de 763 mil libros. “La Biblioteca es al mismo tiempo un fortísimo legado de la memoria pública (fue fundada en 1810) y el espacio de debate de la lectura y de su promoción. Las bibliotecas nacen antes que las naciones y probablemente las sobrevivan. La potestad de las bibliotecas es crear lectores. Y, como dijo Nun, ‘el arte de vivir’ tiene que estar en las bibliotecas.” En disenso con la diferencia que estableció Giardinelli entre lengua y castellano, González planteó que hay que pensar cómo utilizamos la lengua, “no para que dictamine el Estado, sino como ejercicio de comprensión y autocomprensión del mundo”. El director de la Biblioteca Nacional recordó que García Márquez propuso desmontar la ortografía para hacer la lengua más fácil y acorde con la oralidad, algo que planteó Sarmiento, quien también quiso equipararlas. “No hay que suprimir la ortografía porque es una forma de consenso entre los hablantes, pero la fuerza de la revolución comunicacional no debe entorpecer la lengua íntima, social y del mercado”, sugirió González. “Todos somos revolucionarios de la gramática; lejos estamos del gramático que nos susurra al oído cómo hablar. Tenemos la capacidad de discutir soberanamente las gramáticas en uso.” Borro arrancó con una frase de hace dos siglos de Condorcet en la que el filósofo francés señalaba que “la lectura le permitió conocer sus derechos”. El director de Bibliotecas de la Ciudad añadió: “La lectura construye hombres libres y ciudadanos”. Borro recordó que, según la encuesta de Consumos Culturales, el 73 por ciento de los que concurren a bibliotecas son estudiantes primarios, secundarios o universitarios. “Copiamos la idea del plan de desnazificación de Alemania y llevamos los diarios a las bibliotecas. Así logramos que 18.000 personas que no iban lo hicieran”, señaló. “Los bibliotecarios tienen que ser sujetos activos y servir al ciudadano.”

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Horacio González, Mempo Giardinelli y María del Carmen Bianchi, una de las mesas marplatenses.
 
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