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Domingo, 8 de octubre de 2006

MIENTRAS CRECEN LAS REGULACIONES EN INTERNET, LOS SUECOS FUNDARON UNA AGRUPACION ATIPICA

Los piratas también juegan su partido

“Cultura compartida, conocimiento libre y protección de la privacidad”: esas son las bases del partido fundado por Rickard Falkvinge, que explica aquí su enfrentamiento con las corporaciones.

 Por Facundo García

Por estos días, los suecos están dedicando una buena porción de sus rubias cabezas a encontrar argumentos a favor o en contra del tráfico gratuito de música, películas y todo tipo de archivos por Internet. La polémica se agudizó en la última semana, cuando la primera persona del país en ser condenada legalmente por “poner un film a disposición de quienes quisieran bajarlo” logró ser sobreseída después de acudir a la Corte de Apelaciones. En el fragor de la discusión, una de las voces más escuchadas por la opinión pública –principalmente entre los jóvenes– fue el Partido Pirata (www2.pirat partiet.se/international/español), una agrupación política que se formó a principios de este año y que propone básicamente tres objetivos: “Cultura compartida, conocimiento libre y protección de la privacidad”. Del lado de enfrente estaban las multinacionales de la cultura, que intentan hacer lobby para proteger sus sistemas de generación de ganancias e incluso proyectan distintos sistemas de invasión de la intimidad de los ciudadanos. Los dimes y diretes que se generaron en medio de la creciente polarización prefiguran el inicio de lo que puede llegar a ser una de las grandes luchas populares del siglo que ya está corriendo.

En Argentina se ha argumentado que anualmente el Estado deja de recaudar 23.500 millones de pesos por delitos relacionados con el “contrabando y la piratería”. Pero mientras estas cifras impactan por su evidencia, puede comprobarse la búsqueda empresarial por establecer a las apuradas un marco jurídico restrictivo, antes de que el debate llegue a la sociedad civil. De la misma manera, Latinoamérica se encolumna en la línea que le marca la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), un organismo que desde hace años trata de organizar las piezas del tablero para que el panorama pinte oscuro en el momento de la verdad.

Cuando los suecos vieron venir la oleada, en cambio, no titubearon en la reacción. “La idea se nos ocurrió a fines del año pasado”, se sincera Rickard Falkvinge, treintañero sin parche y principal candidato electoral del Partido Pirata sueco. “Teníamos una ONG que llamábamos Pirate Bureau, y habíamos logrado establecernos entre el público como un punto de vista opuesto al de la industria del entretenimiento. Pero los políticos simplemente no nos tomaban en serio”, puntualiza. Ante la falta de respuestas, se decidió montar un sistema “para encararlos directamente el día de las elecciones, a través de una batalla por los votantes. Es decir, atacarlos directamente en su base de poder. Eso los despertó”.

El primer paso fue poner un sitio web que explicitara la postura a favor de la legalización del intercambio de datos, y llamara a juntar las firmas necesarias para convertirse en una opción a la hora de las urnas. La idea se concretó el 1º de enero de este año. Para el día tres, habían ingresado a la nueva página tres mil personas. Hoy la agrupación es el partido más importante entre los que no tienen representación en el Parlamento sueco. La asociación no se ha limitado a reunir los 7729 miembros que tiene en Suecia –superando, por ejemplo, a los 7249 afiliados del Partido Verde–, sino que ya propone reunir fuerzas para las elecciones que durante 2009 definirán la composición del Parlamento de la Unión Europea. “Ya nos hemos expandido por diecinueve países”, argumenta con orgullo Falkvinge, y adelanta que “en Latinoamérica, Brasil y Perú están a punto de empezar a trabajar”.

El camino no se avizora libre de obstáculos. Algunos Estados europeos ya tienen listas varias iniciativas destinadas a detener el crecimiento exponencial de intercambio ilegal de bits. Entre las medidas que están a punto de aplicarse en toda la UE están la Data Retention Directive –una norma que apunta a registrar policialmente el origen y destino de todo mensaje que circula por Internet– y varios refuerzos a las leyes de propiedad intelectual. En el mismo sentido van las distintas innovaciones de Digital Resource Management (DRM) que están surgiendo todos los meses. Las DRM son tecnologías preparadas para transmitir al “dueño” de la propiedad intelectual el tipo de uso que se está haciendo de sus “bienes”: es decir, identifican al que está cargando, descargando, mirando o reproduciendo una película, disco, etc.

Falkvinge acusa la presencia de tres gigantes enfurecidos que se esconden tras las bambalinas de estas políticas. “Por un lado está la industria del entretenimiento. El problema que tenemos con ellos no es que les neguemos su derecho a hacer plata. Eso es una sobresimplificación a su servicio. Lo que hay que discutir no es si el artista tiene derecho a que le paguen, porque esa forma de entender el problema ignora la mitad de las partes involucradas.” El sueco piensa que el asunto debe encararse desde otra perspectiva: “Acá el tema es: ¿tiene derecho el artista a ser pagado cuando sus trabajos son compartidos en privado entre amigos, si la consecuencia de defender ese derecho es que los ciudadanos pasen a ser monitoreados todo el tiempo por las autoridades y los grupos de interés?” El Partido Pirata piensa que el derecho a la comunicación privada como concepto no puede coexistir con el régimen de copyright actual. En este aspecto tiene visos casi proféticos, ya que afirma que “estamos en momento crucial, una encrucijada histórica”. Otro coloso que opera en la penumbra es el grupo de las grandes corporaciones, que utiliza las patentes para eliminar participantes del mercado y mantener precios exorbitantes en los sectores de salud, química, tecnología y un largo etcétera. Por último, están los servicios de inteligencia estatales, que según el entrevistado “usan la supuesta ‘guerra contra el terror’ como argumento para mancillar las libertades individuales”.

Como si siguiera los mandatos del ambiguo y tambaleante Jack Sparrow de Piratas del Caribe, el PP no quiere encapsularse en la histórica dicotomía entre derecha e izquierda. Su postura pertenece más bien a una época donde la identidad política tiende a licuarse entre mil opciones relativamente similares. Allí reside quizá la trampa mayor que enfrentan los miembros del PP... y sus votantes. No obstante, Falkvinge opina que los grandes temas que lo preocupan van más allá de lo meramente coyuntural. “Hemos llegado –argumenta– a un momento en que muchos individuos pueden tener, por primera vez en la historia, a buena parte del acervo de experiencias humanas a distancia de un click. Es como si estuviéramos presenciando el surgimiento de La Biblioteca de Alejandría 2.0. Necesariamente esto va traer conflictos, porque requiere cambiar la concepción de lo que entendemos por cultura. Bueno, después de todo, eso es justamente lo que ocasionan los cambios de esta magnitud.”

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