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Domingo, 8 de octubre de 2006

LITERATURA › JULIA CONSTENLA Y “LA VIDA EN JUEGO”, SU BIOGRAFIA DEL CHE

“No lo traté como estatua”

El libro, abundante en fotografías de alto valor documental, sirve como preludio a la muestra que se inaugurará este mes en el C. C. Recoleta. La escritora, que conoció al Che Guevara en 1961 en Punta del Este y tuvo una larga amistad con su madre Celia, cuenta cómo desarrolló el proyecto.

 Por Angel Berlanga

“¿Qué tienen de distinto?”, pregunta Julia Constenla luego de reunir dos fotos exhibidas, entre unas cuantas, sobre un mueble del departamento de la calle Tacuarí. En ambas, sentados sobre un sillón, están Ernesto Guevara y ella; es agosto, es 1961, es Punta del Este, es una reunión del Consejo Interamericano Económico y Social, es otro mundo. Y es, también, este mismo. “Esta es antes del ataque de asma, y ésta es después”, dice Constenla, sin dar tiempo a una respuesta. “La diferencia es brutal: este es un hombre sano y este otro está agobiado por la cortisona.” La segunda de esas imágenes es una de las casi trescientas que pueblan Che Guevara, la vida en juego, la biografía ilustrada que esta veterana periodista acaba de publicar. Reproducciones de documentos, cartas, dibujos y afiches, tramos de la historieta de Oesterheld-Breccia sobre su vida y fotos, la mayoría de ellas, dice la autora, inéditas en la Argentina, y algunas, asegura, incluso en todo el mundo. Ahí está, recién nacido, con una cara que ya es parecidísima a la que tendrá de grande; ahí está, prisionero flaco, sucio, herido, a punto de ser asesinado en La Higuera. Y está muerto. Y está con sus hijos y mujeres, con compañeros, victorioso en Cuba y perdido en el Congo, subido a un volcán y remando en el Amazonas, sobre la bicicleta en la que anduvo miles de kilómetros y sobre burros varios, empuñando un rifle y una cuchara de albañil, leyendo, escribiendo, revolucionando.

Esas fotos, junto a un video que prepara –con algunos materiales también inéditos aquí– formarán parte de una exposición que podrá verse en el Centro Cultural Recoleta a partir del 20 de octubre. Constenla reniega un poco con la fotógrafa de Página/12: para qué tantas, dice. A lo largo de la entrevista le irá dando a Teresa, una mujer que trabaja como empleada doméstica, cambiantes instrucciones acerca del tamaño de una tortilla y del horario en el que debe estar lista. Sobre la mesa ratona hay un volumen tamaño tabloide: es la colección de la revista Che –que dirigía su marido, Pablo Giussani–, que contiene una entrevista hecha en aquel encuentro, el de las fotos del mueble; al final, la autora invitará a echarle una ojeada. “Nos presentó Rogelio García Lupo”, recuerda. “Yo había ido a cubrir este encuentro de ministros de Economía que había organizado Kennedy, para disciplinar al continente; no se pensaba invitar a Cuba, pero se hicieron todos los esfuerzos diplomáticos y al final estuvo representada por el Che. Estaban sus padres y ya se iban, porque no tenían plata para pagar hotel y él no pagaba los hoteles de parientes; y como a mí me habían prestado una casa con tres dormitorios, los invité a que se quedaran. Yo era bastante amiga de Celia, la madre. Resultado: cenábamos juntos todas las noches. De modo que durante la conferencia de Punta del Este estuve frecuentemente con Guevara.”

–¿Qué impresión le dio en aquel momento?

– En Punta no tuve conciencia de que estaba con la historia grande. Yo comía con él, lo entrevistaba, conversaba. Le resultaba útil en algunos aspectos; por ejemplo, él quería saber qué opinaba Prebisch (N. de R.: Raúl, ministro de Economía de Arturo Frondizi) de la delegación cubana, entonces yo le preguntaba y después le contaba lo que me decía. En ese momento tuve la sensación de estar con uno de los barbudos importantes; el triunfo llevaba ya dos años, y me daban lo mismo Fidel, Camilo Cienfuegos o el Che. Me pareció un hombre con una enorme seguridad, con una capacidad extraordinaria para ir directo al punto, con una ironía casi alevosa. Muy seductor: lo hacía sin ningún esfuerzo. No me refiero a mujeres: él entraba a la Conferencia y todo empezaba a girar alrededor suyo.

–¿Y qué impresiones tuvo más adelante? Pongamos dos momentos: a mediados de los ’70, cuando usted estaba en la revista Crisis, y hoy.

–En Crisis ya me había avivado de que era una de las personas más importantes del siglo XX. El había muerto poco antes y ya tenía ese tinte de hombre que va a pasar a la historia indefectiblemente, como lo mejor que podía producir el siglo. Y hoy, después de haber trabajado dos años en esta biografía, empiezo a entender más cosas. El empieza a ser el Che en México, al principio, y luego en la Sierra; antes de eso es un joven argentino valioso, generoso, inteligente, politizado, pero no es el Che. Yo veo en él un grado de entrega a lo que creía justo que supera todos los grados de entrega que yo haya conocido. Al preparar este video di con las imágenes de sus años en Cuba, sus baños de multitud constantes. Continuamente habla, explica, trabaja; cumple 260 horas de trabajo voluntario, además de las catorce horas diarias. Es un hombre que conversa con Mao Tse-Tung, con Nehru, con Kruschev, que cena en los palacios más importantes, que tiene una familia a la que ama, hijos con los que se siente cómodo, y sin embargo decide que el camino es la revolución. Va al Congo, fracasa, y en lugar de decir “bueno, basta, me quedo en Cuba, trabajo y estudio”, se va a Bolivia. Su nivel de entrega es incomparable. Por eso me fastidian mucho las personas sin compromisos reales con el otro y con la vida que creen que son guevaristas porque llevan una remera o levantan un poster.

–¿Qué aporta de novedoso esta biografía?

–Algunos datos, pero sobre todo una visión. Yo he leído más de 40 y casi todas, a partir de un juicio previo, tratan de probar tesis que no tienen sustento sólido. Por ejemplo, la tesis de la quebradura en la relación entre Fidel y Guevara; todo huele a instrumental, a favor o en contra de la revolución cubana. Está claro que al ir a Cuba el Che sabe que Fidel es el jefe, que Fidel le confía las tareas más importantes de la revolución, que el Che siempre está ansioso por irse. Castro acepta la idea de que Guevara va a partir, pero está claro que no comparte la idea ni de Congo ni de Bolivia. De Congo lo puede sacar, de Bolivia no. Cuando lo hieren y lo detienen en La Higuera está en condiciones de escapar: tiene 2500 dólares en su bolso, está mínimamente armado y otros compañeros consiguen huir. Yo no creo en la teoría de Juan José Sebreli, que dice que el Che es suicida; creo que es el tipo que se arriesga sin miedo a la muerte. Se quedó en La Higuera hasta vencer o morir. El dato más sólido que tiene mi libro, el de la fecha de nacimiento, ya se lo había dado a Jon Lee Anderson.

–¿Se lo dio usted?

–Sí. Estoy informada desde 1963, porque me lo contó Celia de la Serna. Yo estaba haciendo una biografía del Che en la Argentina, y como me molestaba esta cosa de tratarlo como estatua busqué mostrarlo más cotidiano. Entonces quise empezar por un horóscopo; se lo pedí a una amiga astróloga y el resultado daba patético; le dije a Celia que su nene no era lo que parecía, porque salía indeciso, con dificultades... Ninguna de las dos creía en esto, pero bueno... Y me dice, Celia, entre carcajadas: “Hay otra posibilidad, pero me tenés que prometer que no vas a revelar este dato”. Porque se morirían, me dijo, unas tías viejas que todavía vivían. El dato era que no había nacido en junio, sino en mayo. Ella se casó embarazada y para que no se notara la panza se fueron a Misiones; el viejo era muy buena persona pero nunca fue un hombre muy trabajador, no se iba a ir a enterrar en un yerbatal.

–¿Cómo consiguió el material fotográfico?

–Lo primero fue dar con una buena copia autorizada de la familia sobre la infancia: me la proporcionaron un amigo uruguayo y tupamaro, Asdrúbal Pereira, y su mujer, Elsa Medrano; como el viejo Guevara era muy consciente de su propio desorden, siempre que pudo dejó copias del álbum de familia; a ellos les dejó una. Después me fui a Cuba, donde conseguí un acuerdo con la Oficina de Asuntos Históricos, y ahí me cedieron la reproducción de cien fotografías. Un fotógrafo cubano, además, me cedió parte de las suyas. Después, ya aquí, fui encontrando materiales de gente amiga o colegas generosos, como García Lupo. Finalmente, Pacho O’Donnell me dio unas fotos que recibió después de la publicación de su libro, en las que queda claro que el Che está vivo en La Higuera.

–Usted escribió también una biografía sobre la madre del Che. ¿Qué observa de ella en él?

–El respeto por el otro, un inapelable sentido ético y una gran capacidad de sacrificio. Esas son marcas que quedan en el Che, no sé si tanto como en sus otros cuatro hijos. Y además una voracidad por la cultura, la lectura, la profundización de todos los temas. El Che se cargaba de tantas ametralladoras y balas como de libros y cuadernos para escribir. Luego él politiza a la madre; Celia se convierte en activista política siguiendo sus pasos. La balean varias veces, la ponen presa. El escribe un texto, “La piedra”, cuando le anuncian que su madre está agonizando, que es lo mejor que ha escrito en su vida, de una belleza deslumbrante.

Suena el timbre: llegan hija y nieta de Constenla. “Teresa, una sola tortilla, porque van a comer acá estas mujeres”, dice. “Grande, eh”, puntualiza. Luego avisa que va “a arreglar temas domésticos” e invita a mirar la colección de Che; su entrevista aparece enseguida, marcada por un señalador. “Yo fui un muchachito intelectualillo cuando estudiante y aspirante a intelectualón cuando ya médico, pero solo aprendí a hablar en la Sierra”, decía Guevara en agosto de 1961. “Allí aprendí un lenguaje elemental y directo que no cubre nada ni oculta nada, que no sirve para disfrazar sino para entenderse. Valoro mucho ese lenguaje. Creo que sólo con verdades muy simples, muy elementales, podemos comunicarnos realmente. Me parece fundamental despojar nuestro lenguaje de tanto adorno que lo desvirtúa. Necesitamos decir cosas simples de modo que las pueda entender cualquiera. No me importa machacar y machacar con lo mismo.” Y en ese texto acota Constenla, cuarenta y cinco años atrás: “Piensa sin duda en la pregunta que repitió diariamente en la conferencia: quién administra los fondos y quiénes tienen acceso a ellos. O tal vez recuerda lo que dijo más de una vez: ‘Es necesario acabar con la explotación del hombre por el hombre, para hablar de justicia. Lo que importa es ser claro’”.

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“Yo no creo en la teoría de Juan José Sebreli, que el Che es suicida; creo que es el tipo que se arriesga sin miedo a la muerte.”
Imagen: Ana D’ANgelo
 
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